Poco antes del anochecer, este indio con smoking, que se agita dando órdenes á la servidumbre para que recoja la vajilla del té, mira á un lado y á otro para convencerse de que todos los viajeros se han ido del comedor á las cubiertas superiores, toma varios manojos de rosas que adornan las mesas, y dirigiéndose á un ventano las va arrojando con lenta solemnidad sobre las aguas nacaradas por la luz del ocaso.

Veo que las dos orillas tienen una faja ondeante de flores rojas y doradas. El manso oleaje arranca estas masas de pétalos, las balancea unos segundos y vuelve á pegarlas á las riberas.

De tarde en tarde, la corriente, teñida de rosa pálido por la agonía del sol, se corta de abajo á arriba, dejando ver el avance de un lomo dentado como una sierra: un caparazón de bestia antediluviana.

Es el caimán, venerable y respetado habitante de este río, al que echan sus devotos flores y cadáveres.

XXIII
EL QUEMADERO DE CALCUTA

Caras europeas y vestiduras exóticas.—Los «ghats» del Ganges.—Las estadísticas médicas de la India.—Un cortejo fúnebre.—La última oración.—Los fugitivos de la muerte convertidos en animales.—Las hogueras de la mañana.—El horrible enano del Quemadero y sus clasificaciones.—Cremación de una madre que parece una niña.—Las purificaciones preliminares.—Cadáver de pobre esperando que alguien pague su leña.

Calcuta es la segunda capital del Imperio británico. Birmingham, ciudad de Inglaterra que figura por su población después de Londres, resulta muy inferior á Calcuta, pues ésta tiene un millón trescientos mil habitantes. El setenta por ciento de ellos son de religión brahmanista y un veinticinco por ciento mahometanos indostánicos.

Hasta 1911 Calcuta fué la capital de la India, pero como las conquistas y anexiones de los ingleses han ido extendiendo su imperio hacia el Norte, hubo que trasladar en dicha fecha el centro del gobierno á la ciudad de Delhi. Estos cambios no resultan extraordinarios en la vida política de la India. Durante dos mil años de historia conocida, un movimiento de exacta repetición ha desplazado cada cinco siglos la capitalidad de la India, pasándola de unas ciudades á otras, y devolviéndola más de una vez á alguna que la tuvo en otro tiempo. Delhi fué capital del poderoso Gran Mogol y ha vuelto á serlo ahora del virrey enviado por el gobierno de Londres.

Actualmente sólo figura Calcuta como capital de la Presidencia de Bengala, pero conserva los palacios y museos con que la embellecieron los anteriores virreyes. Sus calles están á todas horas del día tan llenas de gentío, que el viajero la supone una población todavía mayor que la mencionada.

Ofrece esta muchedumbre para el europeo una novedad extraordinaria, después de haber viajado por el Extremo Oriente. En el Japón, en China, en las islas de Malasia, no causan extrañeza las vestimentas originales y multicolores, por ser las personas que las usan de razas distintas á la nuestra. Sus rostros amarillos ó cobrizos, sus ojos oblicuos apenas abiertos, parecen armonizarse con sus trajes extraordinarios. Pero el indostánico es de nuestra raza. Pertenecemos á distintas subdivisiones étnicas que tienen un tronco común. Numerosos habitantes de la India son casi negros, otros de color cobrizo, los hay rigurosamente blancos, más blancos que muchos europeos, pero todos son nuestros parientes por los rasgos fisonómicos y jamás han conocido la tentación de usar zapatos, llevando una simple tela arrollada á su cuerpo y mostrándose, apenas lo permite la temperatura, en una desnudez casi completa.