Visitamos al fin lo más interesante para nosotros, lo que nos trajo á Macao con el atractivo de la devoción literaria. El gobernador nos muestra el jardín donde está la gruta en cuyo interior meditaba y escribía Camoens durante las horas calurosas de este país casi tropical. Dicho jardín tiene un atractivo comparable al de los muebles que empiezan á envejecer. En sus arriates y arboledas se mezclan la melancolía de los antiguos huertos chinos y la majestad de los jardines portugueses de Cintra. Vemos estatuas de mandarines que tienen la cabeza y las manos de loza. El resto de su cuerpo está formado con plantas á las que dieron forma humana los jardineros con sus tijeras.
El retiro predilecto del poeta ha sido desfigurado y vulgarizado por una admiración excesiva. La gruta no es más que un corredor entre grandes piedras, ocupado ahora por el busto de Camoens. Todas las rocas próximas desaparecen bajo lápidas que ostentan grabados fragmentos del autor de Os Lusiadas ó versos de autores célebres que le glorifican. Tantas placas de mármol dan á este lugar, que con razón puede llamarse poético, un aspecto antipático de cementerio.
Algunos vecinos de Macao, especialmente parejas jóvenes, vienen á merendar en el histórico jardín, y al son de un gramófono ó un organillo bailan ante el busto coronado de laureles. No importa; es fácil suprimir con la imaginación estas fealdades de la realidad y ver el antiguo huerto tal como fué, con sus arboledas pendientes, su breve gruta limpia de adornos, y meditando bajo la fresca arcada el hidalgo portugués tuerto en la guerra, soldado heroico como el manco Cervantes, y desterrado de Goa á uno de los lugares más lejanos de la monarquía lusitana, dueña entonces de colonias en las dos costas de África, en el mar de las Indias y en los archipiélagos situados más allá del estrecho de Malaca.
Al cerrar la noche abandonamos la calle principal de Macao, abundante en bazares chinos, para correr las callejuelas adyacentes, que ofrecen á dicha hora un aspecto interesante.
Macao no goza fama de ser un lugar de virtudes, mas no por eso debe considerársele peor que los otros puertos del Extremo Oriente. Se diferencia de ellos en que los defectos de la vida china están aquí reglamentados, y por ello más á la vista que en las demás ciudades. Esta reglamentación sirve para que el viajero pueda verlos más directamente y con mayor seguridad al hallarse todos ellos bajo la vigilancia de la policía.
La pequeña península de Macao, sin más tierra que la de sus paseos ni otra industria que su puerto, sólo ha podido vivir imponiendo contribuciones públicas á los vicios de la población china. Estos vicios son inevitables. En Shanghai, en Hong-Kong, en todas las ciudades del Extremo Oriente, existen en mayores proporciones y sus explotadores pagan en secreto á las autoridades por su tolerancia, lo que sirve únicamente para el aumento de la fortuna personal de éstas. En Macao satisfacen un impuesto público, severamente administrado, y sus productos no sirven para enriquecer á ningún funcionario, empleándose por entero en grandes obras públicas, como la construcción del nuevo puerto, que cambiará completamente la vida de la colonia.
El gran vicio chino es el juego, y en Macao es libre. Algunos llaman á este pequeño país el «Monte-Carlo del Extremo Oriente», y lo sería en realidad si tuviese más próximas las grandes ciudades de Cantón y Hong-Kong. El juego favorito de los chinos se llama el «Fan-tan».
Entramos en una de las casas dedicadas á este vicio nacional. Hay tantas de ellas que resulta difícil escoger. Todas tienen en sus fachadas anuncios luminosos y rótulos chinescos en grandes bandas de tela colgante. También se ven en las mismas calles fumaderos de opio con sus lamparillas de luz fúnebre y sus duros lechos de asceta; pero ¿á quién puede interesarle un fumadero de opio en esta ciudad que es el principal depósito de dicho artículo?...
Los portugueses de Macao no merecen las censuras hipócritas que les dedican otras colonias europeas de Asia. Nunca ha impuesto Portugal á cañonazos el consumo de la citada droga, como Inglaterra, que hizo en 1842 la llamada «guerra del opio». Los mercaderes de Macao la venden á los buques que vienen á buscarla, y esta operación comercial proporciona un ingreso al Tesoro público. Lo mismo la pueden encontrar los chinos en otras colonias gobernadas por europeos, pero de un modo oculto, y lo que entregan por hacer tal negocio lo guardan en su bolsillo particular las autoridades.
Resulta el juego del «Fan-tan» lento y de prolongada emoción, como al chino le place que sean todas sus diversiones. La rapidez pugna con los gustos de su vida. La enorme mesa de juego está en el piso bajo, y en torno á ella se agrupan los «puntos» de clase ínfima, coolíes, marineros y trabajadores del puerto.