Se extiende el oro por los santuarios, y los reflejos pálidos y discretos de su materia tallada parecen un homenaje de humildad ante el oro cegador y estrepitoso del cono central. Hay templos cuyo dorado empieza á desconcharse con la viruela blanca de los siglos. Otros de construcción reciente ofrecen el color gris de la albañilería, en espera de generosos devotos que paguen los adornos que deben cubrirlos. Veo santuarios completamente azules. Tienen sobre sus láminas de laca celeste flores y hojas nacaradas que forman enrejados blancos con reflejos de perla. Y todos estos templos, apoyados unos en otros para disputarse un terreno cada vez más escaso, ofrecen el mismo aspecto de amontonamiento que los panteones de las necrópolis occidentales.
En los espacios libres de pagodas secundarias vemos árboles dorados con frutos de cristal, urnas en forma de flechas, columnas sueltas de mosaico, imágenes de Nats, divinidades primitivas de los birmanos con las que ha transigido el budismo para no molestar los sentimientos del pueblo, «perros celestiales» semejantes á los leones de melenas puntiagudas que adornan las pagodas de Kioto y de Pekín, estatuas de elefantes con un templo sobre sus lomos.
Un estrépito de feria se esparce por la sagrada meseta. Los instrumentos rituales del budismo son la campana y el tambor, y cada pagoda hace sonar los suyos como los barracones de espectáculos cuando se disputan la atención del público. Bonzos de diversas razas golpean á puño cerrado los sagrados timbales ó dan con un mazo á las campanas. Niños y mujeres se aproximan á nosotros para vendernos ristras de flores rojas y amarillas, que parecen arrancadas de una tumba. Tales guirnaldas son para ofrecerlas al hombre-dios que reina en este lugar.
Aletean los cuervos lanzando sus graznidos sobre los techos que les sirven de refugio. Junto á estos eternos figurantes de todo cielo de Asia vemos aletear bandas de palomas blancas. También están alojadas en el templo, y entre dos especies volátiles tan antagónicas parece existir una paz absoluta. Perros con grandes peladuras en sus lomos y el hocico babeante, como si llorasen su propia miseria, corretean entre las pantorrillas del gentío buscando algo que devorar. La mayor parte de los fieles son mendigos devotos, que llegaron hasta aquí pidiendo limosna, y continúan su industria dentro de la pagoda. Algunos tienen lepra. Otros muestran al remover su manto llagas, sangrantes como heridas, en el pecho ó bajo los brazos.
Dentro de algunos de los santuarios hay bonzos de rostro achinado y capa parda, que acompañan su oración con movimientos rigurosamente mecánicos, siempre iguales y sin término. Se inclinan hasta tocar el suelo con sus manos y su cabeza, se yerguen poco á poco, repiten la misma inclinación violenta y vuelven á empezar. Así continúan hasta que el cansancio los vence y ruedan por el suelo insensibles como cadáveres.
Allí donde da el sol quema el mármol las plantas de los pies y nos obliga á marchar rápidamente. En el interior de las capillas el pavimento tiene una frialdad de tumba, de lugar cerrado hace siglos que no conoció nunca la tibieza del calor celeste, y nos hace estornudar á los que no estamos acostumbrados á ir descalzos.
Asombra la gran cantidad de Budas que pueblan estas pagodas. Los hay de mármol, de oro, de alabastro, enormes como gigantes ó de simple talla humana; derechos, en cuclillas y tendidos. Unos son dulces, humanos, de expresión inteligente; tienen un rostro casi europeo. Otros se muestran feroces, malignos, verdaderamente asiáticos, con unos ojitos oblicuos, de párpados estirados y casi juntos, que parecen hostiles á todo el que no mire del mismo modo que ellos.
Cada pueblo budista ha formado á su propia imagen la figura del hombre-dios y le rinde culto con ceremonias litúrgicas diferentes. En todos los santuarios se ven flores, luces y varillas humeantes de sándalo. Fuera de él hay salivazos rojos sobre el suelo y una mezcla en el ambiente de malos olores naturales, de perfumes pegajosos, de flores marchitas. Por encima de esta variedad contradictoria, ruidosa, y vibrante de contagios microbianos, continúa brillando el cono central como una hoguera inmóvil de oro sobre los tres cabellos de Buda recogidos por sus discípulos.
Mi nuevo amigo el bonzo tiene empeño en hacerme conocer todo lo interesante de la Shway Dagon. No sería esta célebre pagoda un lugar verdaderamente santo si le faltase la virtud de curar enfermedades y realizar otros prodigios de los que trastornan el ritmo de la Naturaleza.
El dolor humano necesita consoladoras ilusiones bajo todos los cielos de nuestro planeta, sin distinción de castas ni dogmas. Las pobres gentes que llegan hasta aquí, después de marchar en caravana meses y tal vez años, esperan el milagro, y su esperanza inspira respeto. Deseo en este momento que el santo Buda pueda complacer á todos los dolientes que le imploran, pobre rebaño humano roído por las enfermedades y las miserias asiáticas.