En el Barrio de las Legaciones todos llevan durante el invierno ricos abrigos de pieles y un costoso gorro de marta á estilo siberiano. Me desprendo de mi pelliza y de un gorro de esta clase, que tal vez no usaré más. Ha terminado el frío. En adelante nuestro viaje será por tierras cálidas, á un lado y á otro de la línea ecuatorial.
Nos aproximamos al río Yang-Tsé, el famoso río Azul. Todo el terreno que estamos cruzando desde Pekín á Shanghai lo componen la cuenca de dos cursos fluviales dignos por su enormidad de la fama que gozan: el Hoang-Ho (río Amarillo) y el Yang-Tsé (río Azul). En realidad estas dos cuencas son la verdadera China, y hasta los tiempos de la antigua República romana el pueblo chino se desarrolló entre ellas sin ir más allá. Después, el Imperio de los Hijos del Cielo fué realizando conquistas ó sufriendo invasiones de bárbaros que le aportaron sus propios territorios, y hoy comprende, además de la antigua China, la Mongolia, la Manchuria, el Turquestán y el Tibet.
Hemos atravesado durante la noche la cuenca del caudaloso río Amarillo, que cambia con frecuencia de curso, inundando provincias enteras, convirtiendo otras en terrenos pantanosos, condenando al suplicio del hambre millones de seres, y haciendo emigrar á ciudades en masa. Ahora estamos en la vertiente septentrional del río Azul.
Vemos desde el balconaje del coche-salón lagunas cultivadas, arrozales que se pierden de vista, con bandas de patos blancos y rojizos. Ésta es la China productora de arroz. A trechos encontramos un ancho río artificial, cuyas riberas están tiradas á cordel, y enormes plazas acuáticas que sirven de puertos. Centenares de juncos, tocándose por sus bordas, alzan en el aire un bosque de mástiles.
El Imperio realizó hace muchos siglos una obra tan enorme como la Gran Muralla, aunque menos famosa que ésta. Es el Gran Canal, que atraviesa la mayor parte de la China, yendo desde los puertos del Sur hasta Pekín. Para abrirlo se necesitaron largos años de trabajo y varios millones de hombres.
Está ahora el Gran Canal roto en algunos puntos de su enorme trayecto, pero todavía puede navegarse miles de kilómetros dentro de él y la numerosa marina mercante del país lo utiliza para sus viajes interiores. Varios lagos alimentan con sus reservas este curso de agua artificial, el más grande que se conoce. Los Hijos del Cielo lo abrieron para que llegasen por él todos los tributos en arroz pagados por las provincias del Sur, envíos de insustituíble necesidad para el mantenimiento de Pekín y las muchedumbres del Norte.
Los arrozales del Japón, pequeños y tan escrupulosamente limpios como los estanques de un paseo, no son comparables con estas llanuras acuáticas que atravesamos durante horas y horas, camino de Nankín, antigua capital de la China á orillas del río Azul.
Indudablemente el mundo está dividido en dos civilizaciones, la del trigo y la del arroz; mas el europeo se equivoca al imaginarse el arroz como un alimento asiático, abundantísimo. Representa la más seductora de las nutriciones para los hombres amarillos, pero la mayoría de ellos sólo lo comen de tarde en tarde, y si llegan á hacer de él su alimento diario, lo absorben en muy reducidas cantidades.
La ambrosía divina del Olimpo indostánico es el arroz con cury. Los dioses en sus banquetes no conocen nada mejor. Los magnates de todos los pueblos amarillos se nutren igualmente con este don del cielo. Los demás mortales, cuyo número asciende á centenares de millones, lo toman con palillos para que dure mayor tiempo el placer de comerlo, y prolongan voluptuosamente la absorción del montoncito colocado sobre un plato no más grande que una copa. El populacho indostánico considera un banquete tener en la palma de la mano izquierda un puñadito de arroz é ir llevándoselo á la boca con dos dedos de la diestra, grano á grano.
Los pueblos de la vieja Asia viven desde los más remotos siglos de su historia indisolublemente casados con el Hambre.