Este pobre steward es el segundo que cae en nuestro viaje. El joven americano que vino moribundo de Pekín á Shanghai ha conseguido salvarse en la enfermería del buque. Aún está convaleciente y no baja á tierra. Tal vez termine su viaje alrededor del mundo sin ver otra cosa que puertos de ciudades lejanas y extensiones desiertas de Océano, pero habrá conservado su vida. Este atleta rubicundo y alegre, que durante la última guerra sirvió en varios buques que fueron torpedeados, salvándose de la explosión mortal y de las llamas del incendio, ha caído finalmente por obra de una mosca de Java y está abajo, negro como si su cadáver fuese de carbón, putrefacto en breves horas, siendo una amenaza para la existencia de los demás, un foco de contagios exóticos é inexplicables.

No quiere el comandante que se divulgue la noticia de tal defunción. La vida ordinaria del paquebote debe continuar como todos los días. Los pocos viajeros conocedores del suceso seguimos á las gentes del buque que disimuladamente se dirigen hacia la popa por los corredores destinados al servicio.

Hay en el Franconia toda una parte que ignoran los pasajeros: galerías por donde puede correr la marinería de popa á proa, sin necesidad de atravesar los salones y escalinatas de lujo. Con estas galerías se comunican los departamentos de máquinas, los depósitos de víveres, las cocinas y otras dependencias. Son como los pasadizos y escaleras de servicio que existen en los grandes hoteles.

Nos deslizamos por una puertecita generalmente inadvertida y caemos en pleno movimiento de las gentes que sirven las múltiples necesidades de este palacio flotante. Los stewards marchan todos hacia la popa rápidamente, deseosos de que no se percaten de su ausencia los señores que están arriba. Llegamos á un amplio espacio descubierto por tres de sus caras y con techo, situado sobre el timón, en la parte más saliente de la popa. Cerca están los talleres de lavado, y las mujeres que trabajan en ellos suspenden sus operaciones para unirse á la fúnebre despedida.

Muchos pasajeros han comprado pájaros en los puertos del Extremo Oriente, entregándolos á hombres de la tripulación para que los cuiden fuera del ambiente de sus camarotes, y es en este lugar donde permanecen guardados dentro de jaulas pendientes del techo. Surge de ellas un continuo trino de canarios y calandrias que la paciencia china convirtió en incansables cantores.

Se van agrupando en dicha parte del Franconia unos trescientos hombres. Todos llevan su uniforme azul de gala, con botones dorados, ropa que les hace sudar en esta mañana cálida. El capitán llega seguido del estado mayor del buque y se sitúa junto al féretro. Es un cajón de madera blanca construído horas antes. Una bandera lo cubre por entero con sus rayas de colores. Lo han depositado sobre una tabla colocada en el mismo borde de un portalón abierto en la barandilla. No hay más que hacer un movimiento de palanca, y el féretro, arrastrado por la pesadez de los hierros encerrados en él, se irá á fondo inmediatamente.

Uno de los oficiales, encargado de las lecturas religiosas todos los domingos, recita las oraciones propias del acto. Varios grumetes van distribuyendo libros entre el compacto gentío: volúmenes de salmos, encuadernados en chagrín negro.

Suena una música dulce y quejumbrosa. La orquesta del buque permanece invisible en esta aglomeración de hombres que escuchan con la frente baja. Todos abren su libro y se inicia un canto religioso, un coral de numerosas estrofas, que se prolonga media hora. Ya dije que esta gente canta bien, y la melancolía de sus voces, el lamento de los violines, el féretro embanderado que cada vez se inclina más sobre el abismo, la extensión azul y dorada del mar desierto, un cielo por cuyo horizonte resbalan lentamente montañas de vedijas blancas, todo da un interés emocionante al triste episodio de nuestro viaje.

Las aves que penden del techo, enardecidas por este coro de centenares de voces se unen á él lanzando trinos ruidosos. Cantan con una energía que eriza sus plumas é hincha sus gargantas como si fuesen á desgarrarse.

De pronto un chapuzón en el mar, una pequeña columna de espuma que asciende recta como un surtidor. Obedeciendo á un leve signo del comandante, los marineros han dejado caer el féretro cuando menos lo esperábamos. Nadie se mueve; continúa el cántico. El Franconia, que había aminorado su marcha, vuelve á agitar las hélices á toda velocidad. Ya debe estar el muerto muy lejos de nosotros, pero siguen los lamentos musicales por su eterno reposo.