Ocupa la célebre pagoda toda una colina, y su entrada empieza al pie de esta eminencia, viéndose obligados los visitantes á subir una escalera de ciento veinte peldaños para llegar á la plataforma donde se halla el verdadero templo. Lo más molesto es tener que descalzarse al principio de dicha escalinata y ascender por ella con los pies completamente desnudos.
Unas familias inglesas miran con asombro nuestros preparativos desde lo alto de sus automóviles. Han venido hasta aquí para ver de lejos una parte de la escalinata cubierta y la muchedumbre indígena que sube por ella. Solamente para satisfacer esta curiosidad traen todos ellos medio rostro tapado con velos que sin duda fueron sumergidos previamente en diversos líquidos antisépticos.
Confieso que la humanidad amarilla, blanca y cobriza que se roza con nosotros no exhala perfumes agradables para un olfato europeo. Huele á sándalo falsificado del que se quema en las pagodas, á sudor frío, á fiebre. Pero ya es tarde para arrepentirse. ¡Arriba! Vamos á conocer la ciudad religiosa que se ha ido amontonando en el transcurso de veintidós siglos en torno á un cono gigantesco de mampostería construído sobre una reliquia. Este templo es el más antiguo del mundo. Ninguna religión de las que existen actualmente puede presentar otro que haya abierto sus puertas por primera vez á los fieles hace dos mil cuatrocientos años.
Conozco su historia. Al morir Buda, dos discípulos suyos que eran birmanos cortaron tres cabellos de la cabeza del santo maestro y los trajeron á Rangoon, su patria, que existía entonces con distinto nombre al pie de esta colina. Metidos en un relicario de oro, los enterraron bajo los cimientos del cono central de la pagoda, que asciende á una altura de ciento diez metros.
Este cono, que unos comparan por su forma á una campanilla y otros á un quitasol asiático de boca estrecha y remate puntiagudo, tiene ocultos sus ladrillos bajo una capa de hojas de oro. Su punta está enriquecida con cuatro mil seiscientas piedras preciosas incrustadas en ella: diamantes, rubíes, esmeraldas. Ningún humano puede verlas. Sólo las conocen las aves de vuelo alto y los espíritus celestes. Pero los devotos saben que existen, y esto les basta. El tributo al cielo no puede ser más discreto y limpio de vanidosas ostentaciones.
Forma el pináculo de este macizo siete círculos antes de llegar á su extremo final, y penden de ellos cien campanillas de oro y mil cuatrocientas de plata. También representan un homenaje desinteresado á la divinidad, pues nadie puede verlas de cerca. Mas cuando sopla la brisa todas las campanillas se estremecen á la vez y desciende hasta los fieles una música argentina y vagorosa que les hace pensar en el canto de los tomines, ángeles del cielo budista.
Me siento en el primer peldaño de la escalinata del templo, y con ayuda de un jovenzuelo rangonés que se ha diputado á sí mismo como mi guía y traductor gesticulante, me quito los zapatos, luego los calcetines, y quedo sin más que mi traje blanco, un casco de corcho del mismo color y un bastoncito que me sirve de apoyo.
Los hombres civilizados cultivamos la finura y limpieza de nuestros pies lo mismo que la de nuestras manos, y esto sirve para que nos consideremos disminuídos y humillados por repentina debilidad al perder los zapatos. Representa á veces cierto placer marchar descalzos por una playa ó una habitación; pero sentimos acobardamiento al colocar nuestras finas plantas sobre una tierra pedregosa que sólo puede ser hollada con pies duros y primitivos, férreamente calzados por recias callosidades.
Empiezo á subir la escalinata con paso vacilante de ebrio. Noto desde los primeros peldaños que este monumento religioso, como todos los de Asia, es una mezcla confusa de antigüedad venerable y fragilidad moderna. Hace más de dos mil años, en tiempos de Mario y de Julio César, ya subían por esta escalera gentes devotas como las que se codean ahora conmigo y tal vez curiosos escépticos iguales á mí. Pero las construcciones asiáticas sólo tienen una parte sólida, que dura largos siglos, y todo el resto se compone de materias frágiles y formas graciosas, que es preciso renovar cada veinte años.
La escalinata, toda en línea directa, tiene, por suerte, varios rellanos intermedios. De ser en escalones continuos, daría vértigos. Estos peldaños aparecen desiguales y de materias diversas. Los hay de mármol que aún guardan borrosos relieves de una escultura milenaria; otros más recientes son de ladrillos, de asfalto ó de simple tierra apisonada, al azar de las recomposiciones. Algunos, suaves y dúctiles, se dejan dominar por el pie sin imponer fatiga alguna; los más se resisten á ser montados, como las cabalgaduras bravas, y hay que elevar mucho la rodilla para dominar su lomo.