La llanura triangular del Quemadero tiene, cuando entro en ella, varios hoyos largos y estrechos, cubiertos de tizones que humean ligeramente. Son restos de las hogueras mortuorias que empezaron á arder en las primeras horas de la mañana. En el fondo de una de estas hogueras agonizantes adivino el contorno de un esqueleto. Veo como una bola de cenizas y en mitad de ella dos estrellas rojas. La esfera cenicienta es un cráneo quemado que aún conserva su forma. Las dos manchas ígneas, un doble reflejo de la combustión del cerebro, que sigue ardiendo dentro de su cápsula caliza... Un capricho del fuego ha respetado la forma del cadáver, consumiendo su solidez interior.

Bastan unos cuantos golpes de bastón para que todo se desparrame en cenizas, y así lo hace un enano de aspecto inquietante que parece el dueño de este lugar. Recuerdo á Quasimodo y á otros personajes extraordinarios inventados por la literatura romántica, habitantes de bóvedas de catedrales, de cementerios y ruinas frecuentadas por fantasmas.

Es un hombrecillo de cabeza enorme por las mechas de pelo lacio y sucio que la cubren. Lleva el busto desnudo, surcado de cicatrices, lo mismo que el rostro. Como es guardián de este lugar, nos imaginamos que las tales cicatrices deben ser huellas de quemaduras. Un harapo anudado al talle constituye toda su vestimenta. Su orgullo debe ser un collar hecho de conchas que le cae sobre el pecho.

Este enano de ojos diabólicos y rictus feroz va de un lado á otro con aire importante, hablando á las familias de los difuntos, señalando los lugares donde pueden levantarse las nuevas piras. Con una habilidad profesional y sin más herramienta que una horquilla corta, borra en pocos instantes los restos de las cremaciones anteriores. Echa al río los residuos de la leña consumida y las cenizas del esqueleto que deshizo á palos minutos antes. Los devotos metidos en el agua no se apartan al ver caer entre ellos estas migajas fúnebres. Continúan sus pías gesticulaciones, cruzan las manos sobre el pecho, las elevan, beben sorbos del líquido sagrado. Unos lo tragan; otros hacen buches con él y vuelven á arrojarlo.

Según me explica el joven empleado, estas cremaciones de la mañana han sido de muertos cuyas familias pudieron pagar leña abundante. El costo de una pira modesta es de seis á ocho rupias, lo necesario nada más para que el cuerpo quede totalmente consumido. Los pobres, cuyas familias economizan la madera, sólo son quemados á medias. Doblan su cadáver para que ocupe menos sitio dentro de la pira, lo rompen por la cintura, pegando las piernas á la mitad superior, y aun así, se consume la leña muchas veces antes de que el cuerpo esté totalmente carbonizado... Pero el gnomo terrible, guardián de este lugar, no puede perder tiempo, necesita espacio para los otros cadáveres que van llegando, y cuando ve que una hoguera agonizante no puede dar más fuego, echa al río el montón de cenizas. Y las entrañas solamente chamuscadas, así como los huesos á medio carbonizar, caen en el santo Ganges junto á los devotos que continúan sus oraciones y sus tragos rituales.

Este enano indostánico, que se muestra humilde é hipócrita con los que él considera de casta superior, habla á nuestro acompañante al mismo tiempo que nos sonríe manteniéndose á cierta distancia, pues sabe que no debe tocar á los seres elevados ni con el aliento. El joven funcionario nos explica sus chistes crueles. Clasifica á los muertos como si fuesen viandas de cocina: en asados, á medio asar y crudos. Él solo respeta á los bien asados, ó sea á los ricos, que consumen mucha leña. Como la mayoría de sus correligionarios, este hombrecillo considera uno de los espectáculos más interesantes que pueden presenciarse en esta vida la cremación de un cadáver de rajá. Cuando muere alguno de éstos en la ciudad de Benarés, llegan muchedumbres de largas distancias para deleitarse con el perfume de la pira de sándalo y otras maderas preciosas, que va consumiendo lentamente el cuerpo del príncipe, mientras satura la atmósfera de bálsamos celestiales.

En realidad, este Quemadero de Calcuta no difunde hedores nauseabundos. Hay en el ambiente un fuerte olor de madera quemada y sólo un lejano tufillo de carne recién salida del asador. Tal vez sea esto por la delgadez inaudita de los cadáveres indostánicos. Son esqueletos con forro de piel. Causa asombro que el cuerpo humano pueda llegar á tal consunción.

La pequeñez de los cadáveres nos reserva una sorpresa. La primera cremación va á ser la de la niña cuyo entierro encontramos en una calleja inmediata. El gnomo, ayudado por unos cuantos hombres de dicho séquito, empieza á preparar la pira. Colocan, como si fuesen los cimientos de un edificio, cuatro troncos gruesos que forman un rectángulo. En el interior depositan simétricamente otros leños más delgados, y así forman la base de la futura hoguera.

Se oye un graznido continuo de las bandas de cuervos alineados encima de las arcadas ó que revolotean atrevidamente sobre nuestras cabezas. En toda Asia abunda el cuervo, como he dicho repetidas veces, pero en Calcuta resulta un personaje familiar y hay que convivir con él. Son las once de la mañana y la luz del sol desciende casi verticalmente de un cielo limpio de nubes. Al calor de su refracción se une el de algunas hogueras que todavía arden en un extremo de la fúnebre explanada. Este fuego se hace sentir y no se deja ver. El resplandor solar borra las llamas. De sus lenguas rojas no se ve más que el hilillo humoso del vértice.

Cada cortejo ha dejado en el suelo las angarillas de sus muertos, sentándose en torno á ellas para esperar. Con el encogimiento y la timidez de un rezagado pobre entra un último entierro. Dos portadores, un anciano y un niño, sostienen una camilla hecha con ramas y sobre ella va tendido un cadáver cubierto por un andrajo de hedionda suciedad, que parece oler á cólera, á peste bubónica, á todas las enfermedades contagiosas de la multitud indostánica. Tres mujeres marchan detrás del muerto, envueltas en velos blancos, con los brazos y las piernas llenos de ajorcas pesadas y de vil metal.