En lo alto de la Montaña del Oeste, un kiosco con miradores de porcelana y columnas de laca ha sido convertido en restorán para los visitantes. Al entrar en él vemos un grupo de soldados en torno á una mesa, comiendo cacahuetes y pepitas de calabaza á guisa de aperitivos.

Almorzamos en dicho kiosco, contemplando á nuestros pies toda la llanura blanca del «mar» congelado. Miss Carl nos explica las particularidades del paisaje. Vemos casi en el límite del horizonte varias colinas con pagodas en su cumbre. Sobre una de ellas se alza una torre formada por siete pequeños templos superpuestos.

Nos asombra el saber que estas alturas lejanas también pertenecen al Palacio de Verano y los límites del jardín imperial aún van más lejos. Cerrará la noche sin que hayamos visto más de una mitad de este mundo aparte, creado para los monarcas más invisibles de la tierra. Nadie como ellos supo buscar la paz y la dulzura de la vida. Fueron pastores de hombres, destinados por herencia á regir los rebaños más numerosos del mundo, y sin embargo vivieron alejados de sus semejantes, como si perteneciesen á otra humanidad, en un paraíso artificial moldeado egoístamente con arreglo á sus caprichos.

Algunos emperadores sentían de pronto la nostalgia de la vida vulgar, deseaban rozarse con el populacho, conocer las amargas luchas sostenidas por sus súbditos para ganarse el puñado de arroz. Aburridos de su excesiva majestad, ansiaban no ser Hijos del Cielo, querían vivir como simples hombres.

En tales momentos, los directores de sus placeres improvisaban un puerto á orillas de este lago, con numerosos «juncos» mercantes anclados en sus aguas y todo el caserío de una ciudad comercial. Los cortesanos se disfrazaban de mercaderes y marinos; las damas de la corte eran criadas de taberna ó desempeñaban peores papeles. El Hijo del Cielo, vestido como un vagabundo, hacía sus pequeños robos en el mercado de la ciudad fingida y circulaba por sus peores antros, sin que nadie se atreviese á reconocerlo. De pronto reñían cuchillo en mano falsos navegantes y tenderos, chillaban las hembras, acudía la guardia, y así iban reproduciéndose todas las escenas de los puertos chinos, corrompidos y pululantes como una gusanera. Este Carnaval divertía durante unas semanas al Hijo del Cielo y á las 80.000 ó 100.000 personas que vivían en torno de él.

Vemos de lejos las arboledas del Parque de Caza. Ahora están despobladas. En tiempos del Imperio volaban sobre sus frondas millares de palomos amaestrados, á los que habían puesto una flautita debajo de cada ala. Eran animales eólicos que al volar iban dejando una estela de dulces sonidos, y como las pequeñas flautas tenían diversos tonos, estos músicos alados poblaban el espacio con las caprichosas armonías de una orquesta vagorosa.

Encontramos nuevas escaleras cubiertas, cuyos techos guardan pintada una fauna infinita de dragones. Parece imposible que la imaginación haya podido concebir tantas variedades de un solo animal quimérico. La baranda de las múltiples escalinatas es maciza, hecha con azulejos verdes y amarillos.

Como el Palacio de Verano lleva varios años de abandono, estas barandas, faltas de reparación, han dejado caer sus ladrillos esmaltados en diversos lugares. Tomo dos, uno verde y otro amarillo oro, para ocultarlos debajo de mi gabán. Pienso que cuando vuelva á Europa me será grato ver sobre mi mesa estos dos fragmentos del Palacio de Verano. Me siento ladrón, como la mayor parte de los europeos que vinieron aquí para civilizar á los chinos. Además, ¿cuánto podrán durar aún estas construcciones frágiles y olvidadas?... ¿Existirá el Palacio de Verano á mediados del presente siglo?...

Al volver á la capital pasamos ante las ruinas del otro Palacio de Verano, el más antiguo, que destruyeron las tropas anglo-francesas con la voladura de su polvorín. Pero apenas me fijo en él, me preocupa algo más reciente. Sé que en Pekín existe un emperador, á pesar de que el país está constituído en República hace doce años. He preguntado repetidas veces por él, y nadie conoce con certeza el lugar donde vive oculto.

Los chinos, tan extraordinariamente tildados de crueles, resultan incomprensibles muchas veces por su dulzura y su tolerancia, virtudes que les permiten encontrar una solución agradable á los conflictos más enrevesados.