Van surgiendo de la nocturna lobreguez las techumbres nevadas de los edificios. La ciudad de Mukden, á la que los naturales llaman Fengtien, empieza á dibujarse en la lívida penumbra con un aspecto contradictorio é híbrido. Cerca de la estación hay edificios modernos de muchos pisos, que imitan la arquitectura norteamericana con todas sus audacias. Más allá, las calles son iguales á las japonesas y coreanas, tienen una amplitud de cuarenta ó cincuenta metros y edificios de un solo piso hechos de madera.

Llegan varios automóviles y sus conductores se ofrecen para llevarnos á los mausoleos imperiales de la dinastía manchura, lo más interesante que existe en las inmediaciones de Mukden. Salimos con los primeros resplandores del alba, por unas calles anchas y completamente dormidas bajo sus sábanas de nieve. Luego, en pleno campo, el frío, el silencio y la luz cenicienta del amanecer invernal dan una tristeza abrumadora al dilatado paisaje.

Pensamos que más de un millón de hombres se batieron aquí, en la famosa batalla de Mukden, que duró dos meses, por la posesión de un suelo monótono é inclemente como un paisaje ártico. Luego recordamos que esta tierra goza, como tantas otras, una primavera y un verano. Los exploradores del río Amur, que corre por la Manchuria septentrional, cuentan cómo en los bosques de sus orillas chorrea la miel formando arroyuelos: tantas son sus flores y sus abejas. En su parte meridional, que es donde estamos, se obtienen grandes cosechas de toda clase de cereales. Pero nosotros sólo vemos ahora una planicie de nieve, y surgiendo de ella, como grupos de escobas plantadas por el mango, algunos bosquecillos de árboles negros y escuetos.

El automóvil, al marchar por esta llanura uniforme, donde su conductor tiene que adivinar con ojos de piloto la existencia del camino oculto, cae en hoyos ignorados ó se ladea de un modo alarmante al borde de taludes invisibles. Algunas veces saltamos sobre inexplicables oleajes del suelo. Es que nos hemos metido en un cementerio chino y vamos pasando sobre las cúpulas de tierra de los sepulcros, que apenas si se revelan con ligerísimas curvas en el igualamiento realizado por la nieve.

La lucha de nacionalidades agita sordamente al país manchur y se deja adivinar en las casas de madera que se agrupan como avanzadas de la ciudad sobre este mar sólido y blanco, de horizontes infinitos. En unas ondea la bandera japonesa, en otras el pabellón quinticolor de la República china. Los verdaderos dueños del país, chinos y manchures, duermen con la bandera izada sobre sus techos, para que dé testimonio hasta en las horas nocturnas de la nacionalidad del suelo. Los japoneses son cada vez más numerosos en Mukden y van acaparando el comercio. Su gobierno posee ya legítimamente la tierra coreana que existe al otro lado del río Yalu. Además, sostiene una guarnición en Mukden y otras ciudades manchuras que son de la China, con pretexto de guardar el ferrocarril. Desea convertir en propiedad definitiva lo que es hasta ahora ocupación temporal. La propaganda japonesa habla frecuentemente de los 87.000 rusos y los 67.000 japoneses que murieron batallando alrededor de Mukden. Ve en tan enorme montón de cadáveres un título de propiedad para anexionarse definitivamente este centro ferroviario á veinticuatro horas de Pekín.

Una música alegre y ruidosa anima de pronto el silencioso desierto blanco. Nos cruzamos con una boda china. El cortejo va en busca de la novia, que debe haber abandonado la cama á media noche para hermosearse. Al frente marcha un grupo de músicos sonando gaitas y tamboriles. Van vestidos de rojo con galones de oro y en la cabeza llevan unos sombreros-paraguas barnizados de amarillo. Seguido de una escolta de invitados y parientes pasa el pintarrajeado palanquín nupcial, con manojos de plumas en sus ángulos y una gran flor dorada en su vértice.

Otra vez los campos de nieve, los árboles negruzcos, y grandes revuelos de cuervos alzándose en espiral para caer sobre algún cadáver invisible. Después de varias millas de avance fatigoso llegamos á las tumbas de los emperadores manchures.

Los que están en ellas fundaron la última dinastía china, ó sea la destronada. Hasta hace tres siglos los manchures fueron un pueblo nómada, de civilización rudimentaria, pero muy numeroso. La palabra china Mand-chou significa «país muy poblado». Estos jinetes, hábiles arqueros, se batían indistintamente á pie ó á caballo.

El Imperio chino, que parece en la Historia viejo como el mundo, sucediéndose dentro de él las dinastías casi lo mismo que en el antiguo Egipto, estuvo en peligro de perecer destrozado á mediados del siglo XVII. El último de los Ming, viéndose desobedecido por muchas de sus provincias, necesitó auxiliares para combatir á los rebeldes y acudieron en su defensa los tártaros de la Manchuria, acaudillados por su rey Chunti-Ti. Éste, después de restablecer el orden, destronó al emperador que le había llamado, se hizo dueño de Pekín y acabó por apoderarse de toda la China, fundando la dinastía 22, llamada de los Tai Thing (Los Muy Puros), que ha durado hasta nuestros días. En realidad, los últimos emperadores nada tenían de chinos por su origen ni por su aspecto físico. Eran tártaros-manchures. Por eso los republicanos chinos pudieron dar á su revolución un carácter nacional, combatiendo á los monarcas intrusos en nombre de la antigua China.

Un bosque de árboles escuetos y ennegrecidos por el invierno rodea el parque donde están las tumbas monumentales de los primeros soberanos de la dinastía Tai Thing. Al echar pie á tierra nos hundimos en la nieve. Un obstáculo inesperado nos inmoviliza luego ante el arco que da acceso al parque. El encargado del monumento no ha venido aún de la ciudad, y los dos guardias que lo vigilan son unos soldados manchures, grandes, de perfil caballuno, sobrios en palabras y obedientes á la consigna. Uno de nuestros guías tiene que ir en busca de dicho empleado, no sé dónde, y quedamos frente á la entrada del monumento, rodeados de la mañana lívida, con nieve hasta media pierna y recibiendo en el rostro un viento cortante.