Las cosas no son simples y uniformes como se las imaginan los espíritus dados á la generalización. En nuestra vida todo resulta complejo, y las más de las veces contradictorio é inexplicable para nuestros sentidos. La China no es un pueblo uniforme; existen dos Chinas: una la tradicional, que todos conocen, la China milenaria de los biombos, con ceremonias enrevesadas hasta la puerilidad y supersticiones distintas á las nuestras. La otra es el inmenso pueblo chino, agrupación humana la más dispuesta al trabajo, que soporta alegremente la fatiga y siente en todo momento el ansia de saber.

El deseo del chino es ganarse la subsistencia, aunque sea trabajando catorce ó diez y seis horas al día, y apenas queda libre aprovechar su descanso para aprender. Ningún comerciante del mundo puede compararse con él por su inteligencia despierta, ávida de novedades y ágil para salvar obstáculos. Ningún obrero supera al de aquí en habilidad manual y tenacidad sonriente para el trabajo. Como en esta tierra pudieron los pobres, durante 5.000 años, subir á los más altos puestos del Estado gracias al estudio, las biografías de sus letrados más célebres contienen ejemplos de una tenacidad heroica para adquirir la instrucción. Algunos, después de trabajar en su juventud manualmente el día entero, estudiaban de noche al resplandor de la luna. Otros abrían un orificio en la pared del vecino para aprovechar su luz, y bajo este reflejo débil aprendían sus complicadas lecciones.

Esta ansia de saber y la facilidad para asimilarse lo que otros estudiaron, han producido la actual República. Los jóvenes chinos educados en la América del Norte y en Europa acabaron por vencer con sus predicaciones el más viejo, el más absoluto y carcomido de los Imperios, intentando organizar sobre sus ruinas lo que ellos llaman «la gran democracia amarilla».

Existe un abismo entre las ilusiones generosas de estos apóstoles inexpertos y el ambiente que los rodea, todo corrupción, rutina y vejez. Los generales fabricados por la República roban lo mismo que los antiguos virreyes nombrados por el emperador. El gran vicio de la China consistió siempre en que los funcionarios consideran los dineros públicos como algo propio, quedándose la mayor parte de ellos y enviando sólo un pequeño tributo al ser lejano é invisible que gobierna en Pekín.

La inmoralidad administrativa y la falta de solidaridad entre los hombres son las dos enfermedades mayores de la nueva República. En realidad, los chinos se ignoran entre ellos. Es tan vasto el antiguo Imperio, que cada uno conoce su provincia nada más, y aun dentro de ella sólo se siente ligado al pueblo en que nació.

Anatolio France ha dicho que «la China empezará á existir cuando los chinos se enteren de que existe una China».

Se esfuerza la República por hacérselo saber, pero son pocos aún los que se han enterado en este país de centenares de millones de seres. Antes tenían noticia de la existencia de un emperador en Pekín. Ahora no saben nada, y en algunas regiones tal vez creen que la llamada República es una emperatriz semejante á la que gobernó hasta pocos años antes de la revolución.

Mas iguales situaciones, confusas y anárquicas, se han visto en países europeos, y aún pueden verse en algunos de América, sin que por ello ose nadie profetizar su muerte. La China saldrá de esta crisis. Es un país antiquísimo y al mismo tiempo eternamente joven, pues tiene el poder de renovarse gracias á la vitalidad de sus muchedumbres. Hasta los mayores detractores del chino reconocen su sobriedad, su valor para sobrellevar las privaciones de la pobreza, su entusiasmo en el trabajo. Ningún pueblo de la tierra está mejor dotado para amoldarse á los climas más extremos, soportando lo mismo los fríos de Siberia que los ardores del Trópico. El gran geógrafo Reclús veía en los chinos y en los españoles los dos únicos pueblos aptos naturalmente para la colonización, á causa de la variedad geográfica de sus respectivos países, que les permite adaptarse á las diversas temperaturas del globo.

El chino, primer comerciante de la tierra, se extiende por todos los continentes, instalándose en ellos como si estuviese en su casa. No hay trabajo que le intimide. Se entrega á su labor como si ésta fuese para él una finalidad desinteresada y no un medio de vivir. Produce sonriendo, cual si experimentase un placer. Yo he sentido asombro muchas veces viendo la alegre facilidad de su producción. Más adelante contaré lo que me ocurrió con un sastre chino de Singapore.

Los republicanos de Pekín muestran una justa cólera ante las críticas de algunos viajeros que se imaginan haber estudiado su país.