La limpieza de Manila se refleja en sus habitantes. De todas las capitales de Asia, incluyendo las mejores colonias de origen europeo, es Manila la ciudad más pulcra y elegante. Las mujeres van vestidas con el traje nacional, que sorprende por su gracia y su distinción á las viajeras de gustos más refinados. Todas llevan una falda de cola larga, como si fuesen á entrar en un baile solemne, y se la recogen con gracia señorial. Sobre esta falda de seda, que es de diverso color, según el gusto de quien la usa, llevan todas ellas un corpiño hecho de encajes filipinos, célebres por su artística sutilidad. La gorguera del escote y unas puntas sobre los hombros parecen de lejos los extremos de unas alas plegadas, dando á las filipinas cierto aspecto de mariposas, como si fuesen á abrir de pronto unos brazos voladores, elevándose sobre el suelo.

Los hombres son igualmente de una elegancia que puede llamarse tropical. Nunca he visto muchedumbres tan blancas é inmaculadas. El calor hace sudar copiosamente, pero los filipinos cambian varias veces de traje durante el día, y es imposible sorprender en ellos la más leve mancha.

Mientras daba mi conferencia en la Escuela Normal, no pude menos de admirar el hermoso golpe de vista que ofrecía un público de dos mil hombres, todos vestidos de blanco, con corbata negra. Dentro de él se destacaban lo mismo que arriates floridos los colores violeta, rosa ó azul celeste de los grupos de damas llevando el traje nacional.

Al aspecto limpio de esta ciudad y á la elegancia de sus habitantes hay que añadir la hermosura de su flora. En los jardines se ven árboles de extrañas formas para los ojos europeos, cuyos nombres no tengo tiempo de conocer. En los alrededores de Manila corre el automóvil á través de campos sobre los que yerguen su aéreo surtidor de verdes plumajes innumerables especies de palmeras. Atravesamos un jardín con unos arbustos grandes como árboles y flores enormes de un rojo mágico, que recuerdan el jardín encantado de Klingser en la leyenda wagneriana de Parsifal. Algunos pasos más allá empiezo á ver tumbas entre esta vegetación maravillosa, y me entero de que marchamos por un cementerio. Creo que en ninguna parte de la tierra la fealdad de la muerte ha logrado ocultarse bajo una envoltura tan seductora.

En la mesa, á la hora de los postres, es cuando se aprecia mejor la dulce fecundidad de este suelo paradisíaco, saboreando frutos que existen indudablemente en otros países tropicales, pero en ninguno de ellos llegan á adquirir la sabrosa madurez que en Filipinas.

De todo cuanto me muestran en Manila lo más extraordinario son las escuelas. Yo he viajado por la mayor parte de los Estados Unidos y conozco el enorme desarrollo de su enseñanza pública. Por eso puedo afirmar que las escuelas de filipinas son superiores á las de muchos Estados de la gran República. Hay que añadir que su profesorado, tanto masculino como femenino, está compuesto de hijos del archipiélago. Pude conversar en varias escuelas con maestros y maestras. Ellos son unos gentlemen pulcramente vestidos con el traje de ceremonia del país, smoking blanco y corbata negra. Ellas llevan la falda de seda y el corpiño de gasa, pues por nacionalismo consideran oportuno dar sus lecciones vistiendo á la filipina.

Todos revelan en su conversación una gran cultura, un continuo estudio, un ansia insaciable de saber. Esto último es lo que caracteriza á los filipinos modernos. Maestros y discípulos desean siempre saber más; sienten una verdadera hambre de conocimientos y prestan una atención concentrada á toda novedad intelectual que les sorprende.

Las escuelas son muy grandes. El miedo á los temblores de tierra no permite elevar los edificios, pero éstos compensan la escasez de pisos superiores con la ocupación de vastos terrenos. A pesar de su amplitud casi resultan estrechas, tanta es la población escolar que viene á ocuparlas todas las mañanas. Los niños acuden gozosos á estos edificios, como si fuesen lugares de placer infantil, tan atractiva y dulce resulta en ellos la enseñanza. Llama inmediatamente la atención el gesto reflexivo con que escuchan á sus maestros, la ansiedad que muestran por no perder una palabra de sus explicaciones.

También es admirable la agilidad de sus manos al realizar en horas de descanso algunas labores de tejido artístico. Esta ligereza manual es una condición asiática. Ningún niño de los Estados Unidos ni de Europa podría fabricar los cestos festoneados, las cajas redondas de colores que tejen con el mayor desembarazo niños y niñas de ocho á diez años en las escuelas de Manila.

Una visita á dichas escuelas sirve para adquirir la convicción de que éste es un pueblo de gran inteligencia nativa y no menos facilidad para aprender cuanto se le enseñe. Gracias á sus condiciones naturales no perderá nunca su personalidad propia, resistiéndose á cuantas influencias extrañas intenten arrebatársela.