Se nota inmediatamente la abundancia de dinero, la gran prosperidad de los negocios. Los ingleses han inventado dos palabras que por su eufonía no necesitan explicación y retratan exactamente el estado de los negocios en un país. Cuando los valores suben vertiginosamente y todo aumenta de precio, siendo general la abundancia de dinero, concretan tal prosperidad diciendo que es un boom, palabra sonora é imitativa del ruido de una explosión. Si todo marcha mal y la riqueza se oculta, viniéndose abajo las empresas con el derrumbamiento de la quiebra, expresan ésto con la palabra krac, sonido de lo que se rompe y viene abajo.
Shanghai está en pleno boom cuando llego á él. Todos son ricos. Gentes que años antes no pasaban de ser modestos empleados, poseen ahora millones. Se vive actualmente en este puerto chino como en la California de á mediados del siglo XIX.
Tal abundancia, que en ciertos casos merece llamarse excesiva, se nota especialmente de noche en los lugares de placer. Shanghai, además de ser célebre en todo el Extremo Oriente por sus industrias y el movimiento de su puerto, hace sonreir á muchos cuando escuchan su nombre, unas voces con nostalgia, otras con cierta malicia. Es la capital del placer y el despilfarro. Hay en ella una calle de varios kilómetros, que se llama «Fou-Tcheou Road», y está iluminada magníficamente hasta que sale el sol. Toda la noche permanecen abiertos sus restoranes, sus cafés-cantantes, sus casas de juego, y otras más difíciles de mencionar por su verdadero nombre.
La mujer china goza aquí mayor libertad que en el resto del país. Las cortesanas de Shanghai son célebres y figuran en muchas novelas y comedias de la literatura nacional. Se las ve pasar de noche por la citada calle sentadas en ricshas, con vestiduras floreadas y vistosas que las cubren desde el cuello hasta los pies, el rostro pintado como el de una muñeca, los ojos prolongados por negras pinceladas, fijos é inexpresivos. Van de restorán en restorán para figurar en los banquetes. Toda comida china carece de atractivo si durante su curso de muchas horas no van pasando por el salón numerosas cortesanas de dicha especie. Conversan graciosamente con los comensales, coquetean, dicen versos y canciones, y se retiran para dejar sitio á las compañeras que llegan, yendo ellas á su vez á dar animación con su presencia á otros banquetes. El anfitrión se encarga de remunerarlas por esta visita fugaz.
Los grandes mercaderes chinos deseosos de imitar la vida de los europeos frecuentan restoranes elegantes y menos «alegres» con sus esposas é hijas, conservando los trajes nacionales de vistosa suntuosidad. Todos son ricos en este país y despilfarran el dinero: los comerciantes ingleses y norteamericanos, los sederos franceses, los hombres de negocios de las otras colonias extranjeras; pero los capitalistas más fuertes hay que buscarlos entre los chinos, admirables comerciantes que en un puerto como Shanghai pueden dar amplia expansión á sus facultades, monopolizando las introducciones de artículos extranjeros y la producción nacional de la seda.
Hasta los contados españoles que viven aquí resultan más interesantes y más ricos que los de otros lugares del Extremo Oriente. El cónsul de España, Julio Palencia y Tubau, hijo de un eminente comediógrafo y de una de las mejores actrices que tuvo nuestro teatro, está casado con una hermosa dama, nacida en Grecia, hija de un célebre político de dicho país. Este matrimonio de gustos artísticos, refinadamente intelectual, me invita á comer en su casa (una «villa» de frondoso jardín, cerca de la Concesión Francesa) con los principales individuos de la pequeña y prestigiosa colonia española, y escucho lo que me cuentan con verdadero interés, pues todos ellos, por su estado social, conocen á fondo el país.
Uno de ellos, llamado Lafuente, es un arquitecto nacido en Madrid, que ha construído el Gran Hotel de Shanghai; otro, apellidado Ramos, es dueño de las mejores salas de cinematógrafo que existen en esta capital del placer; y Cohen (el millonario de la colonia) posee casi todas las ricshas circulantes en la ciudad, que ascienden á varios miles, lo que le proporciona un ingreso diario enorme, uniendo á tal industria otras de no menos consideración. Este es el elemento civil que tiene España en Shanghai. El religioso aún resulta más interesante.
Estoy sentado á la mesa frente á dos frailes que son al mismo tiempo dos hombres de acción, el padre Castrillo y el padre Cuevas, superiores de las Misiones Agustiniana y Recoletana, existentes en China.
El padre Castrillo, con su barbilla gris en punta y su frente voluminosa de hombre de tenaces voluntades, me hace recordar á los héroes de la conquista americana en el siglo XVI. En Shanghai lo respetan como si fuese uno de los fundadores de la moderna ciudad, admirándole además por sus dotes de organizador y financiero. Adivinó el porvenir de este puerto antes que los ingleses, los norteamericanos y todos los que explotan hoy sus negocios. Empleó los dineros de su comunidad (la de los Agustinos del Escorial) en comprar terrenos alrededor del viejo Shanghai, en la peor de las épocas, cuando eran frecuentes las revoluciones y la sangre de enormes matanzas humanas corría por las riberas del río Azul.
Hoy la ciudad se ha ensanchado considerablemente y muchos de sus edificios principales son propiedad de la orden representada por el padre Castrillo. Éste goza de tal prestigio financiero y conoce tan á fondo la población europea que vió formarse desde su primer núcleo, que los banqueros más importantes, ingleses y norteamericanos, le piden informes y consejos en momentos de duda; y el fraile castellano, con su barbilla cervantesca, su sotana simple de clérigo y el sombrero de teja echado atrás sobre la cabeza voluminosa, va bonachonamente de un lado á otro, mirándolo todo con sus ojos que parecen distraídos y no pierden detalle. Basta cruzar con él unas palabras para convencerse en seguida de que es «alguien».