Ofrece la proa un espectáculo más extraordinario al deslizarse por sus dos flancos el agua partida en espumas.

¡Las fosforescencias del mar chino!... En noches anteriores, al pasar la bahía de Hong-Kong sobre los vaporcitos que van y vienen entre la ciudad y la península de enfrente, llamó mi atención un resplandor verde de las aguas próximas. Creí al principio en un reflejo de la luz de posición, situada en el puente, y que corresponde al lado de estribor. Pero al ver que en el costado opuesto no existía ninguna luz roja y las aguas seguían brillando con la misma luminosidad verde, me di cuenta de que era un reflejo fosforescente como no lo había visto nunca en otros mares.

Ahora, al regresar de Macao, considero casi insignificante la luminosidad extraordinaria de la bahía de Hong-Kong. Aquí, en pleno estuario, donde el agua tranquila de los canales es una mezcla de la salinidad de las mareas oceánicas y los aportes dulces del río Perla, cargados de vida animal, la fosforescencia resulta algo inaudito, algo que nunca pude concebir que existiese.

Brillan junto al buque, durante largos espacios de tiempo, las aguas que nos rodean, con una luminosidad igual á la de Hong-Kong. Es el mismo espejismo de ojos felinos que he visto tantas noches en mis travesías á América... De pronto ocurren mudas explosiones de luz á flor de agua, como si la proa, al avanzar, fuese rompiendo focos eléctricos. Parece que en el seno del estuario se alumbren de pronto innumerables tubos de mercurio, que revienten grandes bolsas luminosas, esparciendo un resplandor verde semejante al de los teatros y los cabarets de última moda; y el buque entero queda envuelto por unos segundos en una aurora inverosímil que parece de otro planeta.

Sentados en la proa unos junto á otros, viajamos á través de la obscuridad sin poder vernos, y de repente nos contemplamos de cabeza á pies, con un color de exhalación eléctrica que en el primer momento nos hace inconocibles.

Menospreciamos el abrigo del único camarote del barco para no perder este espectáculo ultraterreno, y seguimos en la cubierta, con las ropas chorreando humedad, temblorosos de frío, mientras vamos pasando entre islas de una temperatura tropical. Esperamos un nuevo reventón de resplandores mágicos en el seno de las aguas.

Queremos ver una vez más, bajo esta luz de misteriosa apoteosis, el deslizamiento de los peces despertados por nuestra proa, negros y elípticos como manchas prolongadas de tinta china.

XIV
EL PUEBLO FILIPINO

La bahía de Manila.—Obsequios de filipinos y españoles.—Limpieza y elegancia de la ciudad.—El traje gracioso y señorial de las mujeres.—Los jardines.—Las escuelas y su profesorado filipino.—Generosidad del gobierno americano para el sostenimiento de la enseñanza.—Ansia del filipino por instruirse.—La colonización española.—Su trabajo fundamental, penoso y mal conocido.—Filipinas desea ser independiente.—Suavidad del régimen americano.—Autonomía dada por Wilson.—Palabras de un tribuno filipino.—El gobernador Wood.—Lo que dicen unos y otros.—Mi opinión particular.

Dos días después, á la salida del sol, cruza el Franconia un estrecho entre la tierra firme y la llamada isla del Corregidor.