En su tiempo ocurrió la revolución de los boxers. Mirada del lado europeo, esta revolución resulta un alzamiento horripilante por sus crueldades. Examinada desde el punto de vista chino, fué una protesta nacionalista, una explosión de odio contra los extranjeros, dominadores del país. Por esto la figura de la última soberana resulta confusa y contradictoria. Algunos la creen una emperatriz mesalinesca, con los defectos de Catalina de Rusia. Otros la admiran como una gran patriota. Miss Carl sólo guarda de ella excelentes recuerdos y se enternece al relatar sus bondades.

Esta reina, poseedora de más súbditos y territorios que ningún soberano de Europa, recibió á la artista californiana con una afabilidad burguesa, sin aparato alguno. Al saber que era huérfana, le dijo:

—Yo seré tu madre. No te preocupes de tu porvenir. Corre á mi cargo hacerte feliz.

Y la instaló en uno de sus palacios, con un mayordomo que capitaneaba á trescientos domésticos. En el Extremo Oriente la importancia de los personajes se mide por el número de criados, y nadie sabe hasta dónde puede llegar la cantidad de éstos, teniendo en cuenta las divisiones del servicio. Uno está encargado solamente de los platos, otro de las copas, cada lecho de la casa tiene un sirviente especial, etc.

Después que la pintora tomó posesión de su palacio y pasó revista á su batallón de servidores, aún tuvo que esperar varios meses para dar principio á su obra. Hacer un retrato de la emperatriz de la China era negocio de Estado, digno de largos estudios y lentas discusiones. Primeramente una comisión de astrólogos levantó el horóscopo de miss Carl para saber si su espíritu era compatible con el de la sagrada emperatriz, ó iba á causarle graves daños al ponerse en contacto con ella. Cuando al fin reconocieron los sabios que podía aproximarse á la soberana sin peligro alguno, los geomantes del palacio entraron en funciones para decidir qué edificio sería el más á propósito para el trabajo de la artista. Y después de encontrado el sitio, hubo que hacer nuevos estudios, fijando el día y la hora favorables para dar la primera pincelada.

Tan satisfecha quedó la emperatriz de miss Carl, que años después le pidió que hiciese un segundo retrato de ella. Estas dos obras adornan los salones más grandes del Palacio de Verano. La soberana aparece en ambos lienzos ocupando un trono, con el traje femenino de la dinastía manchur. Va cubierta de joyas lo mismo que un ídolo; tiene los pies pequeños naturalmente, sin la deformación tradicional de las antiguas chinas; su tocado se levanta y se abre sobre la frente como una canastilla de flores.

Mientras era pintada por su retratista, iba haciéndola preguntas, con una curiosidad de niña, sobre el modo de vivir las mujeres en los países de raza blanca.

La etiqueta china no le había permitido ver nunca las calles de Pekín. Gobernaba su vastísimo Imperio sin haber visitado ninguna de sus ciudades. Todo lo sabía de oídas, según se lo habían contado sus mandarines. Cuando atravesaba la capital una vez al año para ir al Templo del Cielo con el joven emperador, ó al trasladarse desde su residencia de invierno en Pekín al Palacio de Verano, no le era posible ver á su pueblo. Calles y caminos quedaban desiertos desde un día antes. Los chinos sabían que era delito, pagado con la cabeza, todo intento de conocer á sus soberanos. La emperatriz, seguida de su brillante séquito, pasaba como un fantasma por estas calles muertas, y para que su tránsito resultase aún más irreal, servidores palaciegos ocultos en tejados y árboles dejaban caer una lluvia de pétalos rojos y amarillos, colores emblemáticos de la dinastía, como un homenaje celeste.

Para esta dueña absoluta de quinientos millones de seres humanos, la mayor diversión era asomarse con disimulo á una ventana, en las horas matinales, viendo á los pobres servidores de sus cocinas que traían á cuestas sacos ó cestos de comestibles. Así podía conocer otras gentes que los personajes de su corte. Poco después, la tradición y el orgullo dinástico renacían en su interior, haciéndole incomprensible la vida ordinaria de las soberanas europeas.

Mostraba una simpatía instintiva y una admiración «de clase» por la reina Victoria de la Gran Bretaña. Se había enterado por sus ministros y por los diplomáticos de la existencia de esta emperatriz, semejante á ella, que gobernaba la otra vertiente del mundo.