Se detiene el tren en la estación de Chinglungchiao, nombre que no es fácil para dicho ni para escrito. Desde la estación se ve sobre las cumbres inmediatas una torre cuadrada y varios lienzos de muro que se alejan. Es la Gran Muralla, que llega hasta aquí en uno de sus ángulos entrantes y retrocede con brusquedad, perdiéndose entre picachos de rocas.
Empezamos á ascender por la pendiente de un barranco. La marcha se prolonga más de una hora. Algunas veces el suelo deja de ser pedregoso y pasamos entre pequeños rectángulos de tierra cultivada por unos labriegos puramente tártaros. Los chinos que vienen con nosotros, intérpretes y guías, con sus sotanas negras y sus birretes de seda rematados por un botón rojo, resultan extranjeros en este país.
El tártaro lleva gorro de pieles y barbas lacias. Todos tienen los pómulos muy anchos y unos ojitos menos oblicuos que los chinos, pero más duros. Nos rodea una tropa de ellos, con trajes andrajosos, cuya tela acolchada de algodón deja escapar éste por las roturas. Los calzones son tan rígidos por su forro interior y por la suciedad externa, que parecen tallados en madera como dos troncos huecos de árbol.
Muchos de estos hombres, formando grupos de cuatro, sostienen ramas peladas de árbol de las que penden unos sillones viejos de junco, y cuando se cansa un viajero le invitan á que se siente en el rústico palanquín. Así lo llevan cuesta arriba con esfuerzos escandalosamente exagerados para exigir luego mayor recompensa. Cada cien pasos se detienen, y el primero de los cuatro portadores lanza un grito. Apoyan entonces la barra en unas horquillas y cambian ésta de hombro, continuando su ascensión.
Otros tártaros son comerciantes de la Gran Muralla y acosan á los viajeros ofreciéndoles «curiosidades» del país, especialmente cencerritos y eslabones fabricados por los herreros indígenas. Lo que más venden son piezas de la antigua moneda mongola. Esta moneda, la más original que puede encontrarse en el mundo, consiste en pequeños sables de bronce, yataganes de la longitud de un dedo, que tienen grabadas en su hoja la leyenda de la pieza y el año en letras chinas.
Llegamos finalmente á una de las puertas del interminable recinto fortificado, la de la ruta que va á Kalgán, ciudad importante del desierto. Lo mismo que los antiguos soldados del Hijo del Cielo, empezamos á subir por unas escaleras fortificadas, hasta lo alto de la Gran Muralla. Una vez sobre ella marchamos entre dos filas de almenas por un camino enlosado de granito, en el que pueden avanzar cómodamente diez hombres de frente.
Sólo logramos ver la parte más insignificante de esta obra que ocupa una extensión igual á la longitud de dos ó tres naciones medianas de Europa. Y sin embargo, este reducido sector nos parece algo extraordinario que hace presentir la enormidad de todo lo que permanece oculto más allá de nuestro poder visual.
La muralla sube por ambos lados siguiendo las pendientes, escala las cumbres, desaparece, la vemos surgir á muchos kilómetros de distancia sobre nuevas alturas, se oculta en los valles, y así va hundiéndose y emergiendo en los sucesivos términos del horizonte, hasta no ser mas que un hilillo rojo casi esfumado entre remotas montañas azules. A distancias regulares se levantan torreones cuadrados, todos parecidos. Los arqueros, desde lo alto de sus plataformas, podían cruzar sus disparos de modo que no quedase un fragmento del muro sin ser defendido por sus flechas.
Caminamos mucho tiempo sobre el lomo de esta obra que parece infinita. El tiempo apenas ha causado mella en su masa de piedras y ladrillos. La soledad del lugar la conservó, como la campana neumática preserva los objetos confiados á su vacío.
Al otro lado se extiende la árida tierra mongola, que es como una antesala del desierto de Gobi, y diversos países de misterio, poblados por demonios guardadores de tesoros, por tribus nómadas de bandidos, y en cuyos remotos valles hay ciudades santas que gobiernan dioses vivientes. Allá está Ourga, donde se deja adorar el Buda hecho carne, divinidad que muere envenenada muchas veces, si los santos Lamas del Tibet, establecidos en Lassa, consideran que ha vivido demasiado y ansían darle un sucesor más sumiso, para lo cual les basta con enviarle un nuevo médico. Allá los lagos de nafta que arden incesantemente poblando la noche de resplandores infernales; allá las tribus guerreras que pertenecen de nombre al inmenso Imperio chino, pero hace años viven con independencia, aliadas á los Soviets de Siberia, y ensoberbecidas por el armamento que les regala el gobierno rojo de Moscou.