Hemos mencionado ligeramente algo de lo ocurrido durante la última entrada en Pekín de las tropas civilizadoras. En otra expedición militar emprendida en tiempos de Napoleón III por un ejército de ingleses y franceses, el robo de los palacios imperiales resultó inaudito. Casi todas las riquezas de arte chino existentes en Europa datan de aquella invasión de bandidos civilizados.
Además, la artillería de las citadas tropas se instaló en el primitivo Palacio de Verano, cerca de Pekín, y la explosión intencionada ó casual de su depósito de pólvora hizo desaparecer instantáneamente este monumento célebre del arte chino.
Otra intervención anterior de Inglaterra, en la primera mitad del siglo XIX, que la permitió adueñarse de Hong-Kong, aún fué más vergonzosa. Los gobernantes chinos, para librar á su pueblo del envilecimiento del opio, prohibieron el consumo de dicha droga. Los ingleses siguieron entrándola de contrabando, porque así convenía á su comercio, y como el virrey de Cantón embargase varios cargamentos, echándolos al agua, la piadosa y liberal Inglaterra envió sus batallones y sus navíos contra el gobierno del Hijo del Cielo para defender una vez más la civilización... y la venta del opio.
—Nosotros los salvajes—repiten sonriendo los chinos.
Saben que su enorme y viejo país, rutinario y fatigado como todos los pueblos extremadamente antiguos, dió al mundo la brújula, la imprenta, la pólvora, la porcelana y los principios fundamentales de la agricultura científica.
VII
EL PALACIO DE VERANO
La retratista de la emperatriz.—La mentalidad de una soberana china.—Los hermosos camellos de Pekín.—Las murallas de la capital y su antigua artillería.—Maravillas del Palacio de Verano.—El «lago-mar».—El famoso Navío de Mármol.—Un puerto de comercio improvisado, para que el Hijo del Cielo se disfrazase de vagabundo.—Robo de dos azulejos.—El feliz «triángulo» imperial.—El joven ex emperador y el presidente de la República.
Miss Catalina Carl es una pintora notable de los Estados Unidos y la única dama de raza blanca que vivió en los palacios imperiales de la China.
En 1905, estando en Shanghai, fué llamada á Pekín por la Legación norteamericana. La emperatriz regente, que vivía como ciertas reinas famosas de otras épocas, gobernando á su modo el vastísimo Imperio y haciendo frente á las ambiciones de las potencias occidentales, sentía repentinamente deseos de imitar la existencia de los remotos soberanos de Europa. Pero tales deseos no eran más que movimientos de curiosidad, retrogradando en seguida á sus antiguas costumbres. Esta emperatriz, que fué verdaderamente el último soberano chino—la República se proclamó tres años después de su muerte—, quiso que la retratase un artista blanco, y al saber que una pintora célebre viajaba por sus Estados, aprovechó la ocasión, prefiriendo servir de modelo á una mujer.
La citada artista ha escrito un libro interesante sobre su vida palaciega y además me relató nuevas anécdotas durante mi permanencia en Pekín. Era la emperatriz una manchur de carácter enérgico, que ejercía con verdadera vocación sus funciones de gobernante. Teniendo que dirigir los destinos de un territorio enorme como un continente, con una población de cuatrocientos á quinientos millones de seres, se equivocó muchas veces; pero un hombre de talento, obligado á desempeñar una autoridad tan variada y extensa, tal vez habría cometido los mismos errores.