Otro motivo de gran afluencia en las calles del Pekín imperial era la costumbre de trabajar á domicilio, observada por los menestrales desde tiempos remotos. El carpintero, el herrero, el sastre, circulaban por la ciudad con sus oficiales y aprendices, llevando las materias y herramientas para su trabajo. Hasta los impresores iban á las casas de los letrados con su prensa, sus resmas de papel y sus tarros de tinta para imprimir libros. Los autores guardaban en su domicilio las planchas de madera grabadas, cada una de las cuales era una página, y no tenían más que sacarlas á la puerta para que el impresor fabricase en unas cuantas horas centenares de volúmenes, tirados en un papel sutil, de dobles planas, plegadas y sin cortar, forma que todavía subsiste.

El tercer motivo de aglomeración en las vías públicas era que en Pekín todo se hacía á brazo, y el transporte de maderos y ladrillos para las obras del gobierno y los edificios particulares exigía largos rosarios de atletas doblados bajo pesos abrumadores.

Hoy la vida antigua de la ciudad está modificada. Han desaparecido casi por completo los palanquines, como ocurrió en las ciudades japonesas. La ricsha, más ligera y que sólo exige un hombre para su manejo, ha democratizado la circulación.

Son los blancos quienes implantaron este nuevo medio de transporte en el Extremo Oriente. Algunos misioneros norteamericanos, viejos y achacosos, al establecerse en el Japón en 1860, se hicieron llevar por naturales del país en carruajitos de tal especie. Los japoneses se apropiaron la innovación, creando la koruma, y del Imperio del Sol Naciente han copiado el uso de su ricsha los chinos y otros pueblos asiáticos. Antes sólo podían ir en palanquín los mandarines y los comerciantes ricos; ahora todos los chinos que gozan de un pequeño bienestar usan la ricsha. Esto ha aumentado la afluencia en las calles, pero con un tono uniforme y obscuro, sin la brillantez colorinesca de los antiguos cortejos.

Algunos próceres chinos apegados á la tradición se niegan á aceptar el automóvil, como muchos de sus compatriotas que viajaron por los países occidentales. Tampoco se atreven á resucitar el antiguo palanquín, y dan sus paseos en unas berlinas azules, de ruedas doradas, con el interior forrado de seda gris perla. En estos carruajes vistosos, tapizados como un tocador de dama, no hacen mala figura los personajes de la antigua corte, chinos de aventajada estatura, algo gruesos, con ricas vestimentas de seda azul. Dos caballitos mogoles, de exigua talla con relación al vehículo, tiran de éste, y á veces se muerden entre ellos, obligando á echar pie á tierra á uno de los lacayos, para ponerlos en paz.

Al ser de un solo piso, las casas están compuestas de numerosos pabellones separados por patios y jardines. Los chinos son los únicos en el Extremo Oriente semejantes á nosotros por su mueblaje. Se sientan en sillas y no en el suelo, comen sobre una mesa, duermen en camas. En sus salones, el gran lujo son los biombos. Sus diversas hojas contienen paisajes y escenas de la vida ordinaria, pintados con minuciosa observación. En todas las viviendas de alguna comodidad, los pisos tienen debajo de ellos tubos de piedra que transmiten el calor de una hoguera encendida en el subterráneo.

Una contradicción artística de este pueblo. Ama las líneas simples en su arquitectura; algunos de sus edificios célebres parecen diseños geométricos, y en cambio muestra horror por la línea recta cuando fabrica muebles y objetos de lujo. Talla la madera y los metales con ondulaciones reptilescas. Los contornos de sillas y mesas parecen estar formados con una interminable curva vermicular. El eterno modelo es un dragón, con sus enroscamientos escamosos.

Este pueblo que durante siglos vistió de un modo uniforme, obedeciendo las leyes suntuarias decretadas por el Hijo del Cielo, conserva por tradición el mismo corte de traje en los diversos grados sociales. La importancia de las personas se aprecia únicamente por la riqueza de las telas que usan.

La elegancia y el rango de cada uno se concentra en el gorro ó solideo que cubre su cabeza. En él se exhiben los signos honoríficos, iguales á las condecoraciones que los mandarines civiles de Europa se colocan sobre el pecho en forma de cruces y los mandarines militares sobre los hombros en forma de charreteras. Cada tocado indica la categoría de su portador por medio del botón que lo termina. Unas veces el botón es de seda, otras de oro ó de piedras preciosas, abarcando su simbolismo todas las dignidades, hasta las puramente literarias. Además, los mandarines letrados, para demostrar su alejamiento de los trabajos materiales, se dejaron crecer hasta hace poco las uñas de sus manos. Sólo las exhibían en días de ceremonia, guardándolas el tiempo restante metidas en fundas de bambú.

Bien sabida es la enorme influencia del llamado Código de los Ritos en este país ceremonioso. La gran sabiduría para la China imperial consistió en conocer la mayor cantidad de palabras y todas las reglas de una complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no tiene letras sueltas. Cada signo es una palabra, y la gran ciencia consiste en poder guardar en la memoria veinte mil, treinta mil y hasta cuarenta mil de ellos, y tenerlos igualmente prontos al extremo del pincel que sirve de pluma. El que además llegaba á dominar todos los enrevesamientos interminables de la etiqueta, se consideraba apto para los más altos cargos del gobierno, pues éstos se obtenían siempre por examen. Hoy todo ha cambiado, y los letrados que figuran en la República china saben algo más que palabras sin ideas ó cortesías interminables y falsas.