Callamos, algo avergonzados de nuestro error, sintiendo una repentina simpatía por el militar de las greñas de mono. ¡Las deducciones incoherentes del patriotismo!... Al saber que es chino, ya nos parece más aceptable y natural que les pegue á sus compatriotas.
El pobre hombre que acudió creyendo realizar una buena acción permanece ahora inmóvil, intimidado por nuestros gritos, mirándonos con sus ojillos agudos. No comprende nuestras protestas por un acto tan corriente. En China, los representantes de la autoridad siempre llevaron un látigo en la mano.
Al saber que no es japonés y si pega lo hace dentro de su casa, algunos viajeros hasta le echan cigarrillos. Él saluda con sonrisa humilde, enciende uno y empieza á fumar, rodeado de toda la masa humana á la que zurró momentos antes, y que le contempla con cierta admiración.
Todos permanecen quietos. Algunos se rascan los chichones recientes ó se limpian con las manos la sangre de sus rostros.
El gendarme no puede explicarse nuestra indignación anterior, ni las repentinas muestras de simpatía que recibe ahora. Fuma y nos mira asomados á nuestras ventanillas, como si fuésemos bestias raras dentro de una jaula ambulante.
Se adivina su pensamiento:
«¡Demonios blancos, locos y bárbaros!... Nunca sabe uno cómo darles gusto.»
II
LA LLEGADA Á PEKÍN
Los bandidos chinos y los trenes-fortalezas.—Una mala noche.—El Imperio del bambú soberano y de la paliza paternal.—5.000 años de historia conocida.—Recordando á Marco Polo.—Los cuatro grandes héroes de la Geografía.—«Micer Millones».—Cómo por obra de Marco Polo salieron Colón y los navegantes españoles hacia Pekín, para visitar al Gran Kan, y dieron con la ignorada América.—El despertar en Tien-Tsin.—Los chinos elegantes.—Agricultura sabia y campos de tumbas.—Una puerta de diez siglos con telegrafía sin hilos.
Al cerrar la noche, nuestro tren se transforma en una fortaleza.