Vamos encontrando monótono el espectáculo al poco rato de marchar por estos caminos almenados que se empinan siguiendo las pendientes y en cuyas piedras pulidas por los siglos resbalamos con demasiada frecuencia. Luego el interés renace al pensar que esta obra de color rojizo, que sólo parece tener un siglo de existencia, fué construida hace 2.300 años. Siempre que vemos el interior de un torreón recordamos que la Gran Muralla tiene 20.000 de ellos, todos iguales.
En la puerta atravesada por el camino de Kalgán se notan más las roeduras del tiempo. Un castillo fué adosado á ella, y esta fortificación suplementaria es ahora un montón de ruinas. El arco de la puerta se mantiene intacto. Detrás de él se halla obstruido el camino por masas de mampostería derrumbada, semejantes á los pedruscos que forman islotes en el lecho de los barrancos.
Vemos cómo se aproxima cortando el desierto una caravana de mulas y camellos procedente de la Mongolia. La fila de bestias, con sus arrieros tártaros, atraviesa la puerta-túnel de la muralla. Luego saltan aquéllas, con una agilidad de cabras, sobre las ruinas que obstruyen el paso, y vuelven á formarse más allá en el camino libre que desciende á las llanuras cultivadas de la China.
Unos gendarmes con guedejas de pelo de mono, gorra azul y blanca y revólver al costado, se han unido á nosotros en las inmediaciones de la muralla. Su compañía es oportuna. Todos estos grupos de comerciantes de monedas-yataganes, de portadores de palanquines rústicos, de vagabundos con andrajos duros como la madera, ojitos feroces y barbas de chivo, si se limitan á pedirnos dinero valiéndose de gesticulaciones humildes ó exagerando desvergonzadamente el menor servicio que prestan, es porque ven á nuestro lado á estos gendarmes algo grotescos con sus melenas lacias, que han sustituido á la antigua trenza, y sus orejeras peludas. De no estar ellos presentes, exteriorizarían sin duda sus deseos con menos humildad.
Desciende el sol, y un viento helado y cortante, el terrible viento de la Mongolia, empieza á cantar en torreones y almenas. Los mismos habitantes del país acogen con una sonrisa crispada estos chillidos atmosféricos. Unos introducen sus manos en los guantes-manoplas que les cuelgan del pescuezo. Otros más pobres se las meten bajo los sobacos y empiezan á bailar para defenderse por adelantado del frío.
Es tan brusco este soplo, huracanado y glacial, que nos hace correr muralla abajo, con gran arremolinamiento de faldas y gabanes, levantando todos las manos para asegurar los sombreros.
Al pie de la escalera fortificada, junto al arco de la puerta, en una especie de hornacina, vemos arrodillados á dos mendigos, viejos tártaros de luenga barba blanca. Uno de ellos tiene un vago parecido con Anatolio France.
Los dos están ciegos, con esa ceguera extremada y monstruosa de los países orientales, que no se contenta con borrar la vista y destruye además ferozmente los globos de los ojos. Tienen sus cuencas rojas y completamente huecas. Las moscas invernales se sobreviven y alimentan revoloteando en torno á estos cuatro orificios de herida, siempre frescos y sangrientos.
Murmuran oraciones con voz monótona, balanceando sus diestras tendidas. Canturrean como si cumpliesen un rito, indiferentes á que el viajero se detenga ó siga adelante.
Se adivina que estos chinos son musulmanes. El nombre de Alá, confusamente pronunciado, pasa á través de la sorda melopea de sus invocaciones. Tienen además la gravedad fatalista de los mendigos del Islam.