Recibe el enano con hostilidad á esta comitiva miserable. Es un «crudo» el que llega. Discute con los portadores y les obliga á que esperen con su muerto lejos de los otros cortejos. El viejo y el niño acaban por abandonar su camilla y desaparecen. Las mujeres, sentadas en el suelo, velan el cadáver. Por el borde del repugnante sudario asoma un pie flaquísimo, y esta especie de garra inferior guarda aún en su tobillo el envoltorio de un trapo, último vestigio de enfermedad y agonía.

Las tres mujeres, que llevan un adorno de metal en sus narices, tienen fijas las miradas sobre el relieve del cadáver invisible. Toda su emoción se denuncia en el agrandamiento de sus ojos. Nadie llora en este lugar. No veo una sola lágrima. El indostánico ignora que el dolor debe expresarse con un derramamiento de humores oculares.

Me voy fijando en una particularidad de los diversos cadáveres que esperan su turno para la cremación. Se adivina su sexo por la envoltura exterior. Las mujeres tienen depositado un manojo de flores en la oquedad que se marca entre su vientre y el arranque de sus piernas. A los cadáveres masculinos les han colocado una piedra en el mismo sitio.

Empieza la ceremonia de la purificación para la niña delgadísima, cuya familia debe ser bien acomodada á juzgar por su acompañamiento. Y aquí experimentamos la sorpresa de que hablé antes. Esta muchachita resulta una hembra de más de treinta años; una madre de familia. Y sin embargo, aun después de conocer su verdadera edad, ¡nos parece una cosa tan insignificante bajo su envoltura de gasas y de flores!... ¡Abulta tan poco su pobre cuerpo!...

El marido, cuya cabeza empieza á grisear, está procediendo á su purificación. Nos lo muestran de lejos, mientras un barbero le afeita en la bajada del ghat. Los dos se hallan en cuclillas, frente á frente. Los barberos indostánicos trabajan así. Agarran al parroquiano por una oreja ó le pellizcan una mejilla, mientras con la otra mano rasuran su cara y su cráneo.

Este hombre de gesto grave y ojos dilatados y fijos que no saben llorar paga al barbero su trabajo con unas moneditas de níquel é inmediatamente se desnuda, quedando sólo con un cinturón que le pasa entre las piernas. Debe purificarse en el río antes de prender fuego á la pira de su esposa. Va descendiendo por el ghat hasta quedar con el agua por encima de los pechos. Ora, sumerge su cabeza, bebe, hace los buches rituales, y vuelve á subir para vestirse una túnica blanca, completamente nueva, que dejó en mitad de la escalinata.

Al lado de las angarillas de color rosa está sentado en el suelo un muchacho como de doce años. Es el hijo de la difunta. Tiene una expresión de perrito triste que sigue el entierro de su amo. Pero está mudo; no puede aullar como el otro. Mira con fijeza, sin una lágrima en las papilas, el cuerpecito de flaca adolescente que marca sus gráciles contornos bajo el sudario color de rosa.

Una señora que está á mi lado rompe á llorar viendo este dolor silencioso.

—¡Pobrecito!... ¡Pobrecito mío!

Él vuelve su cabeza, adivinando la compasión, la dolorosa ternura de estas palabras que no puede comprender. Vemos su tez de canela aterciopelada, sus ojos negros de antílope agrandados por el dolor. Nos mira un momento sin expresión alguna. Luego, su vista se desliza, volviendo otra vez á posarse en el cuerpecito de su madre.