Cuando en Europa se destrona á un monarca, se le hace salir del país inmediatamente. En algunas ocasiones, para liquidar de veras el pasado, hasta se le corta la cabeza.
En China, los republicanos, después de su triunfo, dejaron en paz al joven emperador para que continuase viviendo lo mismo que antes. Y como en realidad el monarca no había salido nunca de la Ciudad Prohibida, ni gobernado otra cosa que su vivienda—los ministros lo hacían todo en su nombre—, debe pensar á estas horas que la República no se diferencia mucho del antiguo régimen.
Algunos que parecen bien enterados me aseguran que continúa instalado dentro de la Ciudad Prohibida, en lo más céntrico de la Ciudad Violeta. Es tan enorme y con entrañas tan complicadas la antigua Ciudad Imperial—una legua de circuito—, que el monarca destronado puede seguir ocupando varios palacios y un jardín, sin que su antiguo pueblo sepa dónde está. En verdad, cuando era emperador su vida no abarcaba mayor espacio sobre la tierra.
Parece que este jovenzuelo es más feliz que antes, porque no recibe visitas y nadie le molesta con inútiles consultas. Le casaron de niño con una de su edad, y los dos siguen jugando, ya mayores, en kioscos y jardines. Él está enamorado de una amiga de su mujer, perteneciente á una gran familia de mandarines adictos al Imperio. Los chinos sólo tienen una esposa legítima, pero la costumbre les permite un número ilimitado de amigas dentro de la casa. Y el feliz «triángulo» imperial vive paradisíacamente en el centro de Pekín, sin que nadie se acuerde de su existencia.
De tarde en tarde el ex emperador recibe la visita del presidente de la República, que también habita un palacio dentro de la antigua Ciudad Prohibida. Unas veces es un mandarín letrado, otras un «doctor en armas», ó sea un general, pues la República china sufre los cambios bruscos de los seres en crecimiento, las aventuras violentas de toda juventud.
El último Hijo del Cielo no sabe en realidad lo que es un presidente de República. Debe creerlo un ministro universal, un favorito como los que gobernaban en otro tiempo la China despóticamente, mientras sus abuelos imperiales permanecían invisibles en la paz majestuosa del Palacio de Verano.
Bien puede ser que algunas veces se le ocurra la conveniencia de aplicarle al Presidente unas cuantas docenas de bastonazos con un bambú duro, para que atienda con más generosidad á sus gastos. Pero no ve en torno de él á los eunucos de la antigua corte encargados de dicha función.
Sólo encuentra en sus jardines militares azules, de uniforme repleto durante el invierno, que le miran frente á frente con una audacia de campesinos sublevados, no pudiendo comprender por qué razón á un hombre que marcha lo mismo que ellos sobre la tierra lo llamaron sus pobres antepasados, durante cincuenta siglos, el Hijo del Cielo.
VIII
LA GRAN MURALLA
Un muro de 600 leguas edificado en ocho años.—El chino sabe demasiado para ser militar.—Las industrias fúnebres.—Entierros ruinosos.—Las tumbas de los emperadores de la dinastía «Luminosa».—En las puertas de la Tartaria.—Los vagabundos de la Gran Muralla.—La caravana de Kalgán.—El frío viento de la Mongolia.—Los dos ciegos musulmanes.