Seis religiones vienen existiendo en la China hace muchos siglos. Tres de ellas poseen á la mayoría de la nación: el taoísmo, el confucismo y el budismo. (El taoísmo es la religión basada en las doctrinas de Laotsé. Éste llamó Tao á la razón que gobierna el mundo, ó sea la suprema virtud.) Además, el islamismo, el cristianismo y el judaísmo tienen numerosos adeptos. Sus comunidades resultan sin embargo de poca importancia comparadas con la enorme cifra de la población china; los cristianos no pasan de dos millones; los judíos son menos, y los mahometanos, más numerosos, sólo llegan á veinte millones.

El confucismo es la religión de los letrados; el taoísmo y el budismo, religiones del pueblo, cuentan sus fieles por centenares de millones. Las tres se asocian fraternalmente, tomándose unas á otras doctrinas y ritos y absteniéndose de todo proselitismo. A pesar de su tolerancia miran con recelo á los misioneros cristianos, porque se han inmiscuído muchas veces en los asuntos políticos del país, protegiendo á terribles malhechores convertidos á sus creencias para escapar á la justicia. Tampoco aman á los chinos musulmanes, á causa de su insurrección en 1856, que duró nueve años.

Los emperadores, respetuosos siempre para las varias religiones de sus súbditos, sólo rendían culto al cielo y manifestaban además un agradecimiento místico á la tierra arada, sustentadora de la nación.

El templo de la Agricultura, vecino al del Cielo, tiene un parque menos extenso que el de éste, pero sus proporciones resultarían extraordinarias en muchas capitales de Europa. El mismo emperador, que ofrecía con sus manos un tributo á los dioses celestes en el solsticio de invierno, celebraba otra ceremonia religiosa al llegar la época en que son aradas las tierras. En presencia de sus cortesanos y con todo el aparato de un acto de gobierno, el Hijo del Cielo empuñaba la esteva de un arado amarillo al que iban uncidos dos bueyes con cuernos dorados y labraba un trozo de campo sin ayuda de nadie, sembrándolo después.

Este es el pueblo que dió á la humanidad la seda, el arroz, el naranjo y otros frutos preciosos. La corte imperial, al venerar religiosamente el cultivo de la tierra, adoraba la gloria de su propia nación.

La maestría y el entusiasmo aportados por los chinos á las labores agrícolas han acabado por hacer sufrir una molestia obsesionante á los extranjeros, dificultando su vida mientras permanecen en el país. Estos agricultores intensivos se preocuparon de los abonos hace miles de años, cuando nadie en nuestro mundo tenía la menor idea de lo que pudiera ser un fertilizante. Y de todas las materias que reconstituyen y tonifican las fuerzas germinativas del suelo, la más preferida por ellos es la de procedencia humana.

Ya dije algo de esta predilección con motivo de cierto encuentro en una calle de Kioto. Es verdad que el chino mezcla la citada materia con otras para dosificar sus energías fecundantes, pero no resulta menos cierto que todas las plantas de sus admirables huertas tienen al pie invariablemente algo que pasó por una letrina.

En los hoteles importantes de Pekín y otras ciudades, los directores, para tranquilidad de la clientela, fijan un anuncio en el vestíbulo afirmando rotundamente que todas las hortalizas preparadas en su cocina proceden de terrenos propiedad del establecimiento cultivados á estilo europeo.

Ríe el chino de los escrúpulos y ascos de la gente occidental. Establece comparaciones entre el estiércol podrido de cuadra que empleamos en nuestros campos y la materia preferida por él, no pudiendo comprender por qué razón los detritus de las personas deben ser más repugnantes que los proporcionados por los animales, y acaba compadeciéndonos, como si fuésemos unos niños incoherentes y caprichosos.

Como el abono humano es el más apreciado de todos, el acto de producirlo no representa algo vergonzoso é inmundo, como en nuestros países, desarrollándose públicamente con la mayor tranquilidad. Dentro de Pekín, la policía de la República vela por dar á la capital una disciplina europea, y no permite en las calles principales estos desahogos á lo chino, tan apreciados por la agricultura. Pero al pasar en ricsha ó automóvil por las vías apartadas ó por las afueras, siempre se encuentra algún chino en cuclillas, con un pedazo de diario en la mano, cuya lectura no le interesa, y que sonríe al transeunte sin cambiar de postura. Algunas veces no está solo, y á continuación de él se extiende una larga fila de compatriotas con el mismo encogimiento y no menor tranquilidad.