Fuera de la ciudad corremos por caminos polvorientos hacia un gran parque formado sobre los antiguos jardines de los reyes de Birmania. Como recuerdo de dicha época, que parece remotísima y está separada de nosotros por menos de medio siglo, quedan dos lagos, que la gente llama aún Lagos Reales. Uno de ellos tiene una isla con un sauce, un kiosko y un puente, semejante á la del «Jardín del Mandarín» de Shanghai. En sus aguas nadan unos animalejos negros y monstruosos que parecen grandes sanguijuelas con aletas. Son los peces sagrados del antiguo reino de Birmania, y en dicha época si alguien osaba pescarlos corría el riesgo de que le cortasen la cabeza. Ahora, el guardián indígena, que echa al agua unas semillas redondas para atraer sus interminables enjambres, nos enseña un bocal vacío y nos propone en voz baja vendernos como recuerdo algunos de dichos gusarapos.

Un deseo obsesionante nos acompaña, y deseamos terminar la visita de los jardines para realizarlo cuanto antes. Queremos ver la célebre pagoda de Shway Dagon.

Algunos europeos residentes en Rangoon muestran extrañeza al enterarse de nuestro deseo. Los hay que llevan seis años viviendo en la capital de Birmania y nunca se les ocurrió visitar esta pagoda, cuya cúpula luminosa ven todos los días lejos de la ciudad, por encima de arboledas y tejados, brillando como una montaña de oro. Sienten repugnancia al pensar en las peregrinaciones miserables que llegan á este templo del misterioso centro de Asia. Conocen por relatos de visitantes las suciedades contagiosas de tales muchedumbres. Además repugna á su orgullo de raza tener que aceptar ciertos preliminares molestos que exigen los bonzos para permitir la entrada en su recinto.

Hablo con oficiales ingleses de la guarnición de Rangoon, y ninguno de ellos ha estado en dicha pagoda. Otros compatriotas suyos, comerciantes ó funcionarios civiles, se han abstenido igualmente de tal visita. Tendrían que entrar descalzos en el templo, pero con los pies completamente desnudos, pues los bonzos ignoran la invención europea de los calcetines, y no quieren proporcionarles el gusto de poder infligir á sus dominadores tal humillación.

Me hablan de tisis, lepra, peste bubónica y otras enfermedades de las multitudes devotas que visitan la famosa pagoda y á veces se quedan en ella por muchos días. Sólo algún viajero de gustos raros, algún artista de los que buscan á todo trance espectáculos pintorescos, puede pasar por las humillaciones y contagios que supone tal visita.

Voy á la pagoda Shway Dagon. Juzgo imperdonable haber venido á un país tan alejado de la corriente general de viajeros, como es Birmania, haber visto de lejos el cono luminoso de este templo célebre en lo alto de una colina, y no subir á dicha plataforma, donde se agrupan innumerables santuarios de caprichosa suntuosidad.

Al dirigirnos hacia el templo, otra vez por caminos abundantes en polvo, nos cierra el paso un cortejo. Vemos hombres desnudos y completamente blancos que saltan ante nuestro automóvil con los brazos abiertos para indicar al chófer indostánico que debe hacer alto. Acostumbrados á la vista de hombres amarillos, cobrizos ó achocolatados, nos causa extrañeza la desnudez de estos blancos, iguales á nosotros, que sólo llevan un andrajo entre las piernas.

Tienen en sus ojos un brillo inquietante. Sobre sus frentes se levanta una cabellera que, anudada en el cogote, cae por la espalda como un manojo de crines. Detrás de ellos suena el estrépito inarmónico de varios bombos y címbalos. Otros hombres, igualmente blancos y desnudos, danzan al son de esta música una especie de baile pírrico. Extienden al mismo tiempo un brazo y una pierna ó los encogen, quedando en actitudes semejantes á las que aparecen en los antiguos vasos griegos. Todos tienen en sus ojos una luz malsana, como si se hallasen bajo la influencia de drogas perturbadoras.

Dejamos pasar esta vanguardia de locos, y á continuación se desliza junto á nuestro automóvil una carroza fúnebre, blanca y encristalada. En el interior de su urna va el muerto, completamente visible, desnudo y tendido sobre un lecho de hojas. Racimos de plátanos y haces de flores adornan los cuatro lados del vehículo. Nuestro chófer nos explica que es un entierro al estilo de Madrás, y todos estos diablos blancos que acompañan al camarada difunto con su danza guerrera pertenecen á la misma cofradía religiosa.

Se va alejando la música estridente y seguimos nuestro camino. La entrada de la Shway Dagon se puede adivinar mucho antes de verla, por los grupos de naturales que, viniendo de distintos puntos, se juntan para seguir una misma dirección. En esta muchedumbre pintoresca las manchas azafranadas de los bonzos son cada vez más numerosas.