Nos detenemos ante un santuario que tiene junto á su puerta unos cuantos hombres desnudos tendidos en el suelo. Todos ofrecen un aspecto horrible. Los hay que son á modo de imágenes del hambre: esqueletos limpios de músculos cubiertos simplemente por su epidermis, con los ojos perdidos en la profundidad de unas órbitas como pozos y las mandíbulas desencajadas. Otros están muertos y tienen el abdomen desgarrado. Un cuervo les picotea las entrañas.

Solamente cuando el joven bonzo, ganoso de que admire su templo, me aproxima á tales horrores, veo que son esculturas policromas, pero con un realismo tan minucioso y exacto que resulta fácil el engaño. Ocurre aquí en pleno sol lo que en ciertos museos de figuras de cera con el auxilio de los juegos de luces. No se sabe ciertamente quién es moribundo de madera pintada ó moribundo de carne y hueso. Según parece, estas imágenes sirven para hacer ver á los pecadores cómo vivirán después de la muerte si perseveran en sus vicios.

Un poco más allá hay tendidos varios pordioseros, igualmente desnudos, igualmente esqueléticos por su flacura. Los horripilantes monigotes brillan á causa de su barniz; los peregrinos casi agonizantes tienen un charolado igual por el sudor con que barniza el sol sus cuerpos escuálidos, como si extrajese de ellos los últimos jugos. Algunos son ciegos y un enjambre de moscas voltea en torno á sus órbitas vacías. Todos tienen al lado media corteza de coco que les sirve de plato para recibir las limosnas. No se mueven, no se dan cuenta de lo que cae en sus rústicos cuencos. Para ellos la limosna tal vez llega tarde.

Me hace entrar mi compañero azafranado en la más milagrosa de las pagodas. No quiere privarme de ninguna de las maravillas de esta colina santa. Avanzamos por el interior de un templo menos iluminado que los otros, y á los pocos momentos deseo salir de él cuanto antes. Encuentro tendidos en colchonetas ó simples mantas á varios hombres flacos, de tez pálida, y una transparencia malsana en las orejas y la nariz. Su tos cavernosa hace innecesarias las explicaciones. Son tísicos que vinieron hasta aquí atraídos por la esperanza. Los bonzos de la pagoda afirman haber presenciado muchas curaciones inauditas.

Sigo avanzando hasta el fondo, interesado por un grupo misterioso. Lo componen varias mujeres que rodean á otra tendida en un lecho, blanca é inmóvil, como si estuviese desmayada. Veo trapos ensangrentados. Un olor de maternidad se une á la respiración de los tísicos. Suena un vagido infantil, gangueante y tenaz.

Mi boncito sonríe y balbucea explicaciones... Entendido. Es una gloria nacer en el famoso templo, y hay madres que vienen de muy lejos para que sus hijos reciban tal santificación al entrar en la vida.

XXII
LA BAHÍA DEL DIAMANTE

Un brazo del Ganges.—La yungla y sus gentes.—El camino de Calcuta.—Cañonazos de sus defensores.—Abandonamos el «Franconia».—Invasión alada.—La marina fluvial de los indostánicos.—El maquinismo inglés en las riberas del Ganges.—El yute.—Fabricación de sacos para toda la tierra.—Los homenajes al río sagrado.—Caimanes y flores.

Llevamos dos días navegando á través del golfo de Bengala, desde la desembocadura del Irrawaddy, caudaloso río de Rangoon, á las bocas del Ganges y el Brahmaputra.

En la madrugada del tercer día despierto con la alarma que produce la inmovilidad, cuando se ha conciliado el sueño en pleno movimiento. El Franconia ha cesado de marchar y en la calma de la noche suenan gritos. Miro por un ventano de mi camarote y veo las luces de dos vaporcitos deslizándose sobre un mar completamente horizontal y tranquilo como las extensiones de agua dulce. Debemos estar cerca de las bocas del Ganges, y estos vaporcitos pertenecen sin duda á los prácticos encargados de dirigir el rumbo de los buques á través de unas tierras fangosas, por canales cuya profundidad cambia con frecuencia.