Subimos por una escalera bien iluminada al piso superior. El suelo está perforado por una gran abertura oval, que da exactamente sobre la mesa colocada en el piso bajo. En torno á su barandilla se sientan en banquetas de hule los jugadores de más distinción. Ciertas casas tienen una segunda y una tercera galería en sus pisos superiores, lo que triplica ó cuadruplica el número de las personas que intervienen en el juego. Asomados á cada baranda, unos empleados reciben el dinero de los jugadores de su piso y lo bajan hasta la mesa en pequeños cestos pendientes de cordeles, indicando con unas vocecitas que suenan como chillidos de gato el número y la cantidad de las apuestas.
Este público del primer piso resulta para mí de gran novedad. En ninguna de las ciudades chinas había visto tales personajes. Me siento entre algunos viejos con aire de mandarín venido á menos. Son letrados de exquisitos modales que han perdido tal vez una carrera brillante por las villanías propias del juego. A pesar de sus ojitos que no son más que dos líneas negras entre párpados que parecen cosidos, de su faz amarilla y arrugada y de sus bigotes colgantes, me recuerdan á muchos gentlemen arruinados que conocí en Monte-Carlo.
También puedo examinar aquí de cerca á las mujeres chinas en plena libertad. Van vestidas con pantalones y blusas de rica seda azul; llevan un flequillo de pelo sobre la abultada frente; en su pecho y sus muñecas centellea la pedrería de abundantes joyas; fuman sin parar cigarrillos con perfume de opio, sosteniendo entre dos dedos una larguísima boquilla de carey; ponen una pierna sobre otra, saliéndoles del ancho pantalón unas pantorrillas delgadas que no se armonizan con la anchura de su rostro; ríen con cierta insolencia, murmurando palabras ininteligibles, mientras examinan fijamente á las señoras europeas que acaban de entrar. Todas juegan sumas considerables, manejando el dinero con una inconsciencia oriental. Las más de ellas son cocotas nacionales, residentes en Hong-Kong y Cantón, y han venido á Macao para jugar al «Fan-tan» con permiso de los opulentos comerciantes que las mantienen.
La mesa está presidida por una especie de mandarín de barbas lacias y blancas, que desarrolla con una lentitud majestuosa la marcha del juego. Tiene á su lado un gran montón de sapeques, piezas metálicas con un agujero en el centro. Agarra sin mirar un puñado de tales monedas y las coloca bajo una maceta de hojalata vuelta boca abajo. El juego consiste en levantar dicho receptáculo cuando todos, en los diversos pisos, han hecho ya sus puestas, y con una varilla muy larga, para que no haya sospecha de trampa, va separando los sapeques por grupos de á cuatro, hasta que al final quedan unas piezas sueltas, que pueden ser cuatro, tres, dos ó una, números á los que arriesgan su dinero los jugadores.
Esta separación de cuatro en cuatro la va haciendo con una lentitud desesperante, pues así le gusta al público. El chino no conoce el valor de las horas. Además, no hay miedo de que se cierre el establecimiento. Las casas del «Fan-tan» carecen de puertas y las partidas se suceden día y noche, renovándose el personal de la mesa. Hay «puntos» que se hacen traer la comida de un figón inmediato, duermen sobre la banqueta de hule cuando les rinde el sueño y no salen de la timba en varias semanas, mientras les queda un peso mejicano.
Algunos de estos jugadores dan pruebas de una visualidad maravillosa. Apenas el venerable personaje levanta el vaso y empieza á contar las piezas, adivinan desde el piso superior con una mirada de águila cuántas quedan en el confuso y enorme montón, anunciando por anticipado el número ganancioso.
Mientras las señoras vuelven al palacio del gobernador, donde nos espera un gran banquete, corro yo con uno de sus ayudantes, el teniente de navío Sebastián Da Costa, notable escritor portugués, á conocer otra de las singularidades del viejo Macao, la llamada «rua da Felicidade». Esta calle de la Felicidad resulta semejante por su tráfico á las que existen en todos los puertos de mar, pero aquí ofrece el interés de ser únicamente chinos los que la frecuentan, empujados por el acuciamiento de la lascivia.
Se compone de casas estrechas, cuyo piso bajo ocupa enteramente la puerta. A través de su abertura se ve una especie de zaguán con el arranque de la escalera que conduce á las habitaciones superiores, y algunos asientos chinescos, ocupados por las dueñas y sus amigas. Son mujeronas de cabeza voluminosa, miembros delgados y grueso tronco, con una nariz tan aplastada que apenas si resulta visible cuando sitúan de perfil su ancho rostro, amarillo como la cera. Estas hembras maduras, retiradas de las peleas sexuales, fuman gruesos cigarros mientras conversan lentamente. Otras se peinan entre ellas á la luz de una lámpara colocada ante sus ídolos predilectos.
Las pensionistas de dichas casas juegan en medio de la calle, como un colegio en asueto. Verdaderamente es la función que les corresponde, á juzgar por sus pocos años. Todas ellas son chinitas apenas entradas en la pubertad. Se persiguen como gatas traviesas, dando maullidos de regocijo. Algunas se acercan á nosotros después de colocarse ante el menudo rostro una careta de gesto monstruoso, una máscara espantable de dragón ó de genio, como únicamente saben imaginarlas los artistas chinos, y las pobrecitas rugen para infundirnos pavor, riendo á continuación de su travesura.
Nos fijamos en los diversos altares de las casas. Todos ellos guardan bajo marco imágenes de papel doradas y multicolores: dioses ó diosas de las Aguas, del Viento, de la Felicidad, etc. En algunas de dichas viviendas las huéspedas no tienen dinero para adquirir divinidades protectoras, mas no por eso carecen de altar. Han colocado en la pared, bajo doseles de colores, un anuncio de la Compañía Trasatlántica Japonesa, con un vapor de cuatro chimeneas y un mar de grandes olas, y le encienden todas las noches su lámpara, lo mismo que en las casas vecinas. Tales improvisaciones no asombran á ningún chino.