Se nota en los comercios de Hong-Kong y también en los de Shanghai una supervivencia monetaria que hace recordar el antiguo tráfico español. El peso mejicano sirve todavía de unidad en las operaciones de los mercaderes chinos. La Nao de Acapulco trajo á Manila durante dos siglos cargamentos de pesos fabricados en las casas de moneda de Nueva España para pagar las mercancías chinas, y al declararse la independencia de Méjico continuó dicha exportación de moneda, inundando los mercados del Extremo Oriente.
La isla de Hong-Kong tiene en torno de ella un camino para automóviles, que es una de las Cornisas más hermosas del mundo. La de la Costa Azul resulta superior por las ciudades que ha ido estableciendo á lo largo de ella la colaboración de los ricos de Europa, mas no excede á la de esta isla en la hermosura é interés de los paisajes. Su título exacto es Heung-Kong, que significa en chino «Arroyos Floridos», y tal nombre no resulta hiperbólico, pues lo justifica la olorosa vegetación de sus jardines tropicales.
Los elegantes hoteles creados junto á este camino de la costa, los palacios y parques de varios personajes de Hong-Kong que me invitan á su mesa, no me atraen tanto como el incesante movimiento de la bahía, en la que se mezclan la marina medioeval de los amarillos y los más recientes progresos de la navegación inventados por los blancos. Aquí, como en los ríos de la China, existen barrios flotantes formados de sampanes, que sirven ahora de casa y servirán luego de sepulcro á las familias que los tripulan, proporcionándoles al mismo tiempo el medio de ganarse el arroz. Las marineras, desnudas de cintura arriba, con adornos verdes de falso jade en las cabelleras cerdosas, ponen la mirada de sus ojillos tirantes, insolentes y fijos en el blanco que examina sus viviendas.
Al ver á una humanidad tan distinta de la nuestra, se duda algo del porvenir de la República china y de la liberación de otras naciones-hormigueros pertenecientes á este mundo extremadamente viejo.
¡Pueblos de Asia!... Pueblos eternamente siervos, que en su historia de miles de años no han vivido ni una hora la vida de la libertad, siendo los primeros en considerar la democracia algo absurdo, opuesto al ritmo de la existencia; pueblos que únicamente son virtuosos cuando tienen miedo á alguien, y si no ven la corrección inmediata olvidan todo respeto, mostrando una insolencia de escolares sublevados. ¿Cómo llegarán nunca á ser algo grande, si, exceptuando una minoría escogida y superior, todos sus hombres ignoran la dignidad personal?...
Encuentro en un pequeño libro de notas las siguientes líneas, escritas con lápiz á la luz del ocaso, navegando sobre las aguas nacaradas de la bahía de Hong-Kong, dentro de un bote automóvil conducido por dos muchachuelos chinos.
Los puertos del Extremo Oriente son pedazos de Europa caídos en el mundo antiguo, nuevos Londres con sol y cielo azul, donde el humo de la hulla y las vedijas de la niebla no alcanzan á vencer el esplendor luminoso de Asia.
Sus muelles con montañas de carbón de piedra, con torres de metal que guardan lagos de petróleo, con apilamientos de productos exóticos, huelen á ostra muerta; tienen un perfume de agua en putrefacción, de drogas químicas, de frutos tropicales, de maderas olorosas. En estas gusaneras humanas, hombres por todas partes, amarillos, rojos, cobrizos, que apenas sienten el calor quedan en cueros, con sólo un trapo pasado entre las piernas. El policía indostánico no se digna hablar al indígena; simplemente levanta el vergajo y pega. Los chicuelos pasan el día nadando. Las mujeres reman.
Sobre las bordas de los grandes trasatlánticos asoma sus filas de cabezas con turbantes la servidumbre compuesta de indios y los fogoneros de las máquinas pertenecientes á la misma raza. Son hombres que parecen convalecientes de una fiebre por el color pálido de su epidermis, por su extremada delgadez y sus ojos de calentura. Unas barbas horizontales les ensanchan el enjuto rostro, iguales á las de un enfermo que no se ha afeitado en varios meses.
Todo se junta sobre las aguas de estos puertos: grandes paquebotes iguales á ciudades, juncos que aún no han salido de la Edad Media, sampanes que son chozas flotantes donde las familias nacen y mueren, cruceros de guerra llegados para exigir indemnizaciones ó vigilar el cobro de las aduanas.