Transcurren dos horas. A las siete, poco antes de la comida, vuelvo lentamente hacia la tienda del chino. Reflexiono sobre la conveniencia de dar un bastonazo oportuno para suprimir este regocijo chinesco que se permiten á costa de mi persona... Encuentro cerrada la puerta. Lo que yo temía. Volveré mañana, para ver si el «maestro» piensa seguir fisgándose de mí.

Al entrar en el Hotel Raffles me llama el conserje y veo á un muchacho con dos ligeros paquetes; uno de los mismos chinitos que cosía en el suelo con las piernas cruzadas. El empleado del hotel me traduce el mensaje del sastre:

—Aquí tiene los cuatro trajes. Hace media hora que está el boy esperando para entregárselos, ¡pero como no sabía el nombre de su cliente!... No se los pague al chico. Ya se los pagará usted al sastre cuando le parezca.

Y á las nueve de la noche me visto uno de los smokings blancos, sin defecto alguno, igual á todos los que usan los elegantes de Singapore.

XX
LA CIUDAD DE LOS ELEFANTES

La muerte del más gordo de los «stewards».—Una mosca javanesa.—Cadáver al agua.—El río de Rangoon.—La famosa pagoda de Shway Dagon.—Todos bonzos.—La superioridad de la mujer birmana.—Sus enormes cigarros.—Los serpenteros de Rangoon y sus pupilas.—Abundancia de elefantes.—Su inteligencia y sus trabajos.—Hombres con pendientes y peinado de mujer.—La policía pega.

Seguimos el extenso callejón marítimo del estrecho de Malaca—el más largo de nuestro planeta—, y al final entramos en el mar de las Indias y su prolongación el golfo de Bengala.

Vamos á Birmania, en la ribera Este de dicho golfo, y el Franconia costea durante tres días la dilatadísima península malaya, pasando junto á los archipiélagos tendidos ante ella.

Dos días después de nuestra salida de Singapore me dicen en secreto que alguien ha muerto en el buque y á las diez de la mañana arrojarán su cadáver. Nos faltan veinticuatro horas para llegar á Rangoon, pero el desembarco en dicho puerto no es fácil. Los grandes vapores quedan anclados en el río á gran distancia de la ciudad. Además, por exigencias sanitarias, conviene desembarazarse cuanto antes de dicho cadáver.

El que murió es un criado de comedor, un steward que llamaba la atención por ser el más gordo del buque; inglés rubicundo, alto y cuadrado, con un peso de 110 kilos. Al bajar en Batavia le picó una mosca, sin que en el primer momento diese importancia alguna á este incidente. En el trayecto de Java á Singapore la simple picadura se enconó como si fuese de un reptil venenoso y anoche ha muerto completamente desfigurado, con las facciones tumefactas y ennegrecidas. Esto no es extraordinario. En los países tropicales, insectos en apariencia inofensivos transmiten infecciones de muerte.