Así marchaba, completamente sola, á través de unas tierras desiertas. De todo lo que he visto en China, su encuentro resulta tal vez lo más novelesco. Nuestros guías é intérpretes parecieron no menos extrañados por su presencia. No diré que fuese hermosa. Nosotros no podemos apreciar el atractivo de una cara de pómulos anchos y nariz algo aplastada, por más que los ojos tengan una expresión graciosamente diabólica. Pero era una hembra de estatura arrogante y esbelto vigor; una criatura sana, de miembros gimnásticos, é iba sola por campos despoblados, en un país donde las mujeres únicamente salen de casa acompañadas por domésticos ó buscándose entre ellas para formar grupo.
Tal vez era una labradora rica y viuda que iba varonilmente hacia una de sus propiedades. Me acordé de muchas novelas chinas escritas hace miles de años que tienen por tema hazañas de piratas y bandidos. Siempre en estas bandas de aventureros hay una mujer extraordinaria, una walkyria de ojos oblicuos y cuerpo arrogante, capitana que se hace obedecer puñal en mano por los más terribles desalmados.
Trotó unos instantes junto á nosotros, como si no nos viese. Al examinar su perfil achatado de Diana amarilla, sorprendí el rabillo de uno de sus ojos mirándonos disimuladamente con fría curiosidad. Luego, cansada de ver á los «demonios blancos», taconeó su mula, desapareciendo entre las primeras arboledas de las tumbas de los Ming.
Tan extraordinario me pareció este encuentro en los linderos del inmenso bosque fúnebre, que llegué á imaginar la absurda hipótesis de que una de las antiguas emperatrices hubiese abandonado su sepulcro por unas horas para correr la China del presente, constituida en República... Y no la vimos más. Ahora pasan mujeres á caballo cerca del tren, pero son labriegas de aspecto zafio. Avanzan con el trotecito de sus asnos en pos del marido, ó van acompañadas por jornaleros que las escoltan á pie.
Durante la noche pasamos el sector más peligroso de nuestro viaje, país de montañas donde las partidas de rebeldes pueden enriscarse con facilidad después de un atentado contra el tren. Vemos correr sobre el paisaje inquietos resplandores de incendio. Son las mangas luminosas de los reflectores que exploran nuestro camino, haciendo surgir los rieles de la nocturna lobreguez, como dos barras de plata. En todas las estaciones hay grupos de oficiales que suben al tren arrastrando sus sables para dar noticias y tomar órdenes.
Algunas damas empiezan á mostrar cierto desaliento al ver que transcurren las horas nocturnas sin que nos ataquen los bandidos. Como viajan para adquirir «experiencia en la vida», sienten no conocer las emociones de un secuestro armado. Vamos á pasar á través de una China en pleno desorden sin ningún incidente digno de ser contado, como el que viaja en un tren de lujo entre Nueva York y Boston.
Después de media noche los viajeros se encierran en sus camarotes para dormir y únicamente quedan despiertos los centinelas situados en las plataformas y sus relevos, que fuman y conversan á gritos en los pasillos. Mientras espero la llegada del sueño tendido en mi litera, reflexiono sobre la situación actual de la China para concretar mis opiniones.
Indudablemente la joven República vive en un estado anárquico. El gobierno de Pekín apenas si se ve obedecido en una menguada parte del territorio nacional, y sería menospreciado generalmente de faltarle el apoyo que le conceden los Estados Unidos é Inglaterra. Existen dos Repúblicas: la del Norte, que es donde estamos, y la del Sur, ó sea la de Cantón, dirigida por el doctor Sun Yat Sen.
Se nota además en la China revolucionaria una innovación fatal, una verdadera regresión política que por suerte no resultará permanente, pues es á modo de una enfermedad que sufren todas las Repúblicas jóvenes. Al desaparecer el Imperio, los militares chinos han alcanzado una importancia que nunca tuvieron. Ya dije cómo durante miles de años el mandarín letrado fué más importante que el «doctor en armas», monopolizando como función propia el gobierno del país. Ahora China, bajo el régimen republicano, es una especie de Méjico. El Presidente (sea quien sea) aparece siempre en los retratos con numerosos entorchados y un kepis, del que cuelga un manojo de plumas con el desmayo del sauce llorón. Este general-presidente es en realidad un personaje decorativo, pues se sostiene en Pekín gracias á la protección de otros generales que dominan las provincias con la cruel rapacidad de los procónsules, y á los que llaman tou-kiuns.
Pero la anarquía actual no pondrá en peligro de muerte á esta vastísima nación. China ha pasado en su historia de cincuenta siglos por períodos más tremendos, en los que estuvo próxima á perecer despedazada—guerras civiles que duraron cien años, hambres exterminadoras, etcétera—, y sin embargo su prodigioso vigor interno la hizo surgir de tales conflictos con una salud renovada, continuando su existencia.