Con frecuencia se encuentran indostánicos que ofrecen una rara semejanza con personas que conocimos en Europa y América. Y este parecido resulta cómico al contemplar cómo el respetable señor que tratamos bajo otros cielos, se pasea ahora por una calle de la India ligero de ropa y descalzo. He visto en Calcuta jóvenes bracmanes, de tez blanca, gruesos, lustrosos, el pelo retinto y brillante partido por una raya en el lado izquierdo y las dos crenchas alisadas con aceite de jazmín. Todos ellos, á pesar de llevar los pies descalzos y una especie de toga alba pasada bajo el brazo derecho y descansando su extremo en el hombro opuesto, tienen un gran parecido con ciertos sacerdotes romanos que usan garbosamente hábitos de rica seda.
El primer día de mi permanencia en Calcuta procuro satisfacer, sin pérdida de tiempo, una curiosidad algo malsana que me agita desde que empezamos á navegar sobre las aguas del Ganges. Dejo para los días siguientes mi visita á los monumentos y jardines, el estudio de las muchedumbres que circulan por sus avenidas y se aglomeran en sus bazares. Quiero ver cuanto antes lo que llaman los indostánicos el campo de Nimtola y los ingleses el «Burning Ghat».
Esta palabra ghat debo usarla frecuentemente al hablar de la India. Un ghat es una escalinata, un graderío, muchas veces una rampa de piedra con rebordes salientes á cierta distancia, para afirmar mejor el pie descalzo, y que desciende por la ribera del Ganges hasta cierta profundidad de sus aguas. De este modo las multitudes devotas puedan permanecer sumergidas hasta los hombros, mientras hacen inmóviles sus oraciones.
Los ghat de Benarés son famosos. La santa ciudad, situada toda ella á la derecha del río sagrado, tiene una sucesión de rampas y escalinatas, sobre las cuales se agrupan en días de fiesta más de cien mil peregrinos. Pero olvidemos estos ghat de Benarés, de los que hablaré en lugar oportuno, para circunscribirnos al «Burning Ghat» de Calcuta, ó sea al «Ghat del Quemadero».
El Municipio de Calcuta ha construído en el lugar llamado Nimtola un edificio donde son quemados los muertos, con arreglo á la religión indostánica. Este campo de Nimtola está más arriba del Howrah Bridge, único puente de Calcuta que atraviesa el río Hooghly, y aparece siempre como obstruído por la enorme aglomeración de vehículos y viandantes. Junto al Quemadero pasa la ancha y populosa avenida que costea el río, siempre llena de tranvías, camiones automóviles y carretas tiradas por bueyes. Por ella se desliza la mayor parte de la actividad del puerto y de la estación del ferrocarril que va al Norte de la India. Hace años se hallaba lejos de Calcuta; pero ésta se ha estirado rápidamente á lo largo del río, envolviendo á Nimtola en los tentáculos de su crecimiento.
Los quemaderos célebres de la India están en las orillas del Ganges. Los príncipes y los ricos se hacen llevar moribundos á Benarés para que los incineren en la orilla del río sagrado, pues éste parece concentrar su importancia divina al lamer con ondulaciones cargadas de flores y podredumbres las murallas de dicha ciudad. En las poblaciones lejanas del Ganges el ghat de las quemas se construye al lado de un río, de un lago o un pequeño estanque. Lo que importa para la ceremonia es que el cadáver pueda recibir una inmersión antes de que lo consuma el fuego. El río de Calcuta es un brazo del Ganges, y los nacidos en la capital de Bengala consideran esto como un regalo precioso que los dioses han hecho á su ciudad.
El campo estrecho de Nimtola se prolonga entre el declive del río y la avenida Strand Road North, por donde pasa, como ya dije, toda la ruidosa circulación del comercio fluvial. Unos muros con arcadas separan la calle del Quemadero. Cerca de la puerta hay un pequeño santuario dedicado á Siva, el más terrible, y tal vez por esto el más admirado, de los personajes de la trinidad Indostánica. Junto al templo existe una oficina, donde varios funcionarios mestizos inscriben en libros las enfermedades que dieron término á la existencia de los que van á ser quemados.
Uno de estos funcionarios, joven indostánico de educación europea, sonríe al hablarme de la utilidad de sus funciones. La inmensa mayoría de las familias que acompañan á sus muertos ignoran qué enfermedad fué la que acabó con ellos. En los barrios indígenas de Calcuta temen á los médicos y prescinden de ellos. No hay quien pueda contestar á los empleados del registro; sólo saben que el muerto ha muerto, y dejan que el representante de la ley ponga en su libro la enfermedad que le parezca preferible para el caso. Luego, con arreglo á tales registros, se forman estadísticas que sirven para estudio y guía de los sabios de Europa y América.
Nos aproximamos á Nimtola por las estrechas callejuelas de los barrios inmediatos, procurando evitar la ancha avenida paralela al río, demasiado abundante en vehículos, de un suelo desigual, donde las ruedas se enganchan en los rieles salientes y cuyos charcos negros salpican con pestífera hediondez.
Nuestro automóvil tiene que hacer alto, pegándose á uno de los muros, para dejar paso á una muchedumbre que avanza á nuestra espalda y se anuncia con cierta salmodia monótona. Se desliza, rozando nuestro vehículo, una doble fila de indostánicos, todos con vestiduras blancas. Cuatro de éstos llevan en hombros unas angarillas hechas con ramas de árboles y forradas de gasa color de rosa. Encima de este lecho portátil vemos manojos de flores amarillas y rojas y varias plantas verdes. Debajo del sudario vegetal va un pequeño cadáver: el flaco cuerpo de una niña que no debe tener más de doce años. Los que lo llevan en hombros, así como los que le preceden y le siguen, son todos de tipo europeo—únicamente su tez tiene un color trigueño algo subido—, y su aspecto físico de occidentales contrasta con el manto de gasa ó de lino arrollado á su cuerpo por toda vestimenta.