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y adaptación.
Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.
LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA
I
EN MUKDEN
Caballitos manchures y perros siberianos.—Un desierto de nieve por cuya posesión se mataron 154.000 rusos y japoneses.—La dinastía de «Los Muy Puros» y sus mausoleos.—El frío, maestro de humildad.—Las escalinatas chinas y «el sendero imperial».—La chiquillería pedigüeña de las estaciones.—Un gendarme que pega.—Indignación patriótica.—La incoherencia de los demonios blancos.
Espero las primeras luces del alba paseando por los salones del Hotel Yamata, en la estación de Mukden.
Miro por las grandes puertas de cristales que dan á los andenes y veo correr grupos de chinos cargados con fardos envueltos en telas de colores ó llevando maletas de forma europea. Han descendido de un tren procedente del interior de la China y van al asalto de otro más corto que debe conducirles á Dairén, á Port Arthur y demás poblaciones del inmediato golfo de Liao Tung. Luego contemplo por las vidrieras de la parte opuesta el aspecto de Mukden, ciudad misteriosa para mí, envuelta en la noche y la nieve.
La curiosidad me hace salir á la ancha plaza de la estación, pero el frío es tan intenso que retrocedo á los pocos minutos. En esta plaza hay muchos carruajes de caballos, en espera sin duda de algún tren matinal; pero los cocheros, á pesar de sus gorros tártaros y sus gabanes de piel de zorro, se han refugiado en los cafetines de las inmediaciones. Los famosos caballitos manchures, nerviosos, agresivos, de largo pelaje, entretienen su abandono coceando silenciosamente la nieve del suelo, haciendo exhalar á los vehículos con sus estremecimientos un ruido de ferretería vieja, expeliendo dos chorros de vapor por sus narices propensas al relincho. Estos caballos de corta alzada se muerden entre ellos, y cuando se entregan á la excitación de la carrera galopan como desbocados. Por entre sus patas se deslizan perros siberianos de hirsutas lanas. De tarde en tarde aparece un cochero. Como va forrado en pieles y las orejeras de su gorro las lleva sueltas y erguidas, tiene el aspecto de una bestia de la noche que momentáneamente marcha en posición vertical.
Vuelvo á sentir la misma extrañeza que en Corea viendo esta aglomeración de caballos. Los ojos parecen haberse acostumbrado á la escasez de animales que se nota en el Japón, donde todo lo hace el brazo humano, sin pedir auxilio á las especies domesticadas que ayudan al hombre en su trabajo.