Los empleados del tren recomiendan que no se dé dinero á las muchedumbres mendicantes de las estaciones. La República quiere suprimir esta vil costumbre de otros tiempos. Pero ¡cómo resistirse á unas vociferaciones de súplica que duran ya varios minutos! La infancia inspira siempre interés, y éste aumenta cuando los niños tienen el atractivo del exotismo. Toda esta avalancha de muchachos con faz arrugada y ojos de viejo, de niñas con peinado de mujer, carillenas y que imitan los gestos de las comadres, nos impulsa á la desobediencia, y empezamos á arrojar puñados de monedas por las ventanillas.
¡Nunca lo hubiéramos hecho!... Al ver el dinero, los grandes se unen á los pequeños. Grupos de mocetones que contemplaban impasibles el paso del tren se arrojan en medio de la chiquillería, disputando á puñetazos y bofetadas la conquista de las monedas.
En el extremo del andén hay un féretro chino, con forro de estera, que indudablemente contiene un cadáver. Siempre se encuentra algún muerto en las estaciones chinas. Todo hombre amarillo, al sentirse morir fuera de su casa, si tiene dinero ó parientes, pide que lo trasladen á su país natal. Si muere en el otro extremo del planeta, procura dejar antes lo necesario para que lo entierren en China. Aquí los muertos viajan tanto como los vivos. Unas mujeres que están junto á dicho féretro corren también para cazar en el aire algunas de las monedas, con agresivo manoteo.
Un personaje inesperado surge en mitad de esta ola de rostros amarillos y manos ganchudas que se retira del alambrado con el reflujo de sus empujones y avanza otra vez para chocar contra sus púas. Es un soldado vestido de azul, con polainas blancas y gorra á estilo japonés. Sostiene su fusil con una mano y lleva en la otra un látigo de cuero.
Desde el primer momento se da á conocer como un hombre extraordinario, verdaderamente extraordinario por su fealdad y por su energía dinámica. Tiene el rostro amarillo de cera, con numerosas arrugas á pesar de su juventud. Debajo de la gorra le cuelgan hasta los hombros unas melenas lacias, semejantes á los pelos de mono con que adornan algunas señoras sus abrigos. En cuanto á pegar, no he visto en mi vida manos más ágiles é incansables. No es un hombre: es toda una compañía que se lanza á través de la masa adversaria, partiéndola, sembrando el espanto y la dispersión, abriendo un desierto medroso en torno á su personalidad soberbia y triunfante.
Pega con las manos y casi al mismo tiempo con los pies, como si se mantuviese en el aire por obra de nuevas leyes de gravitación. Esparce culatazos, latigazos, patadas, y su deseo sería morder igualmente; pero nadie se pone al alcance de su dentadura de caballo.
Surge de las diversas ventanillas un coro de indignación. Todos nos equivocamos. Varias señoras norteamericanas protestan en inglés; yo vocifero en español, como si el terrible guerrero pudiera entendernos.
Hemos visto soldados nipones en Mukden ocupando una tierra que no les pertenece, y como este guerrero azul de las melenas desmayadas y la gorra á lo japonés es extremadamente feo, no sentimos duda alguna sobre su nacionalidad. Todos enronquecemos, indignados por las brutalidades del invasor.
—¿Con qué derecho les pega usted, miserable? Váyase á su país. Estos pobres chinos están en su casa... ¡Verdugo!... ¡Salvaje!...
Pero un intérprete corre de ventanilla en ventanilla dando explicaciones. Nos equivocamos. Es un gendarme chino que desea librarnos á su modo, por los medios que él considera más seguros y prontos, del ruidoso asalto de estos mendigos.