No puede continuar dicha contemplación. Los amigos de la familia han levantado las angarillas y llevan el cadáver hacia el Ganges, por el graderío del ghat. Cuando á los portadores les llega el agua á la cintura sumergen la camilla fúnebre. Se lleva la corriente de golpe las coronas de flores, los manojos de verdura que adornaban el lecho de la muerta. La gasa se destiñe, formando sobre el agua una gran mancha purpúrea, como si fuese de sangre.

Esta inmersión hace que se marquen instantáneamente todos los contornos del cadáver, lo mismo que si estuviese desnudo. Las gasas desteñidas tienen ahora un color de carne y parecen no existir, adheridas al cuerpo femenino. Pero este cuerpo ¡es tan poquita cosa!... Parece imposible que haya podido salir de su interior el adolescente que continúa sentado en el suelo, mirando con fijeza hipnótica el lugar donde poco antes estaba la muerta.

Chorreando agua vuelve el cadáver á subir el ghat, mientras sus conductores reanudan el cántico monótono de una hora antes: «Bolo hari. Hari bolo.» Lo colocan sobre la base de la pira. Luego el enano y sus ayudantes van amontonando sobre la difunta nuevos leños, hasta que al fin completan la pira en forma de edificio, rematándola con una especie de techo de doble pendiente.

Pasa por el río uno de los vapores blancos. En sus cubiertas van numerosas señoras rubias con trajes de fina batista y gentlemen de aspecto elegante. Deben vivir en bengalows de las afueras, con hermoso jardín, y vienen á Calcuta para hacer sus compras ó para tomar el tren en la estación inmediata de Howrah. Nadie mira hacia el Quemadero. El esbelto barco levanta una sucesión de ondulaciones que mecen las guirnaldas floridas arrancadas al cadáver y la mancha roja de sus velos desteñidos. Estas ondulaciones chocan con el pecho inmóvil de los devotos que se bañan en el Ganges; pasan en delgadas láminas sobre el lomo de los búfalos hundidos en la ribera fangosa.

Contemplamos con angustia los preparativos para la cremación de esta pobre indostánica, empequeñecida por el dolor y la muerte. No la conocimos cuando vivía; nunca sabremos su nombre; pero el azar nos ha unido á ella con un recuerdo sentimental que durará lo que dure nuestra existencia.

El esposo, entorpecido por el dolor, no sabe cómo debe cumplir sus funciones rituales. Tal vez no asistió nunca á un entierro en el que tuviese que figurar como el primero de los acompañantes. A él le corresponde prender fuego á la pira, dando vueltas en torno de ella para que el fuego surja de todos lados al mismo tiempo. El horrible gnomo ha puesto una antorcha en sus manos y le indica lo que debe hacer, con la suficiencia de un sacristán que asiste á un entierro de primera clase en las iglesias de Europa.

Se adivina que el pobre marido no ve. Avanza su antorcha y las más de las veces su llama se pierde en el aire... Pero sus ojos continúan secos. Al fin el montón de leña empieza á arder. Se escapa entre el llamear crepitante de la madera tierna una nube de pavesas de las ropas sutiles. A través de los troncos que se ennegrecen y se rajan vemos algo semejante á unas ramas blanquecinas, los miembros gráciles de la muerta que burbujean con el chirrido de la grasa. Arde el cadáver, y entre los desgarrones de la carne abierta y retorcida por el fuego comienzan á asomar las aristas rígidas de los huesos.

—¡Vámonos, vámonos!—dice alguien detrás de mí con voz desfalleciente.

Sí, debemos irnos... Y sin embargo, quedamos inmóviles, sin voluntad, con los pies fijos en el suelo, como el que contempla la lumbre de una chimenea en las noches invernales y á cada minuto se da á sí mismo la orden de abandonar el asiento sin conseguir verse obedecido. Sentimos á un tiempo la atracción de la llama, la terrible curiosidad de las emociones violentas, el horror de la muerte.

Suena un estallido en el interior de la pira. Es la ruptura del vientre agujereado por el fuego, el esparcimiento de las vísceras, la dilatación de los vapores humanos, algo horrible que va más allá de los leños ardientes y cae en el suelo. Pero el enano se mantiene cerca de las llamas, con una previsión de técnico, y recoge velozmente todo lo que el fuego expelió, volviendo á arrojarlo en la hoguera. Ha llegado la hora de irnos. ¿Para qué seguir contemplando la cremación de los otros?... ¡Adiós, madre calcutana, pequeña como una niña, que nunca conocimos y recordaremos siempre!