En algunos de los palacios de Pekín hay «senderos imperiales» hasta de 18 metros y de una sola pieza. La piedra ostenta cincelado el emblema del Imperio de Enmedio: dos dragones en posición invertida, teniendo cada uno de ellos la cabeza junto á la cola del otro. Las escamas de esta pareja de bestias heráldicas forman profundas rugosidades en el mármol; así el divino monarca podía afirmar sus pies, calzados simplemente con ligeras sandalias de pergamino.
Volvemos á Mukden para ver los barrios viejos, que aún conservan sus murallas y sus puertas-castillos, con techumbres cornudas. Visitamos igualmente el palacio que construyeron los emperadores manchures, y hoy se halla convertido en museo. Pero aunque todo esto nos sorprende y nos interesa, por ser una primera visión de la vida china, se empalidece algunos días después cuando llegamos á Pekín, menospreciando su recuerdo como el de una copia borrosa comparada con la obra original.
Al recorrer las calles de Mukden nos fijamos en la enorme cantidad de anuncios industriales colocados en paredes y vallas por los almacenes de los Estados Unidos y de Europa establecidos aquí. Ostentan figuras de colores, vestidas á la moda occidental, pero los rostros de dichos monigotes, pretenciosamente elegantes, aunque guardan los rasgos principales de la raza blanca, tienen los ojos oblicuos, poco abiertos, y una sonrisa achinada, para que el público amarillo les reconozca una belleza verdadera.
Antes del mediodía salimos para Pekín. Atravesamos campos grises, cuyo suelo ligeramente rizado recuerda la arena fina de las playas con las huellas caprichosas del viento. De estos arenales obscuros surgen islotes de arboleda ennegrecida.
Vemos marchar, paralelas al tren, largas caravanas de carretas. Estos vehículos, de techo redondo, van tirados por caballitos manchures, fieros, peludos, de inagotable vigor. Su pequeñez contrasta con el tamaño del carruaje, dando á la caravana cierto aspecto cómico de juguete.
Los hombres, seguidos por numerosos perros, marchan al lado de sus caballos. Todos llevan gorro de pieles; pero como el día es de sol, han soltado las orejeras que defienden su rostro por ambos lados, y los dos apéndices, erguidos sobre la cabeza, acompañan su marcha con un balanceo grotesco. Las huellas de sus pies se destacan en blanco sobre el camino gris. Lo que creíamos arena es simplemente nieve sucia.
Al quedar inmóvil nuestro coche en una estación, más allá del término del andén, se va agolpando una muchedumbre contra el alambrado de púas que defiende la vía. Por primera vez nos vemos enfrente del populacho de este país de inmensa procreación, donde la gente surge de todas partes con una abundancia rumorosa de colmena y la existencia humana parece valer menos que en otras tierras.
El pueblo bajo va en China invariablemente vestido de lienzo azul; pero á causa de ser muy crudos los inviernos en las provincias septentrionales, se procuran todos el abrigo necesario forrando interiormente pantalones y blusas con una capa de algodón en rama. Los soldados también van con ropas acolchadas, lo que les da un aspecto hinchado y cuadrangular. Como los trajes del populacho son andrajosos, se escapa por todas las roturas su relleno algodonado, y los mendigos, los jornaleros del campo, toda la chiquillería sucia y pedigüeña amontonada en las vallas de las estaciones, tienen aspecto de insectos aplastados, que sueltan por las grietas de su cascarón azul las reventaduras de unas entrañas mantecosas.
Vemos debajo de nuestras ventanillas, clavándose las púas del alambrado sin que parezcan sentirlo, más de cien muchachuelos de cara amarillenta salpicada de costras de suciedad. Parece dudoso que se hayan lavado alguna vez. Los más conservan la coleta que la República china ha suprimido en Pekín y otras poblaciones importantes. Revueltas con ellos hay varias muchachas, vestidas igualmente con pantalones y blusa azules, que dejan asomar sus rellenos blancos. Se las conoce por su cara, más ancha de pómulos y menos sucia que la de los varones; por su peinado, que consiste simplemente en una cortinilla de pelos recortados caída sobre la frente y una trenza anudada sobre el cogote.
Se empujan todos levantando los brazos, con las manos muy abiertas. Chillan, rugen, algunos lloran. Los más pequeños caen al suelo zarandeados y pateados por sus camaradas, pero se levantan inmediatamente para unirse al pedigüeño concierto. Otras veces fingen dolores ó los exageran, para atraer la piedad.