Hace ocho años todavía era el Chien-Men la calle más «pintoresca» de la China. Hoy sus edificios siguen ocupados por los primeros comercios de Pekín; pero un incendio destruyó las antiguas fachadas de sus tiendas, todas ellas con celosías cubiertas de oro viejo y la madera tallada en forma de flores, ramajes y dragones.

El comerciante chino, inventor del anuncio, sigue poniendo en sus puertas grandes tableros avanzados sobre la calle, con inscripciones doradas y dibujos quiméricos en sus dos superficies. Dicho ornato industrial da una originalidad animada y colorinesca al Chien-Men, de perspectiva interminable. Pero los que pudieron ver esta calle antes del incendio se hacen lenguas de la suntuosidad artística que ofrecían las fachadas de sus tiendas, cubiertas de sólidos encajes dorados.

Atravesamos las avenidas del parque que rodea el templo del Cielo. Es tan extenso este bosque situado en el interior de una ciudad amurallada, que hay que usar la ricsha para visitar todos los edificios esparcidos en sus arboledas. Se comprende la admiración de los primeros blancos que visitaron Pekín cuando las grandes urbes de Europa aún no habían trazado sus parques actuales. Resultaba inaudito encontrar dentro de una ciudad fortificada estas arboledas de límite invisible, que parecen crecer en pleno campo. Además, el Chien-Men era entonces la única calle del mundo con cincuenta metros de anchura.

Vamos visitando los edificios sagrados anexos al verdadero templo. Estas construcciones, no muy altas, tienen sus gruesos muros pintados con un rojo obscuro de sangre, que es aquí el color de las construcciones majestuosas y cubre uniformemente palacios y templos. Las tejas son de un azul cerúleo, en armonía con el culto celeste. Puentes de mármol se encorvan sin objeto sobre anchos fosos invadidos por la hierba. Antes corría por estos canales un agua verdosa y clarísima, en la que nadaban todas las especies fantásticas é inverosímiles de la fauna fluvial del país: peces rojos, dorados, violeta, de ojos telescópicos y monstruosos, arrastrando una larguísima falda transparente de bailarina, moviendo sus nadaderas sutiles y amplias como manteletas de encaje.

Subiendo escalinatas de mármol partidas por el «sendero imperial», llegamos al altar del sacrificio. A primera vista parece demasiado bajo, en relación con la arboleda y los otros edificios del parque. Pero los chinos no aman la enormidad en sus monumentos; buscan su belleza en la armonía de las proporciones, con arreglo á la educación de sus ojos. Este altar se compone de tres torres bajas y anchas, superpuestas en ángulos entrantes. Los tres rellanos son de mármol blanquísimo y uniforme, habiendo concentrado los escultores toda su labor en las barandas.

Cada una de dichas mesetas está separada de las otras por escalinatas de nueve peldaños. El 9 es el número sagrado de los chinos, como el 7 lo fué de los pueblos cristianos. La primitiva religión del país tiene nueve cielos; su antigua ciencia da á la tierra nueve grados; las divisiones del tiempo y del espacio se basan siempre sobre el citado número.

Subía el emperador, en una mañana brumosa y frígida de nuestro mes de Diciembre, á la plataforma más alta de dicho altar, para rendir sacrificio á sus padres, los señores del cielo. En esta ceremonia vestía una túnica de piel de cordero negro, forrada interiormente de zorro blanco, y encima un gabán de seda, en el que estaban bordados los dos dragones celestiales, el sol, la luna y las estrellas.

Él era el único que se erguía en la última meseta del cono truncado. Los personajes de su séquito quedaban inmóviles en los peldaños de las tres series de escalinatas: los letrados á la derecha, los guerreros á la izquierda. Y el soberano iba ofreciendo á los espíritus celestes las viandas preparadas para esta ceremonia, los rollos escritos en pergamino y en seda, un novillo sin ningún defecto, un disco de lapislázuli. El público silencioso de altos dignatarios no ignoraba que el Hijo del Cielo se había preparado para esta ceremonia con ayunos y largos exámenes de conciencia, siendo la pureza de su alma y los virtuosos deseos de hacer á su pueblo feliz la principal ofrenda dedicada á sus mayores, que le estaban mirando desde lo alto del cielo.

Iba acompañada la ceremonia por músicas litúrgicas. En un pabellón de este mismo parque se guardan muchos instrumentos empleados en dicha fiesta. Son grandes tambores, címbalos y gongs. También hay arpas enormes que tienen por base cisnes y perros azules con melena de león.

Después del triple altar se llega por una avenida al verdadero templo del Cielo, especie de rotonda cuya cúpula se halla sostenida por columnas de laca roja. En sus muros circulares brilla una falsa primavera de flores de oro.