Una techumbre de madera con pinturas religiosas cubre esta escalinata y á los dos lados de su graderío se van elevando los puestos de un mercado. Los rangoneses venden en él figurillas sagradas, juguetes grotescos, cuadros de vidrio representando escenas de la vida de Buda, telas bordadas con la imagen del hombre-dios é innumerables objetos de metal, martilleado y repujado con la habilidad de los broncistas indostánicos.
Muchos de estos pequeños comercios están dirigidos por mujeres. Todas fuman tagarninas enormes, añadiendo el perfume acre de sus chorros de humo al hedor asiático de la muchedumbre devota. Miran á los raros blancos que se detienen ante sus puestos con unos ojos saltones, cuyas pupilas negras tienen cierta expresión incitante y burlona á la vez. Algunas están medio tendidas detrás de su mostrador en un diván rústico. Veo á dos de ellas acostadas en una verdadera cama, en medio de su tiendecita de cuadros religiosos. Se han pasado mutuamente un brazo por detrás de la cabeza, y enlazadas así miran á lo alto. De vez en cuando cruzan ojeadas afectuosas y se ofrecen el cigarrote desmesurado y único que sirve para las dos. Se adivina que no las preocupa la prosperidad de su comercio, y el comprador que ose interrumpirlas con sus demandas recibirá malas respuestas.
Subo con lentitud los ciento veinte escalones, haciendo alto en los rellanos para realizar algunas compras, que entrego á mi acompañante, y porque así lo exigen mis pies. En estos peldaños hay piedrecitas sueltas, granos de metal caídos de los objetos que adquieren los devotos, pedazos de vidrio y numerosas expectoraciones de los mascadores de betel. Por todas partes veo salivazos rojos como de sangre, y necesito marchar en zigzag para no poner sobre ellos mis pies desnudos.
Salgo finalmente á cielo descubierto. Estoy en la meseta de la pagoda, toda ella enlosada de mármol, lo que me permite caminar con más seguridad. Continúan aquí las mismas suciedades de la escalera, pero hay espacio más amplio para evitarlas.
El orden arquitectónico de la plataforma sagrada es muy sencillo. En el centro está el santuario mayor, el cono macizo que guarda en sus cimientos la divina reliquia, y en torno á él toda una ciudad de pagodas secundarias, pagodones y pagodines, estatuas y columnatas.
La plataforma tiene medio kilómetro de circuito, y sin embargo cada día resulta más estrecho el terreno reservado á la circulación de los devotos. Nuevos santuarios hechos á expensas de los ricos de Birmania ó por donativos de extranjeros invaden la santa meseta. No se guarda ningún orden en las construcciones y éstas son derribadas con frecuencia para darlas nueva forma. En el transcurso de unos cuantos años cambia el aspecto de la Shway Dagon. Lo único inmutable es el cono esplendoroso que ocupa su centro. En las vertientes de la colina hay varios elefantes policromos, de doble tamaño natural, con una torre dorada sobre el lomo que es una capilla.
Al ver una pequeña puerta en el sanctum sanctorum central, intento entrar por ella creyendo que el enorme cono es hueco, á pesar de lo que he leído, y guarda en su interior un templo misterioso. Pero retrocedo al convencerme de que la tal puerta no es más que un angosto pasadizo que lo atraviesa rectamente para que los servidores del templo no tengan que rodear toda su base.
Mis dos acólitos ríen de mi error. Ahora son dos, por haberse unido á nosotros un muchacho de familia acomodada, á juzgar por su vestimenta. Está cumpliendo su noviciado de bonzo temporal, y lleva un magnífico manto color de oro, la cabeza redonda pulcramente afeitada y anteojos de concha.
Revela con su habilidad para expresarse una educación superior á la de los otros bonzos. Muestra con cierto orgullo la altura de este monumento, cuyo esplendor puede verse á una distancia de muchas leguas, y me explica luego, con palabras inglesas sueltas y abundantes gesticulaciones, que cada quince ó veinte años es recubierto de láminas de oro para que guarde su magnificencia, lo que significa un trabajo enorme. Además, su parte inferior recibe todos los días, á la altura de las manos de los visitantes, un sinnúmero de pequeños papeles de oro. Son presentes de míseros peregrinos, que algunas veces se quedan varios días sin comer luego de haber pegado en el muro su piadosa ofrenda.
Puede afirmarse que en toda Asia no existe actualmente un templo que goce la «universalidad» de la Shway Dagon. Cuantos pueblos adoran las doctrinas de Buda han elevado un santuario en esta meseta. Los hay de muchas provincias de la China, del Tibet, de las posesiones francesas de la Indo-China, hasta de las tierras limítrofes con la Siberia y del Japón. Todas estas capillas tienen columnas en sus fachadas y remates de techos superpuestos que ascienden en disminución, finalizando con una punta rutilante igual á la del céntrico macizo. Sus paredes son de menuda labor, con ese tallado minucioso de los asiáticos, en el que varias generaciones consumen su vida. La madera ó la piedra tienen sus primorosos calados cubiertos de laca y oro.