La conversación con estos dos representantes de la propaganda católica resulta de un gran interés geográfico. El padre Cuevas, misionero de evangélica bondad y español entusiasta, me cuenta cómo envían todos los años el dinero y los objetos más necesarios á las Misiones establecidas en el interior de la China. La palabra «interior» hay que apreciarla después de haber hecho memoria de la enormidad de esta nación, casi tan grande como Europa. Me hablan los dos religiosos de un amigo suyo que es obispo en no recuerdo qué ciudad situada junto á unas cataratas que sólo muy contados viajeros conocen. Para llegar á ella hay que hacer un viaje por el río Azul y sus afluentes, que dura sesenta días.
Ahora, con los decretos de la República, que favorecen el traje á la europea y permiten á los chinos la ablación de la trenza tradicional, pueden los misioneros católicos recobrar un poco de su aspecto religioso. En tiempo de los emperadores iban vestidos de chinos y usaban coleta como los del país, para cumplir las funciones de su ministerio con mayor libertad.
Julio Palencia recuerda una visita que recibió hace algunos años en este mismo Consulado, cuando era simple vicecónsul. Vió entrar una mañana en su oficina á un mandarín, que le hizo varias reverencias á estilo del país y empezó á balbucear en español con gran dificultad.
—Yo soy el padre Ibáñez, obispo de...
Y avergonzado por no encontrar palabras en su propio idioma para seguir expresándose, se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo humildemente:
—Perdóneme, señor cónsul. Hace más de treinta años que no he tenido ocasión de hablar mi lengua.
Resulta meritoria y altamente digna de respeto la vida de los misioneros en el interior de la China, por su desinterés y sus penalidades. Pero en los resultados de la propaganda cristiana no son los católicos los que llevan la mejor parte. Las Misiones protestantes resultan más poderosas, sin que esto suponga mayores méritos de un personal sobre otro. La diferencia consiste simplemente en que las primeras disponen de capitales muy superiores á la renta de las Misiones católicas. Además, los Estados Unidos han dado un carácter casi laico y de ciencia práctica á sus centros catequistas. Una gran parte de estos misioneros americanos no son sacerdotes, ni sus funciones, puramente temporales, comprometen el porvenir de su vida. Se parecen á las Hermanas de la Caridad dentro del catolicismo, que hacen votos por tiempo limitado y pueden volver á la vida profana.
Muchos norteamericanos jóvenes, profesores ó escritores, deseosos de ver mundo y exponer la vida por un ideal generoso, así como numerosas señoritas que han pasado por las escuelas, solicitan ingresar en las Misiones de la China, donde actúan como maestros más que como catequistas, dedicándose á la enseñanza de la agricultura y otras ciencias prácticas. Algunos de los empleados de la «American Express», que nos guían á través de la China y hablan su lengua, pasaron varios años en las Misiones norteamericanas.
La propaganda católica es dirigida en primer término por los sacerdotes franceses. Su apoyo más importante es la «Sociedad de San Javier», establecida en Lyón, que tomó con justicia el título del santo español Francisco Javier, por haber sido éste el primer misionero en Asia. Dicha sociedad recauda unos siete millones de francos anualmente, dedicados en gran parte á las Misiones de China. Otra sociedad francesa, llamada de la «Santa Infancia», ha gastado 80 millones en medio siglo para asegurar el bautismo de los niños paganos, invirtiendo en China la mayor parte de esta prodigalidad pueril.
Las Misiones protestantes, inglesas y norteamericanas, disponen todos los años de unos cien millones, sin contar los donativos en especies que reciben, máquinas agrícolas, material de escuelas, etc.