Pasan barcos cargados de tinajas, estivadas verticalmente, con los vientres juntos. De lejos parecen enormes huevos rojos cuidadosamente colocados en un cesto flotante. Otros llevan láminas de mármol puestas de canto en la cubierta, como las hojas de un libro. Los más transportan pirámides de sacos apilados en torno á sus mástiles. Y todos estos buques de forma primitiva cabecean violentamente con el oleaje que levantan las ruedas de nuestros dos vapores.
Al atardecer, el río de aguas bermejas va tomando un color de perla. Según avanzamos ofrecen sus orillas un aspecto de actividad civilizada, intensa y productora. Vemos fábricas grandes como pueblos; construcciones bajas que ocupan vastísimos espacios. Surgen sobre sus techumbres chimeneas esbeltas de ladrillo y extienden además sobre las aguas numerosos tentáculos de muelles y vías férreas. En algunas de estas fábricas, aparte de los talleres y el chocerío, ocupado por los jornaleros indígenas, hay edificios elegantes rodeados de jardines. Grandes piraguas pasan de una orilla á otra las muchedumbres multicolores que han acabado su trabajo.
Se van multiplicando las chimeneas. Ya no se elevan, como al principio, en una sola de las orillas. Surgen igualmente de la ribera opuesta y del fondo del horizonte, siempre cerrado por la lengua de tierra de una revuelta inmediata.
Adivinamos la proximidad de Calcuta. La bruma que exhala el río á estas horas se une al humo de las fábricas, envolviendo el ocaso en una opacidad impropia de este clima. Parece que nos acerquemos á Londres, pero un Londres de nieblas doradas y multitudes colorinescas.
Desfilan por las dos orillas miles de hombres y mujeres, rosarios interminables de cuentas blancas, rojas, violetas, amarillas, azafranadas y verdes. Todos marchan en fila, poniendo cada uno su pie sobre la huella del que le precede. Es una particularidad que noto desde mi entrada en la India y he seguido viendo en todas mis excursiones á través del país. Rara vez marchan juntos dos indostánicos por un camino. Hasta la familia avanza longitudinalmente, por amplia que sea la vía: el padre delante, la madre detrás con fardos en la cabeza, y á continuación la prole, casi siempre por orden de estatura. Es la «fila india», de que se ha hablado tantas veces. También en la salida de las fábricas se nota esta tendencia á la marcha separada y silenciosa. La muchedumbre se desgrana en la misma puerta, se esparce como los hilillos de un líquido derramado, alejándose en luengas y multicolores filas.
Todas estas fábricas son para preparar y tejer el yute, la gran producción de la provincia de Bengala. Casi todos los sacos que usa la agricultura de Europa y América proceden de estos centros industriales, cada vez más enormes, que llenan las orillas del Ganges. Aquí se utilizan las fibras de la citada planta, creándose piezas de ruda tela, que luego corta y cose en forma de sacos el país importador. La riqueza de Calcuta, su importancia comercial, el movimiento de su puerto, dependen de esta exportación que abarca el mundo entero.
En días sucesivos, hablando con varios cónsules residentes en Calcuta, me doy cuenta de que las funciones de los más de ellos tienen por única base la producción del yute. Todos los sacos que sirven de envase al trigo y el maíz de la Argentina ó al azúcar de Cuba fueron tejidos en las fábricas de Bengala.
Esta industria no deja de ofrecer cierta exterioridad pintoresca á causa de las masas indígenas que trabajan en sus talleres; mas esto no impide que el viajero sienta la amargura de la decepción al ver el maquinismo inglés establecido en uno de los brazos del Ganges, vaciando sobre su corriente las cenizas y carbonillas de sus máquinas de vapor, mezclando el humo de la hulla con las brumas vesperales del río sagrado. Pero la India antigua, inmutable y misteriosa resurge siempre, rompiendo la envoltura moderna en que la encierran sus nuevos amos.
Vemos á trechos, flotando sobre el río, luengas guirnaldas de flores. El indostánico necesita hacer todos los días un presente florido al padre Ganges.
En el restorán de nuestro vapor hay una especie de maître d’hôtel vestido á la inglesa y con zapatos de charol, la mayor distinción á que puede aspirar un mestizo. Dirige con aire de superioridad, como si fuese un europeo, á los otros servidores, que van descalzos, con levita blanca, faja roja y un abultado turbante de este último color.