En el fondo de su alma china se creía superior á su colega. Los sabios del país, herederos de cinco mil años de ciencia, le habían enseñado que el Imperio de Enmedio ocupa el vértice de la tierra, mientras la pobre Europa se mantiene agarrada, con grandes esfuerzos, á uno de sus lados. Pero de todos modos, Victoria resultaba la única mujer que podía compararse con su persona celeste en el mundo de los blancos. Propiedad de ella eran las islas flotantes que marchan por los mares arrojando humo; también le pertenecía una parte del Asia, la India, el país más poblado después de la China, y la Hija del Cielo no podía comprender cómo tan gran señora salía á pie por unas calles donde marcha todo el mundo y viajaba sin largo séquito, lo mismo que una tendera de Pekín.

—¿Tú crees que verdaderamente vive así?—preguntaba á su retratista—. ¿No me habrán engañado?

Miss Carl tiene la bondad de acompañarme á los lugares cerrados y maravillosos donde vivió algunos años cerca de la emperatriz regente: al Palacio de Verano, retiro favorito de ésta. Desde la caída del Imperio ha vuelto pocas veces á este paraíso regio. Le infunde una tristeza profunda ver con aspecto de próximas ruinas los palacios y los jardines que ningún blanco visitó antes de ella.

Vamos á pasar un día entero en el Palacio de Verano, y aun así nos faltará tiempo para conocer todos sus valles y montañas, abundantes en alcázares y pagodas; para viajar—ésta es la palabra exacta—por las cuatro orillas de mármol de su lago.

Esta artista experimentó tan hondamente la atracción de la vida china, que no ha querido marcharse de Pekín, á pesar de haber desaparecido casi todos los personajes del tiempo del Imperio, y habita en el nuevo barrio europeo que ha ido formándose junto al antiguo de las Legaciones.

Seguimos en automóvil la larga avenida de la Paz Perpetua y otras calles no menos anchas de la Ciudad Tártara. Vemos algunos mercados, rebullentes de muchedumbre á esta hora matinal. En las cercanías del llamado del Carbón abundan las caravanas de camellos. Todos los artistas que han pintado escenas de Pekín colocan invariablemente junto á sus murallas una fila de camellos, y este detalle, que parece rebuscado adorno, no es más que copia exacta de la realidad. Siempre tuve que detener mi automóvil en las puertas de Pekín para dejar paso á estas escuadras de navíos terrestres, que avanzan moviendo la cabeza como una proa y balanceando sus costados.

El camello de aquí no es el de África, pelado, calloso y de una delgadez que marca la osamenta bajo la piel, como si fuese á rasgarla con sus aristas. Las caravanas chinas están compuestas de camellos gallardos y majestuosos. Se mueven de un modo rítmico, sus ojos abultados tienen una expresión inteligente; además ostentan el regio adorno de sus lanas rojizas, semejantes á las melenas del león. Estas lanas les caen por ambos lados como una gualdrapa y se extienden piernas abajo en forma de pantalones.

Por el interior de la ciudad marchan en fila y atados, para que no entorpezcan la circulación. Cada uno lleva la cuerda de su bozal sujeta á la cola del compañero que le precede. En las cercanías de los mercados, al verse libres de sus cargas, doblan las patas y quedan inmóviles sobre las aceras, mientras los camelleros venden sus mercancías.

Sopla el viento mongólico de una mañana invernal. Los charcos de las avenidas están helados. En los rincones, adonde no llega el sol, hay montones de nieve. Los camellos, con sus cuatro patas ocultas, parecen sobre la acera montones de lana rojiza, de los que surgen sus cuellos de reptil antediluviano y lanzan por sus narices curvas dos chorros de vapor.

Atravesamos una de las puertas de Pekín. Todas ellas están rematadas por castillos de vetustas techumbres. Los colores de sus muros se hallan tan modificados por el tiempo, que es imposible darles una clasificación dentro de la gama conocida.