Cada vez que nos muestran un objeto precioso estúpidamente destrozado, los guardianes del museo se limitan á decir:
—Esto lo hicieron las tropas de las naciones civilizadas.
Y sonríen con una amabilidad irónica.
El pueblo chino ha cometido crueldades, como todos los pueblos de la tierra, pero muchas menos que las imaginadas por la ignorancia occidental. La culpa remota de este error la tienen los sacerdotes budistas, que tanto aquí como en el Japón han hecho circular durante varios siglos estampas horripilantes representando cuantos tormentos sufren en la otra vida los que mueren en pecado. Son casi iguales á las estampas del infierno y de sus suplicios que existen en los países católicos.
Muchos viajeros, al ver estas escenas del infierno budista, las creyeron una fiel representación de tormentos complicados y monstruosos que aplicaban antiguamente chinos y japoneses. Nada más falso. En China han existido la muerte á palos y la decapitación, como en casi todos los países de la tierra. Durante las revueltas populares y las guerras civiles abundaron refinadas ejecuciones y matanzas, aunque tal vez menos que en ciertos países de Europa y América. Sus piratas y sus bandidos de tierra firme no fueron peores que los de otras partes.
En cambio, la expedición civilizadora contra los boxers abundó en episodios inauditos. Un soldado procedente de uno de los países más cultos de Europa, al pasar con varios camaradas por una de las calles de Pekín, vió en la puerta de su tienda á un mercader extremadamente gordo, con esa obesidad monstruosa producto de una vida sedentaria, lenta y pacífica.
—Me interesa saber—dijo—lo que ese chino tiene en el vientre.
Y de un bayonetazo le rajó el abdomen, echando afuera sus tripas.
Estos chinos que parecen cansados y hasta apolillados, después de cincuenta siglos de civilización á su modo, hablan con ironía del estado que ocupan en el mundo moderno.
«Nosotros los salvajes», dicen con burlona modestia. Y añaden poco después: «Los blancos, que nos hacen el favor de querer civilizarnos...»