Muchos chinos opulentos se han arruinado dando banquetes á sus amigos. Estas comilongas, inverosímiles para los blancos, duran á veces una noche entera, desfilando sobre la mesa los platos más inauditos. Los patricios de Roma, con sus lampreas devoradoras de esclavos, no llegaron á la costosa extravagancia de los próceres chinescos.
Las supersticiones de la farmacopea nacional influyen en la confección de las bebidas. En algunas ciudades del Sur hay restoranes famosos por sus bodegas, repletas de venerables tinajas que únicamente son abiertas para los conocedores ricos, capaces de pagar dignamente su contenido. Estas vasijas preciosas guardan «vino de mono», «vino de culebra», «vino de pollo», llamados así porque hace años se hallan dichos animales en maceración dentro de la tinaja, comunicando al líquido sus cualidades especiales. Según parece, el vino de mono es un excelente afrodisíaco; el de pollo evita las enfermedades del pecho y el de reptiles da valor y ligereza. Algunos europeos que por engaño probaron el picadillo de gusanos de seda me afirman que tiene un sabor parecido al de las castañas hervidas.
Sin embargo, el chino es un excelente guisandero, y se le encuentra ahora en las cocinas de muchos hoteles, de muchos trasatlánticos y de importantes casas de América, lo mismo del Norte que del Sur. Siente una verdadera vocación por la química nutritiva, asimilándose fácilmente las combinaciones gastronómicas de los blancos. Luego las perfecciona con su paciencia sonriente y su despierto ingenio. Muchos arroces inventados por ellos figuran entre los mejores platos de la cocina moderna. En las ciudades de los Estados Unidos, los restoranes chinescos atraen siempre numerosa clientela. Las familias más acomodadas de algunas capitales de la América del Sur aprecian mucho á los cocineros chinos, por su laboriosidad y por las novedades que añaden á los guisos del país.
De vez en cuando estos amarillos, con su nerviosidad de artistas mimados, se permiten caprichos semejantes á los de un tenor célebre. Todos son jugadores, y al ir por la mañana al mercado, antes de hacer sus compras entran en el café de algún compatriota, para dedicarse con otros chinos á juegos de azar, de nombres poéticos y resultados terribles. Si pierden, dan á comer á sus amos con una parquedad inexplicable, cual si la población hubiese quedado sitiada de pronto. Cuando ganan, los sorprenden con un banquete inaudito, cual si se hubiesen trastornado las leyes económicas y todo lo diesen gratis en el mercado.
Lo peligroso en estos artistas admirables es que sienten con frecuencia la nostalgia del remoto país al que serán llevados cuando mueran, ya que para eso pagan todos los meses su cotización á una empresa encargada de repatriar cadáveres amarillos. Recuerdan los platos que comieron en su niñez guisados por su madre, y procuran resucitar en el fogón esta época de la vida, que es siempre para todos la más conmovedora...
En una ciudad histórica de la América del Sur, los convidados de una familia aristocrática se hacían lenguas de cierto caldo preparado por el cocinero chino de la casa. Era un secreto profesional que el «maestro» se negaba á revelar.
La señora, excitada su curiosidad por el mutismo sonriente del chino, bajó un día á la cocina para sorprender el misterio de la marmita burbujeante. Al levantar la tapa y ver su interior, dió un grito de espanto. Una rata enorme subía y bajaba á impulsos del hervor, derramando sus jugos en el líquido.
Como la dama insistiese en sus exclamaciones de asco, el artista amarillo creyó llegado á su vez el momento de enfadarse. ¿A qué tantos extremos de asombro, como si presenciase algo inaudito?... Que cada cual siga sus gustos; lo importante es vivir todos en paz, tolerándose. Y en su español balbuciente y propenso al tuteo, dijo á la señora:
—No grites; todo arreglado... Caldo para ti, rata para mí.