Entro en la tienda. Una docena de chinitos sentados en el suelo cosen y cosen con pequeñas máquinas. Al mismo tiempo cantan, ríen ó conversan lanzando una serie de chillidos iguales á los de una banda de gorriones descarados.
El dueño, obeso, carilleno, jovial, acoge mi demanda con una sonrisa protectora y parpadea sus ojitos apenas abiertos. Sabe perfectamente lo que es la prisa de un europeo llegado á estos países de calor sin la indumentaria conveniente. Él está aquí para remediar tales olvidos.
—¿Cuántos trajes desea?—acaba por decirme.
Me extraña su pregunta. Con uno tengo de sobra, pero debe fijarse antes de aceptar mi encargo. Lo necesito para esta misma noche, para dentro de unas horas, y reconozco que el plazo es muy corto.
—¿Le parece bien que haga cuatro?—sigue diciendo—. Lo difícil es el primero. Después, lo mismo me cuesta hacer uno que media docena. En estos países se suda mucho y nunca se tiene bastante ropa.
Lo que yo deseo saber es el tiempo que necesitará para proporcionarme un traje blanco, uno nada más, y él contesta:
—Si me da un traje suyo como modelo le haré los cuatro en una hora; si es por medida, pido dos horas.
Dejo que tome mis medidas este maestro jactancioso y jocundo. Mientras apunta los resultados dice palabras ininteligibles á su personal y toda la chinería ríe igualmente. Deben estar burlándose de mí.
Me voy un poco amoscado, seguro además de que todo lo prometido resultará mentira. Ni cuatro trajes, ni uno siquiera. De recibirlos, lo más pronto será mañana.
Vuelvo dos ó tres veces al azar de mis paseos ante la tienda del sastre. El maestro, detrás de su mostrador, corta y corta en una pieza enorme de tela blanca; los chinitos, acurrucados en el suelo, cosen y cosen, entre una algarabía de jaula revuelta. Me reconocen al pasar, ríen, me hacen señas incomprensibles. Sin duda siguen burlándose del cliente extranjero.