Visitamos Nankín á toda prisa. En realidad, resulta más interesante visto en los libros que directamente. La capital creada por el primer Ming es casi una ruina. Su fundador la construyó en gran escala para dos ó tres millones de habitantes, y solo tiene 50.000. Su decadencia le proporciona cierto interés melancólico. Dentro de su recinto, fortificado con gruesas murallas y puertas-castillos, lo mismo que Pekín, ocupan los jardines mayor espacio que las casas.

Su industria principal es un tejido fino de algodón amarillento, llamado «nankín», tela célebre en el mundo á partir del siglo XVIII, que fué cuando empezaron á usarla los europeos en verano, para librarse del calor de sus casacas bordadas. Además, esta ciudad decadente disfruta el mismo prestigio que algunas universidades antiguas de nuestro mundo. Los mandarines letrados que adquieren sus títulos en la ciudad literaria de Nankín se consideran superiores á los demás. Aquí se producen la mejor tinta china y el papel más fino; aquí están las imprentas que publican los libros más bellos.

A cierta distancia de Nankín se halla el mausoleo del fundador de la dinastía «Luminosa». Pero ya hemos visto las tumbas de otros Ming, y como deseamos llegar á Shanghai á media noche, prescindimos de tal visita.

Reanudamos el viaje al ponerse el sol. Antes de que se extinga la luz notamos cierta variación en la campiña, que revela la proximidad de un gran puerto comercial. Las barracas de madera con tejado cornudo, las vallas de los campos y hasta los puentes ostentan grandes anuncios de letras blancas sobre fondo amarillo. Como estos rótulos están escritos con caracteres chinescos, resultan decorativos y agradables para nuestros ojos, divirtiéndonos en encontrar analogías entre sus letras geroglíficas y diversas figuras de personas y animales.

Cierra la noche. Nos faltan cinco horas para llegar á Shanghai. Mientras comemos va pasando el tren ante estaciones repletas de gentío. Detrás de su masa obscura adivinamos la presencia de grandes ciudades. Los centros más importantes de la industria china se hallan establecidos en esta zona, entre el río Azul y Shanghai. De aquí salen los tejidos de seda que se esparcen por el mundo entero; aquí se prepara igualmente la seda en rama, primera materia para las hilanderías de Lyón y otros centros industriales de Europa.

Columbramos detrás de las empalizadas la muchedumbre que ha acudido para ver nuestro tren. Sobre sus cabezas se agitan numerosas luces, como fuegos fatuos. Son linternas de cristal fijas al extremo de palos; faroles de papel, redondos como frutos, ó prolongados en forma de pez. A lo lejos, en el interior de las ciudades, se destacan edificios de suave fuego sobre el negro terciopelo de la noche. Continúan las fiestas del nuevo año. Templos y edificios oficiales han iluminado los perfiles de sus techumbres ganchudas.

Después de las once llegamos á Shanghai, y durante el resto de la noche y el día siguiente corro las calles y establecimientos de esta población, la más viviente, la más rica y dada á los placeres de toda la China.

Shanghai es el mayor puerto de exportación é importación del antiguo Imperio Celeste. Hong-Kong rivaliza con él en movimiento marítimo, pero no es más que un puerto de tránsito, mientras que Shanghai es puerto terminal. Además, Hong-Kong pertenece á Inglaterra, y Shanghai es de todos. Figura como ciudad china, y en realidad sólo una parte de ella es gobernada por funcionarios enviados de Pekín. El resto se compone de dos extensos distritos que los blancos gobiernan á su gusto. Uno de ellos es la Concesión Francesa, y el otro, más grande, la Concesión Internacional, el verdadero Shanghai de los negocios, dirigido por los cónsules de todos los países, dentro de cuya corporación se hace sentir naturalmente la influencia de los representantes de las naciones más poderosas en China, que son Inglaterra y los Estados Unidos.

Habitan la Concesión Francesa los apoderados y agentes de las grandes sederías de Lyón, que adquieren aquí su primera materia. Además, pasan de 100.000 los chinos que se han instalado en dicha parte de la ciudad, bajo el amparo de las autoridades francesas, para librarse de las arbitrariedades de sus mandarines. Calles y avenidas han sido rebautizadas últimamente con motivo de la guerra. Están bordeadas de hotelitos con jardines, las vigilan policías amarillos traídos del Tonkín, con sombreros en forma de paraguas, y se titulan Avenida Joffre, Avenida Foch, Avenida de Verdún, etc.

En la Concesión Internacional, verdadero núcleo de Shanghai, los edificios están ocupados por Bancos, grandes oficinas mercantiles, y bazares enormes á lo norteamericano, fundados y dirigidos por chinos. Estas construcciones de numerosos pisos, al estilo de Nueva York, se alinean á lo largo de un río navegable cuya agua sólo se ve á pequeños trechos, tan abundantes son los vapores de comercio y los buques de guerra anclados en él. Unos policías indostánicos de anchas barbas y turbantes abultados, traídos por los ingleses, vigilan las calles de este Shanghai internacional.