Cerca de nuestro anclaje empezamos á encontrar la navegación indostánica del río: largas piraguas con bogadores obscuros y sudorosos, que sueltan sus remos terminados por una paleta redonda y quedan inmóviles contemplando nuestro buque. El agua es tan densa, que las pequeñas rompientes de su oleaje en las orillas parecen ribazos de tierra carmesí.

Se ensancha de pronto la corriente, formando un vasto circo acuático. El redondel de la vegetación aparece cortado en varios lugares por manchas rojas y blancas de edificios. Son los pabellones de las tropas de artillería y algunas viviendas de particulares que empiezan á desmontar la yungla, estableciendo explotaciones agrícolas. Nos detenemos en la llamada bahía del Diamante. El Franconia, por su calado, no puede ir más allá. Sólo los vapores de 6.000 ú 8.000 toneladas siguen remontando el río, en horas de gran marea, hasta llegar á los muelles de Calcuta.

Quedamos anclados en esta bahía fluvial de aguas rojas, que únicamente á la salida ó la puesta del sol toman un esplendor blanco y luminoso capaz de recordar el del diamante. Es aquí donde el Franconia va á sufrir una de las mayores transformaciones de su viaje. Permanecerá varios días como si fuese un barco abandonado, guardando solamente la tripulación necesaria para su limpieza. Todos los viajeros se trasladan á Calcuta y con ellos gran parte de la dotación del buque, que ha podido conseguir la licencia necesaria.

Dos grandes vapores fluviales con triple cubierta, elegante restorán y numerosa servidumbre van á llevarnos hasta la metrópoli de las Indias, navegando seis horas por el río. Unos viajeros quedarán en Calcuta tres días, volviendo inmediatamente al buque. Otros piensan seguir adelante hasta Benarés, regresando al Franconia á tiempo para ir á Ceilán y de esta isla á Bombay, dando la vuelta á toda la península indostánica. Algunos renuncian á ver Ceilán y continúan su viaje á través de toda la India, no volviendo á encontrar el Franconia hasta el puerto de Bombay.

Yo voy á Benarés, y volveré al buque para ir luego á Ceilán y Bombay. Desde este último puerto subiré á Delhi, Agra y otras ciudades célebres de la Rajputana. De tal modo conoceré lo más interesante que puedan ver los que hacen la travesía directa de Calcuta á Bombay, y no me privaré, como ellos, de visitar Ceilán.

Al echar sus anclas el Franconia en esta bahía, donde no hay otro buque, toda la yungla parece estremecerse y levantar la cabeza, interesada por su presencia. Vienen de tierra nubes de mariposas blancas y rojizas, introduciéndose por los ventanos de los camarotes. Se alzan sobre la selva nuevos triángulos negros de aves. Los pájaros de presa empiezan su ronda aleteante en torno al buque, espiando la caída de basuras y desperdicios para desplomarse sobre estos islotes de nutrición.

Mientras estamos en Calcuta y Benarés, los oficiales del campamento visitan el Franconia y se llevan á sus viviendas á los marinos que permanecieron en el vapor para que conozcan un poco la vida en la yungla. A mi regreso me cuenta un joven piloto sus excursiones por una pequeña parte de esta selva baja, interminable y poco explorada, que refresca el Ganges antes de perderse en el mar. Ha visto serpientes boas de grandes dimensiones y torpe arrastre. Un tigre trae alarmados hace meses á los pobladores de la bahía del Diamante. Mata todas las noches animales en los nuevos establecimientos agrícolas, y nunca lo pueden descubrir. Todavía hay en la yungla gentes que llevan una vida salvaje. Dos mujeres huyeron á todo correr viendo al marino y á varios artilleros. La presencia de los blancos las infunde pavor.

A las dos de la tarde abandonamos el Franconia. Cuando los dos vapores fluviales se despegan de su casco, ocurre algo extraordinario que demuestra el instinto de los habitantes alados de la yungla. Mientras hemos permanecido en el paquebote, las bandas de cuervos, milanos y gaviotas se limitaron á volar á gran altura sobre sus cubiertas. Apenas nos alejamos, los muros de verdura que rodean la vasta copa de la bahía empiezan á vomitar nubes de estos pájaros sobre el buque, desparramándose en él como si estuviese desierto.

No osan descender á las cubiertas bajas, por estar en ellas los hombres de guardia. Forman filas agarrados al cordaje de los mástiles, se alinean lo mismo que los pingüinos en las barandillas, se sostienen aleteantes, como animales de cimera heráldica, sobre los bordes de la chimenea. Hasta ocupan el nido del vigía en el mástil de proa, y los que no encuentran espacio donde posar sus patas, forman un anillo revoloteante que abarca el buque entero. A los pocos minutos tiene éste engruesados todos sus contornos por una línea de vida animal negra y palpitante.

Se inicia nuestra navegación aguas arriba, cruzándonos á cada minuto con una muestra curiosa de la marina de cabotaje indostánica. Hombres esbeltos y cobrizos reman de pie sobre las cubiertas de unos barcos relativamente grandes, con vela rectangular y popa alterosa, llevando en ella una enorme pala que sirve de timón. Lo mismo debieron ser las naves que surcaban estas aguas hace dos mil años. En otras de arquitectura semejante, los remeros ocupan una plataforma yuxtapuesta á la proa, mucho más baja que el alcázar posterior. Estos bogadores, que manejan unos remos larguísimos, retroceden varios pasos al dar su palada, y luego avanzan hacia la popa otro tanto para clavar su remo y repetir la operación. Algunos barcos más veloces por la estrechez de su casco tienen una cámara baja, una vela cuadrada con pequeños rectángulos negros y blancos, y cuatro bogadores que se agitan incansables, como duendes, moviendo en la proa sus remos de paleta.