—Que nos den tiempo—dicen—para realizar nuestras reformas. El Japón no hizo más que copiar la fuerza guerrera é industrial de Europa, y para ello necesitó cincuenta años... Y á nosotros nos exigen que en doce ó catorce hayamos dado la perfección de una República como los Estados Unidos de América á este país que por ser el más viejo de la tierra está saturado cual ninguno de prejuicios y rutinas.
Las potencias de Europa han puesto sus ojos en la China para apropiársela. Pero cada una de ellas desea la mejor parte, sus rivalidades neutralizan toda agresión, y mientras tanto la nueva República va viviendo. Lo importante para ella es que tan peligroso equilibrio se prolongue muchos años, lo que la permitirá realizar lentamente su evolución, que no puede ser obra instantánea.
Observan los Estados Unidos con la China una política en la que van mezclados el egoísmo comercial y cierto romanticismo democrático. Su industria ve un inmenso mercado de exportación en este país de quinientos millones de seres. Su gobierno procura atraérselo por medio de la gratitud, y para ello le proteje abiertamente de las ambiciones conquistadoras del Japón. Los políticos de Wáshington creen de buena fe en la posibilidad de una gran República amarilla. Están convencidos de que si los demás países dejan á la China desarrollarse por sí misma, en completa paz, soportará las enfermedades propias de una democracia joven, y antes de medio siglo podrá ser una verdadera República, sólidamente cimentada y ordenada, algo que tendría derecho á titularse los Estados Unidos de Asia.
Muchos consideran esto un ensueño generoso é inconsistente, una ilusión que se verán obligados á abandonar los gobernantes de los Estados Unidos y bien pudiera ser causa de la temida guerra del Pacífico. Pero nadie posee los secretos del porvenir, y muchas veces la realidad se complace en buscar lo que todos creen ilusión, con preferencia á las deducciones frías del raciocinio.
—¿Por qué no podemos hacer nosotros—dicen los republicanos chinos—lo mismo que hicieron las democracias de Europa y América?... Nuestro pueblo llevaba inventados muchos de los actuales progresos de la civilización blanca cuando los europeos vivían aún en hordas ó alojados en cavernas.
Yo siento por el pueblo chino el respeto que merece un glorioso antepasado. Recuerdo la emoción de Goethe, á los ochenta años de edad, leyendo en su retiro de Weimar una novela china de fábula sana, con descripciones tan frescas y vivientes como las de una obra moderna.
—¡Y pensar—decía asombrado el poeta—que esta novela fué escrita hace 3.000 años, cuando muchos de los hombres de Europa acampaban aún en los bosques!
Digamos como resumen que la China actual es un organismo enorme y fuerte, pero falto de sistema nervioso, lo que le obliga á permanecer caído. El Japón sueña con llegar á ser su cerebro director. Quinientos millones de chinos, sobrios, inteligentes, incansables, organizados por los japoneses... ¡qué amenaza para el resto de la tierra!
Los Estados Unidos, para evitar el tan famoso «peligro amarillo» y al mismo tiempo por el romanticismo democrático mencionado antes, procuran que las demás potencias dejen en paz á la República china y ésta se vaya reformando lentamente por sí sola, hasta crearse, sin ingerencias extranjeras, el alma moderna que aún no posee.
Al despertar en la mañana siguiente vemos desde el tren una China nueva. Nos aproximamos á la parte tropical del país. Empezamos á sentir calor y nos desprendemos de nuestros trajes á la moda de Pekín.