La autoridad despótica del padre mantuvo hasta hace poco un régimen absurdo dentro de las familias. Los hijos nunca eran consultados para su casamiento, lo mismo que en el antiguo Japón. Con frecuencia, dos amigos faltos aún de descendientes se prometían de un modo solemnísimo unir en matrimonio los hijos que pudieran tener más adelante, si eran de sexo distinto. La solemnidad de tal promesa consistía en desgarrarse la túnica en dos pedazos, dándose recíprocamente la mitad. El Código de los Ritos protestó en vano contra estas absurdas costumbres. Los padres celosos de su poder absoluto siguieron casando á los hijos según su capricho ó su interés, y vendiendo sus hijas al marido que ofrecía más.

En las provincias del interior todavía es el casamiento un juego de azar para el hombre. Como los chinos tradicionalistas mantienen á sus hijas reclusas, el que desea contraer matrimonio se vale de los oficios de viejas casamenteras, sometidas por las antiguas leyes, en caso de engaño, á severísimas penas, que algunas veces llegaban hasta la estrangulación.

A pesar de tales amenazas de la ley, las casamenteras, sobornadas por los padres, engañan casi siempre á los novios, exagerando descaradamente las gracias y los méritos de sus futuras. Como el marido ve por primera vez á su esposa al abrir la portezuela del palanquín que la trae á su casa, no le queda otro recurso, si le han engañado con falsos informes sobre su belleza, que devolverla inmediatamente á sus padres, dando por terminada la fiesta y despidiendo al ruidoso cortejo de músicos é invitados. Pero esto se ve con más frecuencia en las comedias chinas que en la realidad, ya que el marido, si adopta tal resolución, pierde el dinero que dió al suegro por obtener á su hija, así como los regalos que lleva hechos.

El juego es la gran pasión del populacho, desarrollándose este vicio especialmente en las provincias del Sur. La diversión que más le entusiasma, los fuegos artificiales. Los pirotécnicos de Europa copiaron mucho de los de aquí, pero en realidad nunca han llegado á dar á sus obras la duración y el brillo de los fuegos chinos.

Hoy se usa en Pekín la tarjeta de visita como en Europa. La única variante consiste en estar impresa por ambas caras: á un lado en caracteres chinos, al otro en letras occidentales. En tiempo del Imperio, la tarjeta, originaria de aquí, era de enormes dimensiones, y tenía tres emblemas representando las tres felicidades más grandes que puede obtener un chino: un heredero, un empleo público y una vida larguísima, simbolizados por las figuras de un niño, un mandarín y una cigüeña.

Al circular por las calles de Pekín sentí inmediatamente cierta curiosidad que hace mirar al suelo á todos los extranjeros. Deseaba ver los pies de las chinas.

Una de las primeras reformas de la República fué abolir la bárbara costumbre que estropea los pies de las mujeres para hacerlos extremadamente pequeños. Ahora existe ya toda una generación de adolescentes con los pies intactos, iguales á los de las otras mujeres; pero á los pocos días de circular por Pekín se van encontrando damas de la burguesía y de la aristocracia con las extremidades desfiguradas por tan absurda costumbre, muchas de ellas todavía jóvenes, de veintiocho ó treinta años de edad.

Esta deformación no es de origen antiquísimo, como se imaginan algunos. Data del siglo X y no se comprende cómo pudo generalizarse en tan vasto Imperio. Los invasores tártaros tuvieron el buen sentido de no imitar dicho uso de los vencidos, y sus mujeres, nueva aristocracia del país, dejaron crecer sus pies en libertad, sin considerarse por ello menos hermosas que las chinas tradicionales. Lo más censurable fué que las mujeres del pueblo, por imitar á las de arriba, comprimieron igualmente los pies de sus hijas, y millones de hembras han tenido que ganarse la subsistencia trabajando, á pesar de faltarles un sólido apoyo por culpa de sus extremidades deformadas.

Todos saben cómo se realiza esta tortura, obligando á las niñas á usar diminutos zapatos de metal, que sólo abandonan cuando son mujeres. Los dedos se doblan y se anquilosan, quedando adheridos á las plantas de los pies, y éstos no son al fin mas que dos muñones dentro de un calzado que por su forma redonda se asemeja á las pezuñas de ciertos animales.

Las mujeres que sufrieron tal mutilación marchan con una dificultad que causa cierta angustia al observador la primera vez que las ve. Avanzan con igual movimiento que una persona montada en zancos; parece que sus rodillas no pueden doblarse; se balancean con un contoneo grotesco, semejante al del pato. Y sin embargo, los poetas chinos han cantado en el curso de los siglos este andar torpe, comparándolo con los balanceos de la flor, con el sauce llorón, etc.