Una colección célebre de orquídeas nos desorienta á causa de sus bizarras formas, y no sabemos finalmente con certeza si son flores ó parásitos monstruosos. En cambio, vemos en una sección zoológica pedazos de madera en apariencia medio podridos, hojas secas, grumos de detritus vegetal que son en realidad insectos. Estos seres vivos, de admirable mimetismo, adoptan la forma de la basura de la selva y permanecen inmóviles para no alarmar á sus presas, sorprendiéndolas mortalmente.
Al abandonar Java nos damos cuenta de la incongruencia que existe entre la fealdad del puerto de Tandjong-Priok y las bellezas interiores de la isla. Viendo estos muelles tostados por el sol y su continuación de terrenos pantanosos y selvas bajas, que son como nidos de la fiebre, nadie puede sospechar los paisajes paradisíacos que empiezan á desarrollarse cuando se penetra una docena de millas tierra adentro.
Entre Java y Singapore la travesía resulta tan plácida como si navegásemos por un río. El Franconia va partiendo aguas verdes, con islotes de vegetaciones flotantes.
Avanzamos teniendo á la derecha la isla de Banka y á la izquierda la enorme Sumatra, que figura con Borneo como las dos posesiones más extensas de Holanda. Tan grandes son estos macizos insulares, que una parte de su interior se halla en estado salvaje y los holandeses tienen que mantener una actitud defensiva ante muchas de sus tribus. Siempre que estos indígenas irreductibles encuentran ocasión, le cortan la cabeza al blanco para guardarla como el mejor de los trofeos. También se repiten los casos de canibalismo, á pesar de los esfuerzos de las autoridades para extender las costumbres civilizadas. En estos países, situados bajo la línea ecuatorial, el europeo colonizador no hace más que pasar, siéndole imposible vivir muchos años á causa del clima y las enfermedades. En realidad son factorías más que colonias, ya que el blanco no puede reproducirse en ellas ni crear una familia estable.
En el llamado estrecho de Gaspar, las dos costas de Banka y Sumatra se aproximan de tal modo, que el mar parece un río. Entre ambas riberas se extienden fajas de baba amarillenta, espuma sucia de un canal en el que permanecen como enredadas las inmundicias traídas por las corrientes del Océano libre.
Nuestro paquebote marcha con cierta precaución, á causa de la escasa profundidad. Cuando salimos de un estrecho es para entrar en otro ó ir pasando á través de islas é islotes de pequeños archipiélagos. El mar tiene un verde claro de pradera que denuncia el poco fondo de sus aguas. A trechos se esparcen sobre este color verde grandes manchas de un blanco lácteo, reflejo de los campos de arena submarinos.
Singapore es la puerta del Extremo Oriente. Al pasarla habremos dejado á nuestras espaldas la parte del mundo más distinta á Europa. Al otro lado del estrecho de Malaca vamos á encontrar la India, mas esta tierra ya no pertenece al Extremo Oriente y debe llamársela simplemente Oriente.
Es cierto que sus diversos pueblos se diferencian en costumbres y religiones de los países europeos; pero no han vivido miles y miles de años ignorados de nosotros como el Japón, la China y las agrupaciones malayas. Alejandro llevó la cultura griega á este Oriente indostánico. Los hombres de nuestra antigüedad conocieron la India y tuvieron noticias de las diversas civilizaciones desarrolladas á orillas del Ganges. Los nautas árabes mantuvieron durante la Edad Media la comunicación de Europa con el citado Oriente indostánico, aunque ésta no resultase directa. Fué á partir del estrecho de Malaca, ó sea del presente Singapore, donde empezaba la noche y la ignorancia para nuestros pueblos. Nadie sabía nada cierto sobre Catay y Cipango, el actual Extremo Oriente.
Al aproximarnos á Singapore vemos en estrechos y canales un enjambre de pequeños buques de cabotaje, pertenecientes á la marina malaya. Estos navegantes tradicionalistas han copiado en sus barcos las arboladuras de la marina de los occidentales, pero sus cascos, aunque construídos igualmente por un procedimiento moderno, conservan siempre la popa más alta que la proa, lo que les da cierto aire de carabelas, disfrazadas de bergantines y goletas.
Como nuestro mundo ha vivido docenas de siglos prestando sólo atención á los grupos humanos de la vertiente atlántica, sin sospechar siquiera lo que ocurría en la vertiente del Pacífico, la mayoría de las gentes que merecen el título de ilustradas ignoran en la actualidad lo que fueron los malayos como marinos y sus servicios á la civilización. Cuando Vasco de Gama, después de navegar solitariamente por las costas de África, fué avanzando en el mar de las Indias, quedó asombrado de la cantidad de buques asiáticos que pasaban á su vista. Estos argonautas de un mundo distinto al nuestro tenían sobrado espacio para comerciar sin salirse de sus mares, y si alguna vez llegaban á deslizarse por las estrechuras del mar Rojo, una barrera sólida les cerraba el paso, repeliéndolos hacia otros rumbos.