Sería injusto olvidar que el ensanchamiento de la escuela en Filipinas y la esplendidez con que se atiende á las necesidades de su enseñanza es un resultado de la influencia de los Estados Unidos. Todos los gobernadores americanos se han preocupado especialmente de la instrucción pública. Con ello satisfacen el anhelo más ferviente del pueblo filipino, deseoso de aprender, siguen al mismo tiempo la tradición de los Estados Unidos, que siempre consideraron la enseñanza como la primera función pública, y realizan un trabajo lento de conquista espiritual, del que hablaré más adelante, y al que confían el éxito definitivo de su dominación.

Igualmente sería enorme injusticia negar ú olvidar que España, durante su época colonial, ilustró á este país como podía hacerse entonces. Tres siglos de civilización española han quedado para siempre en la historia de Filipinas, con las torpezas y errores propios de otros tiempos, pero igualmente con todos sus adelantos espirituales. El cristianismo de los filipinos es obra de los sacerdotes españoles. Ellos enseñaron á leer á las masas indígenas. Las autoridades enviadas por la metrópoli lejana fueron estableciendo aquí todos los progresos del resto del mundo, teniendo que luchar para ello con las distancias, considerablemente más grandes en aquella época de navegación á vela, cuando aún existía intacta la muralla arenosa del istmo de Suez.

Sin la colonización española el filipino habría llegado á los tiempos modernos en un estado de cultura embrionaria y paralizada, semejante al de las tribus que todavía existen en muchos archipiélagos vecinos ó como el de los pueblos mahometanos que tantas veces constituyeron un peligro para Manila con sus piraterías.

A España le correspondió aquí el mismo trabajo que en las repúblicas americanas que hablan su lengua. Echó los cimientos del edificio, lo más pesado y menos agradecido, lo que exige mayores esfuerzos y queda oculto á las miradas superficiales. Ella tuvo que luchar con la primitiva barbarie, estableciendo las bases fundamentales de la civilización. Luego llegan los pueblos modernos, los últimos que triunfaron, y al encontrarse con la sólida y ruda obra sin terminar, se encargan de los adornos de su fachada, columnas, capiteles, cornisas, todo lo que supone refinamiento y atrae la admiración frívola del curioso; pero las paredes maestras, los fundamentos ocultos bajo el suelo, son obra del albañil, que sudó y se esforzó más que nadie, para ver finalmente su trabajo olvidado ó menospreciado.

Por suerte, este olvido no puede durar siempre. Un edificio, para remontarse, necesita reforzar sus cimientos; y á causa de esto todos los pueblos civilizados en otros siglos por España, si quieren hacerse más grandes, tendrán que ahondar en su base, y al hacerlo encontrarán las virtudes del primer constructor: la paciencia y la fe de España.

Nuestro país, que tantos errores cometió de carácter rudamente paternal al extender su civilización sobre la mayor parte del planeta, dió muestra al mismo tiempo de una virtud que no abunda en los dominadores coloniales. Allá donde fué el español se unió con la mujer de la tierra, constituyendo una familia. Entiéndase bien esto. Muchos colonizadores de otras razas se unen también con la mujer del país, pero es tomándola por concubina, y huyen luego, dejándola el presente abrumador de varios bastardos. El español, por influencia cristiana ó por una predisposición á igualarse con los indígenas, se casó en las colonias; mezcló su sangre con la de los naturales, creó una familia legal, y en todas partes son sus nobles y legítimos descendientes los mestizos que ostentan sus apellidos.

Los hombres no viven únicamente de pan. Una metrópoli poderosa se engaña si cree que dando á sus colonias los adelantos materiales se lo ha dado todo. El hombre necesita el alimento moral de la consideración; y los españoles, que en el terreno político fueron siempre poco propensos á la igualdad, la practicaron como nadie en la vida moral y en la familia, emparentando con los del país sin mantenerse en orgulloso aislamiento, como lo hacen otros pueblos dominadores.

Durante mi visita á Manila encuentro á los filipinos en una gran efervescencia política. Debo hablar de ella, pues el motivo de dicha agitación es hondo y permanente. Tengo la certeza de que va á repetirse durante años y años de un modo pacífico, y sólo tendrá término cuando se realicen los deseos de todos. El pueblo filipino quiere ser independiente. Antes de seguir adelante necesito hacer una aclaración. Siento desde hace muchos años honda simpatía por los Estados Unidos de América. Para mí, el régimen menos imperfecto, dentro de la imperfección humana, es la República federal, tal como ellos la establecieron. Además considero al pueblo norteamericano como la más ordenada y consciente de todas las democracias que han existido en la Historia. Al mismo tiempo me inspira un afecto fraternal el pueblo filipino. Después de mi paso por Manila, admiro su fe y su tenacidad para conseguir una existencia independiente, y deseo que obtenga todo lo que pueda favorecer su bienestar y su progreso.

Encontrándome entre estos dos afectos que en ciertos puntos resultan contradictorios, voy á mencionar con fría imparcialidad lo que dicen unos y otros.

Se sublevó el pueblo filipino contra la dominación española considerando, como todas las repúblicas hoy florecientes de América, que era ya bastante crecido para marchar por sí solo. Procedió como los hijos que por ley natural abandonan la casa paterna. Cuando los acorazados de los Estados Unidos desembarcaron sus tropas en Cavite existían una República filipina y un ejército filipino. Los Estados Unidos les ayudaron en su guerra contra la monarquía española, y... todavía no han abandonado el país.