Volvemos á atravesar la gran calle de Macao, que tiene en las primeras horas de la noche un aspecto de capital de provincia. Pasean por sus aceras numerosos sacerdotes y oficiales vestidos de paisano; jóvenes de una elegancia marcial, con gran fieltro á lo mosquetero y chaleco blanco.

Nos obsequia el gobernador Rodrigues con una magnífica comida en su palacio. Admiro los salones de esta residencia, que no es vieja pero empieza á adquirir el encanto de lo antiguo. Muchos de sus muebles proceden de Cantón y tienen más de un siglo. En los rincones hay grandes ánforas de porcelana multicolor, como las fabricaban los chinos en otros tiempos.

Con el deseo de que viésemos Macao detenidamente, no ha querido el doctor Rodrigues dejarnos partir á media tarde en el vapor de Hong-Kong. Por miedo á los asaltos de los piratas, este vapor emprende su regreso poco después de su llegada, para que no le sorprenda la noche en el camino. Las aguas portuguesas son las más seguras. El vigía del castillo de Macao sigue durante dos horas la marcha de los buques por el enorme espacio de mar abierto ante la ciudad, y puede dar aviso á los cañoneros portugueses si nota algo extraordinario. Lo peligroso es el dédalo de canales é islas inmediato á Hong-Kong, y el vapor-correo procura pasarlo antes que se oculte el sol.

Nosotros saldremos de aquí después del banquete. Un remolcador del puerto se encargará de llevarnos á Hong-Kong. Hasta las once de la noche estamos en la grata compañía del gobernador, su esposa é hijas y las familias de sus ayudantes. Nos vemos tratados con la proverbial cortesía de los hidalgos portugueses. Algunas damas cantan fados y romanzas sentimentales de la patria lejana. Cuando cesa la música hablamos de lo que fueron los navegantes portugueses y españoles dentro de la historia del progreso humano.

Salimos para Hong-Kong en el pequeño vapor. Va tripulado por media docena de marineros que son chinos de Macao. Su patrón parece ser el único portugués, pero acabo por creerle también mestizo, nacido en la colonia. Todos ellos se entienden en lengua china para sus maniobras.

El barco tiene en la proa un cañoncito de tiro rápido cuidadosamente enfundado, á causa de la humedad atmosférica. Creo además que los tripulantes llevan algunas carabinas... pero ¡vamos encontrando en nuestro camino tantos juncos! Pasamos al lado de buques que resultan enormes si se les compara con nuestra pequeñez, y de su interior puede desplomarse repentinamente sobre esta cubierta una cascada de diablos amarillos y medio desnudos, que se apoderarían del barquito antes de que nadie pudiese desenfundar el cañón ni tocar una carabina.

Pienso que si los tripulantes de algunos de los juncos de comercio supiesen quién viene en este pequeño buque se sentirían inclinados á intentar una aventura capaz de enriquecerlos. Por suerte, para todos los navíos de forma arcaica y su marinería vagabunda que sólo se muestra honesta cuando ve próximos los golpes, nuestra embarcación no es más que un cañonero de Macao que se dirige á Hong-Kong en plena noche por un asunto del servicio.

Sospechas ó inquietudes van desapareciendo según avanza nuestra navegación sobre las aguas del estuario. El misterio de la noche nos penetra y nos avasalla. Queremos gozar la belleza de la hora presente, que tal vez no volveremos á conocer nunca en lo que nos resta de vivir.

Si me preguntan cuál es la sensación más honda y duradera de mi viaje alrededor del mundo, tal vez afirme que el viaje de Macao á Hong-Kong, sobre un mar dormido como una laguna, bajo la cúpula de una noche esplendorosa, con el incentivo de marchar en el misterio, costeando peligros y casi al ras de las aguas. El mar es muy distinto cuando se navega por él pudiendo tocarlo con la mano á como se ve desde la última cubierta de un trasatlántico, alta como la plataforma de una torre.

Ha surgido la luna sobre el lomo obscuro de una de tantas islas. Es simplemente un cuarto creciente, pero la vagorosa luz traza un ancho camino de lácteo resplandor sobre la llanura lóbrega moteada de rojo por las lucecitas de los juncos. Las estrellas son tantas en este cielo tibio, que al levantar la cabeza para verlas, parpadean los ojos cual si lloviese sobre ellos polvo de luz. Detrás de la popa huye el camino lunar, ondeado por el cabrilleo de las aguas. Este camino forma un triángulo. Se estrecha hasta unir sus dos bordes en el límite del horizonte y sobre este vértice asoma á intervalos un diamante rojo que lanza contados centelleos, siempre los mismos, y vuelve á ocultarse en momentáneo eclipse: el faro de Macao.