La señora de Stephan lleva muchos años deseando ir á Macao y nunca se decidió á realizar tal viaje por miedo á los piratas. Prudencia justificadísima. En realidad, no podrían imaginar los bandidos del estuario un golpe más fructuoso que secuestrar á la esposa del director del Banco de Hong-Kong y Shanghai. ¡Qué rescate de miles y miles de libras esterlinas!... Mas al enterarse dicha señora de que yo voy á Macao, se decide con repentina energía á realizar el mismo viaje, como si mi presencia pudiera proporcionarle una seguridad extraordinaria.
Somos ocho, las dos señoras con sus doncellas, dos españoles residentes en Hong-Kong, un amigo holandés que habla un sinnúmero de lenguas, y yo. Va retrocediendo por la popa de nuestro buque la isla de Hong-Kong envuelta en nieblas matinales rasguñeadas á trechos por el sol. Sobre la cima del Pico, este turbante de brumas pierde por momentos su opacidad gris, y empieza á brillar como un tejido de filamentos de oro.
Fuera de la bahía el mar del estuario muestra una tersura de lago, y su color azul tiene la claridad láctea de la porcelana. Los juncos son numerosísimos. Ya dije que en las costas de China la navegación forma enjambres, pero aquí, cerca de la embocadura del río Perla, aún resulta más densa, y nuestro buque tiene que rugir incesantemente para evitar colisiones.
Estos juncos de construcción medioeval, á pesar de la tranquilidad de las aguas navegan en una posición inestable para nuestros ojos, con la proa casi hundida y la popa muy en alto, cual si fueran á sumergirse definitivamente en cada uno de sus cabeceos. Los canales se ensanchan, formando brazos de mar relucientes y tranquilos, como láminas de espejo. Flotando en sus aguas adormecidas hay pequeños islotes de basura, caída de los barcos ó arrancada de las riberas.
No disminuye la afluencia de embarcaciones según nos alejamos de Hong-Kong; por el contrario, ésta parece aún mayor al meternos entre las islas. Sobre las bordas de los juncos vemos marineras achaparradas y fornidas: con bíceps de hombre, pechos colgantes y adornos verdes en la cerdosa cabellera.
También las tierras insulares se muestran cada vez más numerosas. Por la derecha nos deslizamos junto á la isla de Lantao, cuya longitud alcanza á veinte millas. A babor, la ribera está cortada por incontables canales y estrechos, que forman pequeños archipiélagos. En el horizonte empieza á elevarse un grupo de cumbres, titulado por los descubridores portugueses Nove Illas, las Nueve Islas. Antes de ser dueños de Macao, los marinos de Portugal se establecieron en otra isla de este estuario llamada Sancian, donde murió San Francisco Javier cuando se proponía entrar en China como primer apóstol del cristianismo.
Mi compatriota Caballero me va mostrando los diversos lugares del buque donde presenció el ataque de los piratas. Ésta es la mesa en que se hallaba comiendo al sonar los primeros disparos. Aquí le robaron la cartera, zarandeándole un poco. Más allá daba gritos de mando la muchacha de los dos revólveres. Luego me lleva á visitar al capitán, que es el mismo que mandaba el buque en aquella triste ocasión.
Los guardianes cobrizos no nos dejan entrar en el recinto acorazado del puente y el capitán se decide á salir de su fortaleza. Es un inglés que tiene paralizada la parte izquierda de su cuerpo á consecuencia de las heridas que recibió en dicho asalto. Desde entonces se muestra taciturno y repite el mismo deseo, como obsesionado por una idea tenaz. Sonríe un poco al reconocer á mi compatriota, y cuando éste hace memoria de los terribles episodios de aquella tarde, frunce el ceño, mira su brazo inútil y murmura:
—Esto no puede quedar así. Es preciso que yo mate á un chino... Necesito matar á un chino.
Se ve claro que no descansará hasta conseguir dicha compensación. Tal vez se negó á aceptar el retiro á que tiene derecho y continúa mandando el buque porque «necesita matar á un chino», y así tiene más probabilidades de proporcionarse el citado gusto. Lo matará, estoy seguro de ello; tal vez lo ha matado á estas horas. ¡Hay tantos chinos para escoger!... Después de mi regreso á Europa, he leído todos los meses noticias de nuevos asaltos de piratas en el estuario de Hong-Kong, con secuestros de viajeros, combates y numerosos muertos y heridos. El capitán debe haber matado á su chino, si es que los chinos no han acabado definitivamente con él.