A pesar de la dificultad que sufren en sus movimientos, siempre están las chinas dispuestas á pasear, y lo que lamentan es que sus esposos y padres no las concedan mayor libertad. No es la deformación de sus pies lo que las hace sedentarias, sino la dureza del régimen familiar. Todas llevan pantalones de seda azul, muy anchos de boca, y resulta cómico y triste á un tiempo ver salir de dicha funda ondeante una pantorrilla enjuta, toda hueso, con media blanca, rematada por un muñón y una pezuñita de raso negro, sostenida por cintas, que hace oficio de zapato.
Según dicen algunos que por sus observaciones íntimas pueden estar bien enterados, esta estúpida amputación pedestre anquilosa la pantorrilla femenil, haciéndola de una delgadez esquelética, pero en cambio engruesa el muslo y sus vecindades superiores, particularidad plástica que parece muy de acuerdo con la estética china. He encontrado en los museos y jardines ex imperiales muchas de estas damas balanceantes y casi faltas de pies. Reían con cierta vanidad al notar nuestra sorpresa y la atención con que mirábamos sus extremidades. Exageraban sus movimientos para que no sintiésemos duda alguna sobre su agilidad. Hacían toda clase de remilgos y monadas, como niñas traviesas.
Las mujeres chinas son más grandes que las del Japón. Algunas de ellas, á no ser por sus ojitos oblicuos, pasarían por europeas, á causa de su tez blanca y sus formas redondeadas. Todas se pintan el rostro, jóvenes y maduras. Emplean el negro para dar á sus cejas la forma de un semicírculo y se colocan una mancha de bermellón en el labio inferior. Las damas de origen manchur usan como signo de nobleza el peinado de su raza, un lazo parecido al de las alsacianas hecho con sus cabellos. Las más de las chinas son de naricita corta; las manchures tienen un perfil aquilino y soberbio de raza de presa.
Otro signo de aristocracia histórica en estas últimas es el no usar ningún carruaje de origen europeo. Su vehículo nobiliario está representado por la vieja carreta manchur. Yo he visto en un camino, cerca del Palacio de Verano, á varias princesas de la antigua corte imperial, una de ellas tía del joven ex emperador. Todas iban pintadas y con su peinado en forma de lazo, ocupando una especie de carreta de labriego tirada por dos caballitos manchures. Sus asientos eran almohadas puestas sobre el fondo de tablas del vehículo, y como éste carecía de muelles, en cada bache de la ruta sus Altezas y Excelencias tenían que agarrarse á los varales para no rodar fuera de él. Una pintora norteamericana, antigua retratista de la emperatriz regente, que tuvo la bondad de mostrarme el Palacio de Verano, hizo detenerse la carreta para saludar á las amigas de su época gloriosa, y yo gocé el honor de cruzar varias sonrisas con estos fantasmas del pasado, sin entender ninguna de sus palabras.
Gracias á la cocina del país volvemos á encontrar la China de costumbres extrañas y originalidades desconcertantes que tanto nos asombró de niños en los libros. Los gastrónomos de esta tierra son los que han hecho retroceder hasta un límite más remoto el catálogo de las materias utilizadas por el estómago humano. En las carnicerías venden gatos y perros, que, según afirman los conocedores, fueron cebados con arroz, estando sujetos á una argolla día y noche para su engorde. Como este consumo podría ser causa de que las ratas, libres de enemigos, se multiplicasen de un modo peligroso, también las venden en los mismos establecimientos, desolladas y formando manojos de á docena, unidas por los rabos. El chino aburrido de comer arroz con cerdo emplea dichas carnes como variantes. ¡Y pensar que este país es el del faisán, abundando tanto como la gallina!...
La gran especialidad gastronómica nacional es la de los picadillos que se sirven al principio de todo banquete. Hay unas cuarenta clases de picadillos, entrando en tales platos los componentes más inverosímiles: gusanos de tierra, cucarachas enormes, de un negro brillantísimo, que he visto vender en las calles, huevos empollados con sus pequeños fetos, capullos de seda hervidos conservando sus larvas...
Salsas y trituraciones modifican el aspecto y el gusto de estos picadillos. En idéntica forma son presentados los famosos nidos de golondrinas, filamentos gelatinosos, iguales por su aspecto á los fideos, y la aleta dorsal del tiburón, de la que se utiliza solamente las fibras de su base.
Algunos de estos manjares, que repugnan á nuestros estómagos, resultan costosísimos. Para hacer un simple plato de picadillo hay que dar caza á un tiburón, empleándose únicamente de tan enorme organismo un pequeño manojo de filamentos pegado al lomo.
He procurado evitar el conocimiento directo de estas singularidades gastronómicas; pero no me espantan ni me escandalizan. Mi humilde estómago europeo data de unos cuantos siglos nada más y está próximo aún á la nutrición monótona de nuestros silvestres antepasados. El estómago chino cuenta con una historia de 5.000 años, tiempo suficiente para que cocineros y comilones refinados llegasen en fuerza de inventos y caprichos á las más remotas y disparatadas combinaciones.
Nosotros también saboreamos manjares y bebemos líquidos que hubiesen dado náuseas á nuestros bisabuelos y tal vez á nuestros abuelos. Hoy mismo, la mayoría de las gentes que viven en los campos y en los barrios pobres no llegan á comprender cómo las personas de educación superior comen ostras y otros mariscos crudos, quesos fermentados abundantes en gusanos, ó beben cerveza y ciertos aperitivos hediondos.